Gustavo Álvarez Núñez
"Por la voz de una mujer al teléfono se puede saber si la que habla es bonita".
Adorno, Minima moralia
"Cuando un escritor es joven siente que de algún modo lo que está por decir es bastante tonto o que es obvio o es un lugar común, y entonces trata de ocultarlo bajo una ornamentación barroca, bajo palabras tomadas de los escritores del SXVII, o si no, si pretende ser moderno, hace lo contrario: inventa palabras todo el tiempo, o habla de aviones, trenes o del telégrafo y el teléfono, porque hace todo lo posible por ser moderno"
Jorge Luis Borges, Confesiones de escritores
UN SONIDO...
Un sonido
puede amedrentrar la saturación
hasta un punto inhallable
con que el espacio cotidiano
moldea un consistente abanico
de nimiedades.
Desbordante
paraíso de constelaciones
trae aparejado el escozor
más turbulento
¿qué más, sino la extenuación
del alboroto insidioso
de una piel rezumante
que llama a otra?
No se busca
la salvación
en otro cuerpo,
ni el pasaje
ni el alivio.
No se trata
de recomponer
el desvastado cortejo
de sensaciones,
¿quién puede ocultar,
con la gracia desorbitada
de un lisérgico anodino,
el vendaval de iridiscencia
proyectada?
La única pauta
la da el teléfono
sonando,
la sombra del maremoto
que resguarda,
la capacidad de alterar
el insulso crepitar
de los días.
No hay manera
de inferir,
al final,
en la arrebatadora
coordenada de luz,
un rechazo
o una aproximación
semejante.
La delicadeza
perversa de una espera calcitrante
ya tomó distancia
y refresca con abandono
la sumisión infructuosa
jamás vista.
DESPROTECCIÓN
Paseando por la caprichosa calma de la noche.
Obligado, en la medida de las circunstancias,
a no mirar hacia atrás;
el auto (es una luz que) guía a las estrellas.
Me hablás desde cualquier lugar,
no importa el lugar.
Me hablás
"He tratado de manejar las cosas con la cautela
justa y necesaria", decís.
Mientras las palabras buscan aflojar
el nudo de la impotencia,
el auto trata de manejar
mis augurios de precipitación
y desvarío.
"No puede ser me escucho decir,
No puede ser".
La ruta traza con ostracismo
la inquietante llamarada
de mis ojos.
Cualquiera puede pensar que me amás,
que tus palabras, si bien no hacen referencia al amor,
son las voces de un delicado sentimiento.
Pero no lo digo. Lo guardo
en cualquier punto de la memoria
del celular.
La velocidad, trato de pensar,
en un lugar donde el pensamiento
se asemeja a su puesta en acción,
la velocidad es el único modo de olvidar;
la velocidad es el único territorio
que me permitirá atravesar
las fronteras de un país desvastado.
"Hablamos en otro momento"
escucho que decís, en medio
de un sollozo repentino
(aunque no estoy seguro,
a veces los teléfonos móviles
tienen ruidos).
DIARIO DE UNA POETA ADOLESCENTE
días enteros hablando
comunicándonos vía un contestador automático
no estoy segura sí querés charlar conmigo
me asusta pensar que estás en tu casa
mientras mi voz es un relámpago
que se entromete en tu cama burbujeante
mi ansiedad se confunde con angustia
se llama inseguridad exhuma hastío
¿hasta cuándo quedaré confinada
a esta red a esta suma de intersticios sinuosos?
tengo principios que olvido poner en práctica
cuesta entender el porqué de mis llamados
me da un poco de vergüenza las reiteraciones
el modo en qué buscamos causar
una sorpresa
oh! no, no tengo que pluralizar
la insignificancia y la catástrofe en tus oídos
saben igual
al regresar a casa lo primero que hago
es ver si titila la luz del contestador
no existe un desierto más triste
que la paz mortuoria
del aparato
MOLESTIA
la pesadez de algo
que retorna
pero que sin duda
no se ha ido.
La fluidez del estorbo
que
sobrepasa la serie
de precauciones
El aire, los límites
El contagio absoluto
de una dispersión
mal curada.
Su rebrote reincidente
La certeza
de una abrumadora
persistencia,
la inquietante
premonición
acaecida.
Un espacio que nunca podrá
superar el conflicto.
oh! un conflicto
Nietzsche decía de esos hombres
que tienen destino
(decía Nietzsche de esos hombres
que quisieran a veces descansar de sí mismos):
"Nadie sale a su encuentro con la milésima
parte solamente de su sufrimiento y de su pasión,
nadie adivina hasta qué punto están a la espera..."
¿Esperar, qué?
La maratónica lista
de postergaciones.
El vaho impertinente
de una señal sin codificar.
El cielo londinense:
la extrañeza del sol
como una llaga
que mira desde la ventana.
¿Construir, qué?
Una vida tarda una vida
en agotar las creencias
de las más austeras,
hasta de las más remotas
huellas.
00441818960595
Sólo son números
que traen recuerdos
Sin duda, la dependencia
genera abatimiento,
propaga la línea del lodazal
Restituir el enjambre
de modulaciones
extraviadas
es anhelo
es paz
pero
no
todo
es eso
ninguna
suma de números
será capaz de ejecutar
la compleja red de notas
VIDA DE TELEFONOS
No tengo nada contra los teléfonos: ¿por qué iba a tenerles fobia? Nos comunican, nos hacen felices, nos brindan companía. ¿Por qué iba a odiarlos? No son encantadores, pero cierta gente parece encantadora en la línea. Es más, cierta gente es más dada hablando por teléfono que en vivo y en directo. Seguro, ahí pasa algo. No me extraña. Una máquina no es noble, no tiene por qué serlo. Es pura función. Una máquina nunca sugiere, sólo especifíca, muestra, nos pone en contacto con otra realidad. Claro, en el medio nosotros: la virtualidad absoluta, la miríada de conflictos inapetentes, el ruego vacilante de una desmesurada atención, la llaga orquestada, la propensa simpatía por la desprotección. Quizá la máquina suela darnos mucho de aquello que en la cotidianeidad del encuentro no logramos formular. La impertinencia del gesto, el silencio de la mirada, imponen condiciones. La ausencia del gesto, la ausencia de la mirada, imponen condiciones. La máquina no busca nada. Es la mediación sin el grado de incumbencia necesaria. Hablás por teléfono. Esperás que te llamen. Llamás. Por poco invocás a los dioses para que suene. Teléfonos. Vida de teléfonos. De hablar y sólo hablar por.
VOCES EN EL TELEFONO
I
La certeza de tu encanto brilla despojada del rastro penitente de la mirada.
Somos voces en el auricular, identidades forjando su suerte en la constelación de arrebatos y silencios.
II
Nada más seguro, para muchos, que la distancia amparando la charla. Nada crea más incertidumbre y desconsuelo, para otros, que la charla amparada en la distancia.
III
Hablamos de lo que siempre hablamos cuando se nos da por hablar de esas cosas que hablamos siempre. Vos preguntás, como para empezar otra vez, "¿para qué hablamos?". ¿Para qué hablamos por teléfono? "¿Por qué es tan fácil, para muchos, hablar por teléfono?" "¿Por qué es tan difícil, para otros, hablar por teléfono?"
ESPERANDO QUE SUENE
La voracidad del silencio ocupa un espacio insostenible,
recubre de moho la estela de insospechadas evocaciones.
Aquí, en la anhelante vereda que fagocita los días de sol,
la tormenta y el frío resuenan atravesados por el eco espectral
de un vaivén arrollador.
Asistimos al desamparo mortecino
y a la crepitación
más impúdica, la del silencio,
la de su devenir: sus aristas, sus impertinencias
balbucean con la desprotección propia de lo que se saben eximidos
de estar atentos a que se hable de ellos.
Quisieramos saltar por las comisuras de esta red macabra
de reposo y quietud.
Nos asfixia la candente supremacía de instancias
lánguidas y poco certeras.
Quisiéramos tener la posibilidad de ser un e mail
y estar colgados de la Red por unos días,
sin que nadie dé con nosotros:
realmente colgados e invisibles como nunca.
Estar pero pasar desapercibidos,
mientras el silencio hipnotiza los estridentes arrebatos
de acción.
Nada.
RAFAGA
La brisa que cobija a tus sueños
me da respiro en esta noche larga
Te observo con la misma vehemencia con que las madres
escuchan cualquier tipo de ruido que rodea a sus pequeñas criaturas
Nado en cada uno de tus cabellos por aguas etéreas
Tus pliegues asisten a mis saltos estrambóticos
Ardo por todos lados
Es tal la alegría que hasta la uña lastimada
del dedo gordo de mi pie derecho se contagió de mi aturdimiento
Sobrevuelo en cada ráfaga de los refulgentes aromas
que bañan tu preciado cuerpo
Te observo y no puedo hacer más que eso
Quisiera sacarte del encantamiento con un simple beso
O llamarte desde algún lugar remoto
sin otro motivo que escuchar el leve suspiro de tu voz.
PENDIENTES
Suspendiste todo lo que tenías que hacer
no te diste cuenta
Te volcaste, como quien no quiere la cosa, a las volutas destempladas
de la maquinal espera
A cada sorpaso, a cada inquietante tintineo de la campanilla telefónica
acudiste sin miramiento alguno
Estás lanzada a los vericuetos asfixiantes de la espera
Tu hombre, casi un llamado de los cielos, el paradigma estelar de tu salvación,
es una voz que no logra asirse en el hemisferio de las líneas telefónicas
¿Estás bloqueada como ellas, quizás?
¿Puede ser que un pequeño resplandor, un mínimo ruido,
se tornen una señal, el advenimiento de la luz?
¿Puede que la confusión sea tanta que creas tener todo bien en claro?
Estás despojada, echada en tu cama 4x4
Mirás las olas borrosas del río, por el espejo retrovisor tenés la pendiente de Alvear
cotejando el infierno insomne que te ampara
¿Tendrás que subir de vuelta la cuesta, vaciar el cargador de la pena, mostrar tus mijagas de sentido en un espejo lascerante e inoportuno?
Olvida el terciopelado iris que desgranó tu piel
hasta volverla una catarata de sensaciones insospechadas.
Olvida la mansedumbre de esos ojos que supieron
perforar la astucia rimbombante de tus 17 años.
Sube la pendiente, interna tu cuerpo en la selva de autos
que a estas horas están volviendo de Capital.
Trata de transferir tus llamadas, trata de olvidarlo.
Acuerdate de sus palabras:
"La vida nos vive sometiendo a nuevas oportunidades".
ROMA
Una caricia titubea en el vendaval de imágenes
que me acerca el resplandor de tu recuerdo
Un fogonazo de indescriptibles trasfondos vigila la insurgente
impaciencia que me desvela
Herido por la memoria, acosado por sus perturbadoras formas
no hago otra cosa que languidecer por los télefonos que me diste
Dejo mensajes como otros dejan la vida:
sin apostar más que en una futura candidez
que me perfile a nuevas latitudes
Ocupo zonas de mi casa en que tu paso fue fundamental
No hay como la mano experta de otra persona
para darle respiro a los objetos cotidianos
Tu dominio del espacio terminó por evaporar mis sombras
El desamparo es lo único que conozco cuando me encuentro frente
a esos espejos que me regalaste
Puedo leer horas seguidas, puedo mirar series de televisión sin respiro
hasta puedo comprar y escuchar esos discos imprescindibles que siempre añore
Puedo sacar a pasear al perro que me regalaron mis amigos a pesar de la intranquilidad que me carcome por saber que podés llamarme
Puedo abastecer de brillo todos los rincones a los que nunca presté atención
Puedo pensar en hacer un viaje a donde la nieve sea la melodía que me despierte
Sin embargo, atraído por la urgencia de contar con tu voz
no hago otra cosa que tropezar con tus huellas
y el lodazal de infortunios que terminarán por acabar conmigo.
Ojalá pudiese darme la alegría de llamarme con tu voz...
IMPACIENCIA
Truenos de impaciencia se escuchan sin cesar
en los rincones de una vida repleta de renuncias
No lo podés creer, ahí, dando vueltas como tantas otras veces
empeñada en no repetir los mismos síntomas de desidia
que te cuestan tanto evitar
La tempestad brota y repercute en esa zona inestable
donde los límites como los juramentos no hacen otra cosa que desfallecer
a medida que son implementados
Un vuelco, una intempestiva gota de cambio,
hasta un pequeño hilo de viento extranjero
posibilitarían la agitación en un territorio propenso
a manejar con suma prudencia sus desbordes, sus pretensiones
El cálculo es asfixiante. Pero la aventura, también,
se torna asfixiante.
Y no sabés con quién hablar, no tenés hay quién llamar
para decirle que estás bien así, pasándola ni mal ni estupendo
Contándole que no te molesta seguir de novia con el mismo tipo
después de diez años
y que no curtís con otro porque el sexo es una invasión más
o un trámite que te cansa.
VUELTAS
¿Cuál es el peso del desconsuelo
en todas estas vueltas que me llevan de un lado a otro de la ciudad?
¿Qué manejo ingobernable de justificativos
tambalea ante la presencia de la desidia?
¿Tiene algún sentido
doblar a la derecha o a la izquierda, ir más rápido o más despacio?
No sé lo que hago, nunca lo supe
Ella me decía que no lo tengo por qué saber
Creo que no nos entendíamos
Creo que por eso estábamos juntos
"Nadie escucha", me decía
mientras tomaba un té de naranja y yo intentaba mandar un fax
"Nadie escucha al otro", me dijo otra vez
con el río de fondo, subidos a unas mountain bike
casi en la orilla de un deterioro propio
pero, no sé por qué, ajeno
La precariedad, de a poco, era nuestra zona en común.
Nos rozábamos con la misma indiferencia
con que las hojas esperan al viento
No había ya en el otro nada de ese contagio,
de esa ceguera que nos atrapó y nos perdió en los cuerpos,
en el desatino voraz de lo inexplicable.
La inconsistencia había reanudado, otra vez, su marcha.
Sólo restaba dar con el momento adecuado
para que cada uno tomase su camino.
CONFIANZA
cuadro mínimo
mínima extensión de la voz
piel trémula
estremecimiento del silencio
quiero llamarte pero sin hacerlo
no sé cuánto hace que no nos vemos
quiero que entiendas mi llamado desde el secreto
¿vos dijiste que podías leer mis pensamientos?
¿eras vos?
El eco de un televisor
en la tibieza
de un velador taiwanés,
desprende gotitas
de un miasma imperturbable,
inacabado:
esa es la impresión.
La fugaz,
la del teléfono
en el estrépito desamparado
del whisky noble
rindiendo pleitesía
a las palabras esfumadas,
las de los colores,
las palabras de las sensaciones negadas.
Las palabras perdidas
en la traducción imposible.
Y esta es mi voz,
ralentada y cavernosa,
salida del sueño,
casi un mundo posible.
Por eso, y tal vez,
mis palabras
no tienen voz,
o bien
mi voz
no les sirve de nada.
Por eso escucho
las otras voces,
las mías:
que dicen lo que no hay que decir:
"todo el mundo solo
en el mundo
hoy".
HAVE YOU EVER BEEN SENSiBiLiZADO?
Mi amigo estalló.
En el teléfono su voz no lograba conjeturar la intrincada red que estaba por voltearlo otra vez. El sostén de su ánimo, la dicha de sus ojos marrones, la minuciosa carga explosiva de sus palabras, no hacían pie en la desafiante e intempestiva traba que el destino ponía otra vez delante de él.
Hacer pie.
Hacer pie en la agrietada tumba de estallidos que su voz iba traduciendo en el auricular del teléfono. Mi amigo lloraba, y lo que trasladaba el vaivén irremediable de su garganta quebrada, era la obstinada fuerza con que el destino volvía a interponerse en un presente tranquilo y lleno de inquietudes.
Después habló.
Después habló con el rítmico tartamudeo de un hombre desarmado. Un hombre que sollozaba ante la presencia acuciante de un arma más temible que la muerte en revólver. Hablaba la presencia del pasado, el desasosiego en el futuro. Mi amigo explicó, como pudo explicó, lo inexorable e irremediable en que se vuelve todo. "Todo vuelve en una irremediable espera", gritaba mi amigo llorando en el teléfono.
Un día negro, pero no sólo eso. Un día certero, como el golpe en la cabeza del animal, como la aguja en la piel del yonkie. Un certero día aguja en el golpe negro. Un amigo mío desarmado en laberintos de lágrimas y miedo.
Una imposibilidad tardía y remota, la mía, de hacerle entender. Entender que a veces las complicaciones flotan casi por gusto. (Nos gusta flotar en la mierda porque es el único modo en que concebimos los pocos motivos que guardamos para todavía llorar, para aún respirar sin saber que lo estamos haciendo.)
Forma parte de la akademia de letras del Museo Raggio, coordinada por Delfina Muschietti y Matilde Sánchez, donde dicta cursos sobre Literatura, Rock y sus relaciones.