Américo Cristófalo
Apenas frío es el mármol y no tiene piedad; estoy sola, entre él y la tierra. Entre él y la tierra, siempre. No arde el relámpago que me toca. Nunca sobre el cuerpo arderá el relámpago. Y la parte de sombra que lo extingue y lo apaga no abriga, como la magra oscuridad del tilo, el sereno pacto del aire. ¿De dónde procede entonces la luz abierta en los ojos que enrojecen la noche y la dejan ausente del mal? La distinción. Candor moral, rostro débil de la historia. ¿Gustar? ¿Quién habla del gusto? Almas que no persiguen su presa por temor. Cada mañana, obligado a lavar la camisa de un muerto. Los pobres ensuciados de sangre infértil. De la gracia de un padre altivo en sus bienes. Se quitarán los ojos por una parte. El clamor que los agita es, nada menos, la herencia. Hermanos al fin. De hermanos que son distribuyen lo que queda. Mejilla por mejilla, letra por letra. No ven el espantoso vientre del desierto. Nacen de ahí pocos hijos con su nombre. Entre las aves hay certeza. Planean sobre la llanura, dominándola, son cazadoras de especies sumisas. Para el ave, la presa es única, muere en una maniobra necesaria y exacta, y yace muerta en obediencia de un orden. Antes de matar, el ave propicia ritos severos y espléndidos fija la atención se aleja, vuela cerca, la poseen disposiciones del cuerpo que desconoce; antes de atacar, examina, no sabe el nombre de la víctima, pero sabe que el vuelo repite sus leyes.
(Fragmento de La distinción, en La Ballena Blanca,
Buenos Aires, año 3, número 5, agosto de 1999.)