Daniel Link
La clausura de febrero y otros poemas malos
Aclaración
Los poemas aquí reproducidos fueron escritos entre 1974 y 1983 e integran las Obras completas (edición de bolsillo) cuya publicación comenzaré este año. Cuando releo ahora estos viejos poemas me sorprende no tanto lo malos que son (siempre lo supe), sino que todo estuviera, desde el comienzo, articulado como una obra: luego de una Carpeta negra que reúne mi producción quinceañera, planifiqué unos Cuadernos del tiempo con los poemas de la "mayoría de edad" (18 años). Casi todos ellos (me doy cuenta ahora) son una forma de hablar de la masturbación. Mi obra magna, sumamente nerudiana, estaba todavía por ser escrita. La clausura de febrero vino a llenar ese vacío. He seleccionado algunos poemas de aquí y de allí. Son poemas de juventud dominados por la inautenticidad, obsesionados por la belleza, grandilocuentes y declamativos. Hoy sé que lo único que importa en la poesía (en el arte) es la verdad, y si los rescato del merecido olvido en el que habían caído es porque creo que encierran una verdad histórica.
Daniel Link
mayo 2000
Carpeta negra
De la primera etapa de mi obra poética no quedan demasiados rastros. Yo, al menos, no conservo papeles de 1965 a 1975. Y sin embargo, paradójicamente, yo era en esa época un poeta convencido y feliz de mi condición, además de reconocidísimo en mi medio. En esa época dichosa la poesía era para mí natural como el aire. Aprendí a escribir a los seis años (leía desde poco antes), al mismo tiempo, prosas escolares (¡A la mesa, Sonia!) y poemas. Mi sensibilidad para con la poesía venía del hecho de que escribir, para mí, era lo mismo que escribir poesía. Toda una relación existencial con la literatura. A los siete años, cursaba primer grado superior en el colegio al que yo iba en Córdoba. Uno de mis mejores amigos de aquellos años se llamaba Bernardo. Los dos teníamos una idéntica pasión por los animales de plástico, que ambos coleccionábamos. Otro de mis mejores amigos se llamaba Bergman y todos le decían "el loco Bergman". Nunca terminé de entender si era por él en sí o porque su padre regenteaba una clínica psiquiátrica (en la que, por esas casualidades del destino, mi padre fue internado en uno de sus desaforados episodios de alcoholismo). Con el loco Bergman nos dedicábamos a inventar planos de tesoros enterrados -tesoros que nosotros mismos habíamos enterrado previamente--, dibujados (ensuciados y envejecidos para darle más verosimilitud a la búsqueda) en una instancia previa del juego que decidíamos olvidar más adelante. Otras veces fabricábamos mortíferas armas marcianas con frutos típicas de la región y piezas sueltas de cañería (nos encantaba el bronce). Estos dos amigos iban conmigo al colegio, a mi mismo grado.
La maestra que teníamos era una apasionada de la sinestesia. Una o dos veces a la semana nos obligaba a escribir (con total libertad temática), sometidos a diversos estímulos sensoriales: una determinada música, un olor, ciertas láminas distribuidas estratégicamente por toda el aula. Alguna vez, supongo, utilizó todo esos estímulos al mismo tiempo. Yo, que por algo tenía los amigos que tenía y que ya entonces demostraba una pasión malsana por los paraísos artificiales, pronto me destaqué en el ejercicio. Del mejor del grado pronto pasé a ser el mejor del colegio: se me encargaban poemas alusivos a las diferentes festividades escolares, se exponían mis versos en las carteleras, se me otorgaban prerrogativas de las que carecían otros alumnos: tenía media beca en el colegio, podía tener el pelo como cinco centímetros más largo que mis compañeros. Mi talento llegó al punto de que el director del colegio (el Dr. o Prof. o Sr. Muñoz) me regaló una biografía del más grande poeta cordobés, Arturo Capdevilla, cuyo título me conmocionó: El niño poeta, se llamaba. Ése, me decian, estaba yo destinado a ser.
Si abundo en estos pormenores es para estimular en futuros tesistas norteamericanos la busca de esos papeles que tal vez sean decisivos en la valoración de mi obra poética. Los años pasaron y sucedieron muchas cosas en mi vida que no tiene sentido contar ahora. A los quince años, en 1975, yo estudiaba ya en Buenos Aires. El año anterior, cursaba tercer año y la profesora de castellano de entonces no valoraba en nada la sinestesia. Tenía otros métodos menos alucinatorios para estimular nuestra imaginación. Nos leía un texto (digamos: un capítulo de Rayuela o alguna otra página de Cortázar) y nos forzaba a la parodia o la copia o la transposición. En la primera reunión de padres que hubo ese año transmitió a los míos su preocupación por las "redacciones" que yo le entregaba. Por esa época, yo escribía estos poemas.
Ahora hace más frío
hay muchas estrellas
flotamos a la deriva.
Les ruego (si alguien abre este escrito)
formen en su boca las palabras que fueron nuestros nombres.
Les diré lo que hemos aprendido.
Les diré todo.
Ernesto Sábato
De tu nariz
Si pudiera clavar mi
lapicera en mi corazón,
desparramarlo por todo el escritorio,
¿eso te daría satisfacción? (eso hice)Aquí estoy yo, parado sobre el mundo (caminar sobre la luna… parece difícil; aunque no) sentado frente a vos mirándote a los ojos (todo es posible lo digo yo) pensando en todo lo que sos desde hace un tiempo; desde que supe que detrás de tu nariz estabas vos, ¿estabas vos o yo te hice, cómo fue? (si me das la mano la luna ya no existe sólo vos y yo, y el mundo por supuesto, pero es otro mundo es algo redondo colgado de un gancho, cerca de aquella pared que da vueltas si vos o yo lo tocamos) Yo sé que estás ahí detrás de todo eso detrás y adentro, más bien en el fondo de esto que soy yo, a veces. Entonces ésta es la luna y caminamos sobre ella y si vos estás dentro de mí yo estoy en tus ojos ¿Cómo fue que supimos dónde estamos, si es que estamos? 28.4.75 Not very musical As we had had a long walk poder mirar por la ventana y no ver el mundo gris que me rodea tan poco es lo que yo quiero déjenme en paz tan solo un rato through one of the marquets of Old Delhi para poder pensar un poco en mí en todo lo que está adentro y hace fuerza, y al fin explota en lágrimas saladas que un dedo veloz disimula. we stopped at a square to have a rest Quiero un descanso a veces ahora que ya no estoy solo ahora que sé lo que quiero que puedo hablar sin vergüenza mirame a los ojos, quiero decirte After a time we noticed a snake-charmer aquí estoy mirame… mirar por la ventana un mundo limpio y sonriente aunque me mienta que se ría total yo juego a no darme cuenta. with two large baskets at the other side of the square y dijo Link y no sé nada I couldn't study the lesson y por qué me mira así yo que le hice nada más pensaba un poco para adentro I'm sorry. One. 28.4.75 Cuaderno del tiempo Cuando terminé el colegio secundario empecé a estudiar Ciencias Económicas. Encontré tu nombre en un pedazo de papel Te busqué hace tiempo entre carteles, entre latas, te busqué en las mil caras que pasaban. Y porque no supe o no quise, no te encontré. Encontré de pronto un mundo, un color, una risa viva y, arañándome, tu piel. A vos, muñequita de papel, te aprendí a querer así, vos ahí mirándome decirte tantas cosas y yo muerto de risa y haciéndote cosquillas, rodando los dos en la felicidad de tenernos, y feliz, feliz, en mi rincón de humo, amigos y canciones; porque te sabía ahí, siempre conmigo, en mi bolsillo o en mis ojos, pegada en mi mirada. Desde aquel día en que de tanto pensarte te me apareciste; "Hola que tal, soy yo, ¿no me crees?". Y claro, si de tanto escribirte tropecé con vos. Y bueno, yo te quiero, aunque me cueste disimular que no sos más que una invención. 23.2.77 Decirlo solamente Decir que sos un ciego sol deshecho, que en tus ojos me ahogo como en mares, que me siento desnudo sin tu abrazo, que tu voz me rebalsa de deseos y te extraño y te celo y te atormento, que te veo y estallan tubulares y diáfanas campanas en mi pecho. Decir que te quiero, marioneta, y necesito tu voz metalizada. Decir que me muero de azul si no te tengo, decir que se quiebra en llanto mi lamento y que el tiempo agoniza en tu presencia y que me cuezo en tu olor, en tu perfume. Decir que me basta tu mirada para sentirme eterno, despiadado, para cambiar en canto mi tormento y ser sol, mar, río, firmamento, estrella fugaz, querida mía, y ser todo aquello que vos mires desde el pozo lejano de tu indiferencia. (Decirlo nada más, que no te importe, decirlo nada más, que no lo sepas.) Decir que me muero lejos tuyo, ¿será decir que estoy enamorado? 5.8.77 La clausura de febrero
Para paliar el hastío que me producía Ciencias Económicas empecé a ir a un taller literario. Entre otras cosas, iba a conocer en ese taller a Delfina Muschietti quien, entre otras cosas, me convenció de que abandonara esa carrera insípida. Ya leía mucha (demasiada) poesía.
Recupero plumas cenicientas, incendiadas por mis huesos afiebrados. Y recupero la agonía de los campos muertos en el amoroso vuelo de las moscas. Una invasión de cuervos me sorprende desnudo. El choque de los soles me despierta. Hay nubes de sal reivindicando mi torpe anatomía. Hay líquenes y alquimias y aserrines. La luz abre aljibes en mis manos. El eco sordo de un latido de bronce se acelera. El abismo huele a pinos y resinas calcificadas. La blanca pupila de la noche se dilata de asombro; vuelan pájaros de esperma. El silencio se quiebra: estoy vivo. Pero tu rostro se adelanta He tratado de soñar garzas ligeras, cuartos sin tu olor de vientre evaporado, una luz de cocina tomada por asalto, cierta textura en los dinteles. Me he inclinado ante el copón del rito con avidez sonámbula. He querido que el fuego me trajera el sonido de un muerto hecho pedazos de luna, de plata, de viento. He bebido la inconsistente plegaria de los pájaros. He desordenado los pozos azules de la soledad y el miedo. Pero tu rostro se adelanta. Últimos poemas
En 1983, gracias a Enrique Pezzoni, yo ya escribía sobre libros en varias publicaciones. Beatriz Sarlo me recomendó a Daniel Divinsky, quien buscaba un empleado "de mis características" para Ediciones de la Flor. Empezaba una época. El mismo Divinsky llevaba a radio Belgrano a Jorge Dorio y Martín Caparrós, que hicieron "Sueños de una noche de Belgrano", mucho tiempo antes de Babel. Uno de los primeros libros que vi llegar de la imprenta a Ediciones de la Flor fue Arturo y yo de Arturo Carrera. Leí ese libro y me pareció que ya no tenía sentido seguir escribiendo. Arturito después me regaló todos sus libros anteriores y la plaquette que había hecho la revista Xul con "Un día en la esperanza", uno de los poemas más hermosos que yo recuerde haber leído. Dejé de escribir porque ese poema ya habían sido escrito. Éstos son los textos que escribía por esa época.
"no exactamente qué, sino cómo": la necesidad del relato, la fábula sin referente. El empeño del chisme. Metástasis del sueño y textos que te suenan en las rodillas, los ojos, los bolsillos. - Armar el escándalo - Y que otro lo use… Y desenlace: 14 horas y olores y pequeñas ganas de quedarse, parado en una esquina, bajo el sol (pero en la sombra), como a la espera, tal vez, de un colectivo verde y blanco. Buenos Aires, 1.82 - Hay algo acá: redondo, duro, canceroso. - ¿Rueda? - A veces camina, sube, asoma desde el miedo, retrocede. - ¿Metatextual? - Exactamente. Buenos Aires, 2.82 Azul de nuevo azul - El bar, claro: "los tres años de Allende/ mi madre se volvió a casar/ me convertía en un criminal/ yo luché siete años" Azul, decía. Una conversación azul y otros murmullos: ¿alrededor? - No nene. El ruido la voz el pájaro de nuevo: vos mismo ("tuve una alucinación/ fue con mi padre") cómo decirte vos vos vos mismo el pájaro de nuevo. Pero es mentira. Cricket sí pero no tengo cigarrillos. Mirame azul: mi mano azul. El humo azul. Un hueco azul. - Te ví entre las luces: vos/z de nuevo el ruido (click clack) y la conversación. Buah. "Vamos a caminar". Vamos al cine.
10.6.83