Jens Nordenhök

 

 

DON QUIJOTE CABALGA DE NUEVO
de la mano de Jens Nordenhök

ENTREVISTA DE MIGUEL ANGEL FRAGA

Jens Nordenhök, sorprende por su carácter activo, conversador, con un humor peculiar que hace que las cosas simples merezcan una sonrisa. En principio parecía apurado y a modo de saludo me pregunta si conocía al Quijote e inmediatamente quiere comprobar mi afirmación haciendo referencia a algunos pasajes del libro de Cervantes en lo que destaca, de manera especial, el capítulo donde don Quijote libera a los condenados a galeras y desaprueba la villanía de Ginés de Pasamonte, personaje de la picaresca española quien presumía de haber escrito un libro sobre su vida, mucho más interesante que el Lazarillo de Tormes; pero inacabado. Del mismo modo, podemos aseverar que sobre un libro como El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y su intemporal autor, aún no se ha dicho la última palabra.

Con creciente entusiasmo, y a modo de curiosidad histórica, me presenta el Don Quijote de Alonso Fernández de Avellaneda, texto que rivalizó en su tiempo con la obra de Cervantes y que pronto cayó al olvido. Así mismo, recomienda la lectura de las novelas ejemplares de Cervantes. Jens Nordenhök es un hombre que toma su trabajo en serio y su pasión lo lleva a continuar más allá de la simple versión idiomática o el ejercicio de traducción. Apenas me da tiempo para introducir la primer pregunta.

El libro como tal -refiere Jens- no fue difícil traducirlo. El lenguaje, naturalmente arcaico, por los cuatrocientos años de evolución del español, todavía es comprensible para todos los hispanohablantes. Después de haber leído la versión original del Quijote, escrito hace más de cuatrocientos años, me atrevo a afirmar que el español es una maravilla de lengua estática. Todavía podemos tomar las castigas medievales que no han sido retocadas en su original; se pueden leer y saborear pues la lengua no ha cambiado. En cambio, los libros escritos en sueco hace cuatrocientos años, casi no los puedo leer, ni como estudioso. En aquél tiempo no había en Suecia reglas para la escritura, existía la manera francesa, la alemana sobre todo, en ortografía, de cómo escribir el sueco que escuchabas, pero no había un rigor académico.

La primera parte del Quijote se publicó por primera vez en 1605, dos años después se tradujo al inglés. La traducción hizo énfasis en la sátira y en el humor más que en la seriedad de la obra. Cervantes es un humorista serio, como deben de ser los buenos humoristas. Este es el verdadero humanismo, ver con amor y con los ojos abiertos.

La traducción al inglés fue consagrada y rápidamente divulgada en Inglaterra. Cuando apareció la segunda parte, la mayoría de los ingleses conocían el Quijote. La traducción funcionó independientemente de Cervantes, porque era a esa traducción a la que toda la nación hacía referencia. Y esto es un poco lo que pasa con las traducciones en la actualidad, llegan a convertirse en patrimonio nacional, son asumidas por las nuevas generaciones que hablan otra lengua. Es el caso que en Rusia, el Quijote se ha traducido muchas veces por lo que lo consideran parte de la literatura nacional. En Suecia, sin embargo, no ha sido su incidencia tan fuerte como en otros países. Vivimos en un país pequeño con una lengua que no supera los diez millones de hablantes, entonces tenemos que traducirlo todo para captar lo más positivo de la arena internacional.

Pero al mismo tiempo, -continúa Jens con vehemencia- el sueco es una lengua muy buena para hacer traducciones, es flexible. Puedes lograr muchas sutilezas con esta lengua porque permite una infinita combinación de palabras.

Puedo recordar el capítulo donde don Quijote le arrebata la bacía al barbero pues cree que esta es el yelmo de Mambrino. El barbero defiende su vasija y don Quijote persiste en obtener lo que su imaginación ve como un yelmo mágico. A partir de este incidente, Sancho aporta una nueva palabra al idioma español, baciyelmo, en su intento de mediador para guardar sus intereses como escudero asalariado. Este término, visto en sueco, con la traducción pierde la gracia de su dimensión, pues para nosotros son muy comunes las palabras compuestas. Nosotros hacemos cualquier fusión de palabras, decimos por ejemplo: hojaverde o verdehoja, o lo que tú quieras. En nuestra lengua es muy normal fusionar o deshacer las palabras en sus entidades menores. Por eso el sueco puede captar y traducir fácilmente otras lenguas ya que se permite jugar con el idioma.

¿Quién le propuso la traducción del Quijote?

Es toda una intención personal. Yo fui a una editora local, seria, que trabaja bien los libros y les propuse hacer una nueva traducción del Quijote y me dijeron inmediatamente si. Eso fue hace tres años. La editora es Symposion que está cerca de Arlöv, a cincuenta quilómetros de aquí, en pleno campo. Estoy muy contento de no haber traducido el Quijote cuando me lo propusieron la primera vez, hace veinte años. El motivo era que había traducciones vigentes, pero en estos veinte años he visto que el libro ha envejecido, no aparecía en las librerías, el Quijote no estaba presente como lectura en Suecia. Ahora soy más maduro, tengo 57 años, que es un poco la edad que tenía Cervantes cuando lo empezó a escribir. Para mi experiencia y mis intuiciones ha sido muy bueno que no lo haya traducido demasiado joven.

¿Qué vigencia tiene el Quijote?

Cervantes es un autor de autores. Uno puede con este libro aprender a escribir. Ahora que ha reaparecido el Quijote, he descubierto en la prensa citas sobre Rocinante, Sancho, y me alegra saber que ya lo están leyendo. El Quijote es utilizable como arquetipo para moralizar y reprender en virtud de las buenas acciones. La lucha entre la realidad y la ficción es algo intemporal que se mueve entre nuestros sueños y la cruda realidad. Y esto pasa tanto hoy como ayer. Eso es lo que hace que el tema continúe con plena modernidad. Por otra parte, Cervantes utiliza una técnica que llama la atención del lector y logra que este tome conciencia de lo que está leyendo y hace que se sitúe en el plano que el escritor quiere. Yo creo que uno se convierte en buen lector una vez leído el Quijote.

Yo le recomiendo la lectura de este libro a todas las edades. Un chico de doce años que tome este libro de la estantería de los padres y comience a hojearlo, ya tiene una aventura. Por supuesto que requeriría una segunda lectura, en otra etapa de la vida de este chico. Es un libro que ha de ser una aventura literaria para los jóvenes y una experiencia compartida para los adultos.

¿Por qué tomó los grabados de Gustav Doré para ilustrar el libro?

Primero tuve la idea de tomar cincuenta ilustraciones de todas las que se han hecho sobre el Quijote desde que se comenzó a ilustrar con viñetas en el año 1670, dentro de la moda europea para dar algo más que la fachada de la primera página. Ingleses, franceses, alemanes, daneses, un sueco, Picasso, Salvador Dalí y otros han ilustrado el Quijote. Por eso se me ocurrió en principio tomar las cincuenta mejores ilustraciones de la historia del Quijote y así, dar un seguimiento de cómo se fue ilustrando el libro. Pero luego me di cuenta que las ilustraciones de los ingleses y los alemanes, no eran tan fuertes como imaginaba, caen en ese eterno costumbrismo de su propio país: así que Sancho parecía un campesino alemán o un pobre sirviente inglés. Esto era difícil de congeniar con el espíritu del Quijote. De Salvador Dalí hubiera escogido sólo tres o cuatro ilustraciones; él las concibió en Nueva York durante la guerra, para comer, con la intención de hacerlo suyo y no de Cervantes. En cambio, Doré había viajado a España y conocía la realidad española, por eso sabía de qué se trataba y logró su trabajo con el humor necesario. En mi opinión, es Doré el mejor ilustrador del Quijote de todos los tiempos.

Para la capa del libro, pude haber tomado una ilustración de Picasso, me gustaba mucho, muy expresiva, en blanco y negro. Pero luego encontré este otro, de Daumier, de la misma época de Doré, que en su casa, en secreto, dedicó treinta años a pintar al Quijote. Daumier y Doré se tomaron el trabajo en serio, de buena manera, guardando el humor. Ambos tenían entendimiento. Sabían el carácter multifacético de la obra y trataron de representarla dignamente.

¿Cómo ha sido su trabajo como traductor?

Yo empecé traduciendo textos históricos y de marxismo para revistas y secciones de libros y antologías, antes de lanzarme de lleno a la literatura que para entonces coincidía con el Boom de la literatura latinoamericana. Era una época en que las editoriales estaban a la caza de traducciones como Rayuela de Cortazar.

Si bien he traducido más de 40 libros, también he traducido unas 25 piezas de teatro. Esto es otro mundo, me pueden pedir una obra de teatro, pero traducir una obra de teatro sin que me la hayan pedido es un riesgo pues no todas las obras son interesantes para llevarla a escena en Suecia. Lo puedo hacer pero entregándola en crudo, sin pulir, un texto de cien, ciento veinte páginas de diálogo, no es un trabajo demasiado exhaustivo, es sólo para poder interesar a un grupo de teatro. En ese sentido yo he estado más en el teatro que en la novela, en eso de ofrecer alguna cosa para que luego ellos se interesen. En principio lo que hago es una traducción ligera para que se tenga una idea, trato de hacerlo bien, pero sobre todo rápido.

Yo soy un traductor libre, vivo de la traducción. En estos momentos tengo una beca estatal, una vez al año recibo una suma de dinero que me permite subvencionar mi trabajo durante el año. Así puedo, más fácilmente, enfrentar una obra como el Quijote, que toma tiempo. En mi prólogo del libro yo doy las gracias a las personas que han ayudado con su interés o con su dinero. Esto es algo que yo no haría sin una subvención. En nuestros días la cultura se hace con subvenciones de la sociedad en general o con patrocinadores, pero estos últimos exigen la publicidad de sus artículos. Hace un par de años el Teatro de Malmö tenía como patrocinador a la Saab para una opereta y la exigencia era tener un coche en la escena. Esto para mí es como venderse barato. Por eso defiendo la sociedad mixta donde todavía existe una intervención estatal. De lo contrario caeríamos en las manos del oportunismo de mercado.

¿Qué proyecto tiene ahora?

Mi próximo trabajo es la traducción de Soldados de Salamina, de Javier Cereas. Me lo ha ofrecido Bromberg, una editorial sueca. Con él estoy trabajando en estas fechas de primavera.

Aún no he leído el libro, sólo lo he hojeado y hecho una pequeña valoración. Me encanta traducir un libro sin haberlo leído. Muchos dirán, ese está loco. Pero si yo traduzco el libro simultáneamente, yo soy también lector. Estoy en el mismo punto donde está lector. Y por qué no, también en un punto donde pudo estar el escritor, pues el escritor también descubre mientras escribe, y avanza en su pensamiento mientras escribe. Yo recreo ese ambiente de tanteo, descubriendo paso a paso el libro. Y como ahora todo es electrónico yo puedo volver atrás y corregir algunas cosas que no comprendí bien pero que, digamos, en la página cien está claro como el agua. Lo obvio sería leer primero el libro, pero yo me opongo a esto; por qué tener todas las claves si el escritor no las tenía cuando escribió la primera página. Un escritor después de trescientas páginas puede rescribir las primeras veinticinco en vías de lo que ha descubierto en su propio texto. Es muy común pulir la entrada de una novela o un cuento corto, a la luz de lo que sabes más adelante. En algunos casos, uno debe saber más sobre el texto que el propio escritor. A veces uno descubre que el autor se ha pasado un poco, que está un poco en la especulación. Por eso lo que necesita un traductor, ante todo, es intuición a la hora de abordar los textos. Por eso uno le va tomando cariño al trabajo porque considera el texto como un crío. Como traductor uno se siente partícipe. Descubrir las técnicas narrativas del escritor y trabajar con ellas es una delicia.

Pero con Cortazar tuve algunos problemas. Cuando traduje algunos de sus cuentos cortos que son tan pensados desde un principio, y donde te ofrece pocas claves de lo que va a pasar, sentía que tenía que leer el cuento antes de traducirlo. Cuando me sentí más confortable con Cortazar ya pude lograrlo, pero al principio estaba algo nervioso porque sabía que el escritor estaba diciendo algo que yo no sabía qué era. La explicación la ofrecía después, tal vez en la última línea aclaraba la incógnita anterior. Para mantener este misterio en la traducción debes saber la clave porque si no, yerras en todo el texto. Pero con las traducciones puedes rectificar, siempre puedes ir atrás.

Un autor que últimamente lo he dejado hacer su propia vida es Vargas Llosa, pues políticamente no lo aguanto para nada porque es un ultraliberal. Pero ha escrito cosas maravillosas como La Casa Verde y La tía Julia y el escribidor. Si yo tengo que mencionar dos libros en los que yo he tenido la sonrisa en mi cara mientras trabajo han sido El Quijote y La tía julia. Conocí personalmente a Mario Vargas Llosa cuando vino a dar una charla a los estudiantes en Lund en el año 85. Conversé con él durante un paseo, pues quería conocer el paisaje de Suecia. Él estaba muy contento porque había escuchado de otras personas que yo había traducido muy bien sus libros. Entre otras cosas, le pregunté cuál era su opinión acerca de la cultura quechua de su país, de la lengua quechua que todavía hablan entre siete u ocho millones de personas. Él me dijo que si los niños olvidaban lo más rápidamente posible el quechua para incorporar el castellano, tanto mejor, así no serían un pueblo aislado y estarían en comunicación con el mundo. Yo podía estar de acuerdo con la idea de que el castellano sirve como punto de comunicación para los peruanos no-castellanos hablantes, pero no por eso deben ellos renunciar a su legado cultural que incluye su propia lengua. Me chocó la simplificación que hizo. Hay que considerar y saber, por ultraliberal que sea, que el mundo consiste en rinconcitos. Todos tenemos nuestro rinconcito; algunos rincones son un poco más grandes y potentes que otros, pero no por eso vamos a dejar desaparecer, sin más, nuestra identidad cultural.

Yo estoy en contra de aquellos que dicen que si ahora se hablan aproximadamente seis mil lenguas, pronto van a ser tres mil y luego mil y después cincuenta lenguas mundiales y nada más. Yo en esto veo una pérdida. Aunque pueda ser una complicación la existencia de tantas lenguas, es una complicación muy relativa que hoy día se puede vencer con la informática, con los textos electrónicos y la tecnología. Yo estoy en contra de los centralismos excesivos y aplastantes.

Al respecto, puedo citar otro ejemplo. En Suecia hubo un fuerte auge de literatura proletaria en los años 20-40 que desbordó otras literaturas, eran gentes que había estudiado sólo tres o cuatro años y que con 15 o 20 años fueron autodidactas que hicieron aportes a la lengua. Como la lengua sueca no tiene reglas académicas pudieron escribir lo que pensaban. Fue una literatura de pueblo muy libre. En Francia esto nunca ha existido; la literatura francesa siempre ha padecido de formalismos de lengua. El francés codificado desde tiempos de Moliére es el que defiende toda esa sociedad centralista que es Francia con su eje Paris y hablar de dialecto en Francia no es posible, no les interesa; ellos exigen expresarse en un francés perfecto y si no lo haces, no entras en la literatura. Los escritores suecos de que te hablaba pudieron entrar y mejorarse mientras que los franceses de esa generación no tuvieron la oportunidad de hacerse autores. Esto dice algo sobre el centralismo de las mentes. Yo estoy encantado con los dialectos, estoy encantado con los cubanismos del español, qué mal tienen. Los portugueses han sido ridículos. Hasta hoy día, los libros brasileños que se editan en Portugal tienen que ser reescritos en portugués porque no admiten su ortografía ni su gramática aunque haya quienes quieran comprar los libros en su versión original. Mi regionalismo es una defensa del pequeño ante el grande.


¿Has traducido del sueco a otro idioma?

Estoy orgulloso de ello. Mi lengua natal es el sueco, la mayoría de lo que hago es en sueco, no quiero traducir al español literatura textos didácticos que hablen de sociología, economía, me lo pensaría mucho. De lo poco que he hecho, está Shipibo, un pequeño libro de Bengt-Arne Runnerström quien retrató esta tribu del Perú amazónico y luego escribió el libro. Y lo más interesante es que del castellano se tradujo al shipibo para que este pueblo pueda leerlo en las escuelas en su lengua natal con la misma factura de publicación hizo Suecia. Para algunos es un libro algo contestatario pues los shipibos se muestran como son y no como lo quieren mostrar las autoridades de Lima. El texto habla de unos niños, de sus padres pescadores, y como juntos enfrentan la sociedad exterior. En este libro las personas se identifican consigo mismo, con su cultura, sin que medien las ideas de la iglesia o del Ministerio de Educación. Esto es el mérito del autor.

¿Cuál es para usted la diferencia entre escritor y traductor?

El traductor crea una obra en su propia mente, por eso es una obra que se calca sobre el original. Uno no puede reproducir palabra por palabra, pero sí acercarse lo mayor posible. En mi caso, moldeo el sueco para lograr, desde la perspectiva sueca, la voz de determinado autor. Si lo haces con amor y gran cariño, la versión sueca es muy tuya, lo ves como algo tuyo aunque no lo sea, sólo has cambiado el traje con la intención de trasladar al sueco todas las chispas que hay en el texto. Esto es un gran regocijo para mí, pues la traducción es una obra de creación.

 



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