Héctor Rosales
DESVUELO Dos poemas TAL VEZ EN LA TORRE A Orfila Bardesio tal vez en la torre una renuncia el pañuelo blanco de los ojos ampliando lapsos se oye la fatiga cual vedada plegaria ápice desventurado el hilo de luz errando el blanco la campiña detrás y el acto extraviado entre albergues parecidos a las metas del peligro no contestan retroceden entidades lacustres que habían elaborado aquella oportunidad no estrega más su llamado al aire retrocede la mano en la torre el pañuelo sobre la piedra parda solitario el eco de la joven escalas abajo blanco donde desovará la fractura inabordables tramos GEOGRAFIA habían jurado: hay un hogar intermedio piélago mar o menos (ch)arco pertinente y lisiados trasportes que siendo líquidos no consiguen traspasar su estatura presa en anclas diminutas remedo de enclenques medialunas lo habían recalcado a través de los límites descosidos de la ciudad en ayunas nosotros oyendo y oyéndonos los dedos estiletes del rocío apuntando noche abajo donde las plumas aprenden a decir adiós sin moverse y sí habíamos oído finalmente nosotros los que bebimos sólo agrios zumos pontífices del apartamiento los sin alalguna y tristorcida periferia cual partida de nacimiento ensayamos con los brazos tensados arriba lo que debió ser naturaire ligero elevación y escuchamos el mar sólo el mar el mar o miedos llevándose juramentos y rutas figurando islas o anclas o quizás hombres oídos del lugar sin lugar bajo el rocío
¡Cómo cambió la poesía! - me dijo, con los ojos asombrados, un viejecito. Desde sus días rubendarianos hasta hoy la poesía, obviamente, cambió y desde los horrores, de los campos de concentración ajenos y propios -de todos modos propios- aún más. Creo yo que el cambio fundamental está, o estaría, en la caída definitiva del velo, en la desaparición de la ingenuidad, de la muerte de una concepción -anunciada por Baudelaire y Rimbaud- en la que el poeta adquiere nuevos ojos y su oficio cobra la dimensión de una experiencia total, que lo involucra con lo que escribe y con el mundo en el que vive.
A fines del siglo XX, por múltiples razones, gran parte de las personas conciben a la literatura con parámetros decimonónicos. A esto hay que sumar la "retirada" de la poesía del primer plano en medios e instituciones, un repliegue de causas complejas que la convierten en un género casi invisible, subterráneo, y a quienes lo profesan en raras aves, especies de alquimistas en sótanos remotos.
Pero la poesía vive, acaso tenga más vida que otros géneros en apariencia difundidos y vendidos hasta el hartazgo. Incluso, tenga más futuro, más aire para respirar, que otras manifestaciones literarias a las que se le dedican suplementos dominicales en diarios de gran tirada. Digo, me arriesgo a decir: si la poesía muere, muere la literatura porque la poesía es más que un modo, una forma, es base, peso, medida y soplo sin los que lo literario se convierte en odre desinflado, en cáscara seca.
Desvuelo manifiesta en su corpus los arañazos de la historia. Sabe de la angustia y la desesperación y lo manifiesta en palabras que se funden unas con otras, se rompen a la mitad, sufren distorsiones y, de un modo visible, comparten con quien las escribió el sentimiento de la distancia. Los poetas aquí y ahora -digo- estamos lejos, confinados a la distancia, estemos o no en el lugar de nacimiento, esto no importa. Cada libro, cada poema, cada línea de cada poema de cada libro, así lo manifiesta: hay una mano que se tiende y no alcanza, hay un ojo que no alcanza a ver más allá de la bruma, hay una piedra que se arroja a lo profundo y no oye el contacto del objeto con el agua o la tierra. Héctor Rosales, como cada poeta auténtico, como cada hombre o mujer que se pone el alma y sale, como dice Vallejo, convierte su poesía en una ceremonia de desnudos, en ritual de descalzos, en inventario de dolores y esperas.
Y nada de iluminaciones. Apenas la luz de una linterna con las baterías casi gastadas que emite su lucecita desde lo oscuro. Lo milagroso es que esa tenue, mísera luz atraviesa océanos en penumbra y nos alcanza justo cuando creemos que el telón cayó y ya no queda sueño alguno por soñarse.
Carlos
Barbarito
Muñíz (Buenos Aires), 21 de setiembre de 1999.