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Adrián Pedreira
Es el viaje lo que da aliento a esta escritura. Un viaje aparentemente normal, "turístico", se convierte, con el ritmo lento y hamacante de un mar calmo, en un viaje hacia lo íntimo, hacia lo propio, hacia que aquello que estaba allí, evidente pero invisible: una perfecta perla luminosa, como un faro, en la playa vacía. Pero se necesita un ajuste del punto de vista para verla -para verse-, un acercamiento extremo para precisar qué es ese brillo, qué significa esa línea, qué contiene esa palabra. El mar, al igual que para Coleridge, es un espejo extraño: aquél que permite ver lo que nunca, el ojo poderoso que acaba con las certidumbres falsas y devuelve una honestidad brutal, imposible, absoluta, aquella que con su violencia cambia todo: "-Y si se fija usted bien, en la base del puente va a notar los rastros de un incendio." "-¿Puente, dónde? ¿se puede ver desde aquí?" "-Allí, fíjese bien, la madera está chamuscada" (...) Y el viajante reflexiona: "Esos pernos no deberían verse, allí falta la madera que los recubre. Apocalíptica visión, hace estallar el mundo -la lengua- con su ráfaga de luz: "hay otros detalles pero son de índole técnica y me sería difícil explicárselos". El viaje vuelve a comenzar. Viajar es ver cada vez más precisamente, acercarse a la perla que espera, intuida. "Estaba en tierra, sí, pero con algo de barco en tanta isla.". A lo Robinson Crusoe: una vuelta al principio, una nueva posibilidad, un lugar sin límites: "La playa era amplísima y cálida la bruma que confundía sus líneas. Algunas rocas redondeadas y mucho sol". Adrián Pedreira, con la agudeza del ojo y el trazo a la vez firme y delicado de su escritura, cambia el registro "a un cuadrante de espuma, tamarindos, arena y estrellas".
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El Sr. Honesto
Ante mi próximo cruce del Canal de la Mancha,
me sentía poco menos que un Conquistador. No por la magnitud de una travesía
por demás común en estas épocas, que hasta puede hacerse en automóvil según
me dicen, sino, por la belleza de ese puerto francés por siglos vestido de
domingo que ajeno me recibía colmándome de amabilidades.



24 millas son, de telas raídas y huesos grises, agua
dulce para el hombre y diente de tiburón para la mujer.
La sirena del barco en cambio, no resultó tan sonora
como lo esperaba. (Ninguna sirena lo es.)
Me dirigí hacia el embarcadero, un luminoso salón con sillones en su periferia y una nave central de pequeños comercios. Quienes me acompañarían en el viaje formaban una fila frente a una puerta coronada con un gran cartel, que de saber yo francés diría “Para cruzar” o quizás más explícitamente “Para llegar al otro lado”, pero mi comprensión del idioma era nula y por ello solo pude leer “Salidas”. Me encolumné. Seguí el paso arrastrado atento a copiar lo que todos hacían. Apenas crucé la puerta, apareció frente a mí la silueta enorme del barco. Mis conocimientos en cuanto a embarcaciones veleros o fragatas, no superan lo dicho y ello gracias a lo que recuerdo de la curiosidad infantil, al mismo nivel que por ejemplo el origami o las hormigas.
Aun así, el barco me parecía excesivamente antiguo.
La madera abundaba en escaleras y revestimientos, resaltando
la baranda completamente tallada en caoba que presumía toda la extensión de
la nave y parecía soportar, desde arriba, el acero negro del casco.
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Entre ella y él, infinitos balaustres permitían al
sol atravesar su formación para representar, cabalmente, los rayos de
la Providencia en la base de este sólido altar que desplegaba su sombra
relajada sobre mí. Era un barco a vapor. Intenté con la mirada encontrar a alguien que se apiadara de un turista acobardado, pero la puerta se había cerrado tras de mí y parecía no quedar nadie en el salón. |
Solo algunas espaldas sobre la cubierta,
de la que me separaba un clásico andamio colgante. Simplemente caminé sobre
él. Superé la pendiente y a poco de llegado al piso sentí en las rodillas
un tirón que atribuí al despegue de la nave.
Ahí mismo me tomé de la baranda para ver
alejarse despacio el tinglado que cubría el embarcadero y los campos de maíz.
En un medio giro apareció ante mí el muelle que había disfrutado de turista,
ahora pequeño y sus lados girando hasta quebrarse en mi perspectiva. Me maldije
por esa decisión mía de viajar sin cámara de fotos. A mi lado, un hombre miraba
la costa. Disimulé su presencia por un momento para saber más de él. Apoyado
en la baranda con una pierna levemente arqueada, su posición era casi un espejo
de la mía.
Vestía clásica comodidad europea. Sus
rasgos lucían relajados y hasta divertidos, quizás por haberme descubierto en
mi falso disimulo. Supe inmediatamente que era inglés.
-
Buenos días señor, mi nombre es Honesto
¿primera vez por aquí? – me dijo tendiendo su mano.
-
Buenos días, ehh...sí, claro, primera
vez.
-
Disculpe, pero ¿se encuentra usted bien?.

Mi respuesta condicionaría el resto del
diálogo y quizás el viaje todo como bien sabe cualquier turista; lo indicado en
estos casos es la baja exposición, la mentira irreprochable que aleja los
peligros que puedan traer los desconocidos, más aún siendo éste en particular
un no-turista. Alegar cansancio o mareo sería lo correcto.
-
Quizás no lo entendí bien –dije- ¿su nombre es Honesto?.
-
Si, entendió perfectamente –continuó-
usted comprenderá que no le pregunto el suyo no por falta de cortesía, sino
porque no creo que tenga importancia alguna.
-
Lo comprendo...
-
¿Entonces se encuentra usted bien? –me
dijo ya con toda su mirada.
-
Estoy un poco asustado...
este barco no
me parece
seguro.
-
Tranquilícese, no lo es.
-
¿Perdón? –dije
antes que mis
labios se
apretaran.
-
Las bodegas
tienen al
menos dos
metros de
agua.
-
...
-
Y si se fija usted bien, en la base del
puente va a notar los rastros de un incendio.
-
¿Puente, dónde? ¿se puede ver desde
aquí? le pregunté con curiosidad.
-
Allí, fíjese bien, la madera está
chamuscada - casi gritó mientras me señalaba cerca de la base de la chimenea-
Esos pernos no deberían verse, allí falta la madera que los recubre.
-
Es verdad... continúe.
-
Pues bien, hay otros detalles pero son de
índole técnica y me sería difícil explicárselos. Fallas en válvulas,
compresores, gases, en fin, detalles.
Miré hacia la costa por un momento.
-
Tranquilícese, disfrute del paseo. Mire
allí, esa es la Isla de Jersey.
-
Ya lo sé –repuse - 24 millas de playas,
está en todos los folletos.
-
Mi querido amigo, usted no creerá en lo
que dicen los folletos.
-
A partir de hoy claro que no, Sr.
Honesto, ninguno mencionaba bodegas inundadas, o pernos sueltos...
-
Vaya uno a saber quién los escribió, tal
vez nadie, no hay que confiar en ellos.
-
Como sea, este barco no es seguro y no
puede uno estar tranquilo en él.
-
Como sea –me respondió sarcástico- está
usted en él.
Con un roce a su visera a modo de saludo
el Sr. Honesto se marchó, el frío crecía y supuse que ésta sería la causa de su
partida.
Mis pensamientos se ahogaban entonces en el negro de
un naufragio. Una masa compacta de agua cubriéndome en las estrechas paredes de
un cuarto metálico, provocaba en mí tanteos frenéticos y el horror de no lograr
alcanzar más que objetos inútiles. Sentía mi cuello estirarse, los ojos
absurdos buscando una luz salvadora, los brazos ideales que podrían sacarme de
allí. Una escalera, una puerta encontrada a tiempo, un escalón donde hacer pie
en lugar de los pernos redondeados que suturan las paredes y le dan ese aire
invencible, estructural.
Debía entonces quedarme en la cubierta.
Desde allí saltaría hacia el mar, podría nadar hasta la isla o encontrar alguna
madera sobre la cual descansar esperando el rescate. Ahora el frío y los tiburones
no eran mas que preocupaciones secundarias.
........... 
El barco ignora mis temores y se desliza sereno
hacia la Isla de Jersey. Si bien esto era funcional a mi plan de salvación, no
lo era en cuanto a mi viaje de turista dado que el destino de mi pasaje era la
gran isla, Inglaterra. Pero ante mis devaneos, crecía la pequeña isla y con
ello la tranquilidad de alcanzarla.
Casi una hora después, el barco se detenía y recién
ahí pude soltar la baranda. La gente se agolpaba en la escalerilla y de a uno,
con una lentitud exagerada, fuimos abandonando la nave. Noté que mi compañero
de viaje, el Sr. Honesto, se encontraba al pie de la escalera, ya en tierra
despidiendo al pasaje. Vestía ahora un traje blanco y una gorra de oficial de
marina. Tropezando, superé la pendiente y llegué hasta él. Me recibió con un
saludo preferencial:
-
Mi amigo, luce usted de mejor aspecto,
sin dudas ha disfrutado del magnífico viaje
que hemos
tenido.
-
Sí gracias, realmente lo disfruté – mentí
sin pensar.
Entre un continuo remolino de gente y
saludos, le reproché el no haberme mencionado que él era el capitán del barco,
destacando que tamaña omisión no me parecía casual.
Se hizo una pausa. Carraspeó el Sr.
Honesto mientras imaginaba su respuesta.

-
Sepa usted que su parecer no tiene para
mí importancia alguna - dijo sin expresión.
Además - continuó - usted ya está en tierra y así quedarán las cosas.
Retornaron los movimientos de gente y saludos, las
sonrisas y apretones en el pequeño espacio que ocupábamos al pie de la escalerilla.
Su última frase me confundía malsanamente y hasta me enojaba, pero sin
admitirlo admiraba su determinación. Un hombre en presente continuo, veraz
hasta el símbolo.
A pesar de no ignorar mi destino
-Inglaterra y luego Londres- éste ya perdía su condición. No volví sobre los
folletos, que quizás mencionarían una pequeña pero pujante ciudad turística en
donde yo desembarqué, en esta decena de casas irregulares. La playa era
amplísima y cálida la bruma que confundía sus líneas. Algunas rocas redondeadas
y mucho sol. Me sentía a gusto con tanto espacio, dispuesto a recorrerlo en lo
que quedaba del día. Un anagrama vino a mi mente, decidí qué sentido tomaría mi
camino y me alejé.
Un paso ahora se hunde un poco, y luego
de darlo voy a sentir la arena en mis zapatillas molestando y otro paso y
seguro más arena, que no puedo evitar rozar a cada paso. Caminé por la costa de
la isla de Jersey. Caminé con la línea de la orilla a un lado entre decenas de
piratas agitados. Indígenas raleando entre la vegetación, el campamento de la
Dra. Rafferty y las ruinas del General Kurtz entre bosques de ramas doradas.
Llegaba la noche. Con una cámara cambiaría el registro a un cuadrante de
espuma, tamarindos, arena y estrellas. Y el mismísimo Sr. Honesto que entre
tantas referencias no encajaba, se salía de la foto para ser el marco, el papel
y la mano que lo toma. Qué confusión. No había leído esa historia, esta en la
cual me encuentro, no que recuerde y el olvido no cuenta.
Todo esto mutó en lo básico de encontrarme en medio de una playa desierta con un frío que prometía descontrolarse. Mi futuro se acercó rápido, debía resolver en forma urgente donde pasar la noche.
Estaba en tierra, sí, pero con algo de barco en tanta isla.
Tranquilícese, disfrute del paseo.
Lo esencial de la incertidumbre.
Como sea, está usted en él.
Un conquistador entrelineas.
- Puedo forzar la puerta de una casa y seguir
sin
final
- Solemne – me respondió sarcástico
Un final en presente.
.........
.........
FIN
Adrián Pedreira – Noviembre 2001
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