Juan Mildenberger

 

 

El sonido de un órgano
irrumpe
en la iglesia callada

los vitrales traducen rojiza
la luz oblicua del sol

un gorrión cruza el aire
hasta posarse en el hombro
de un santo de yeso

la vida liviana del gorrión
contrasta
con la figura inerte
como planteando preguntas

o sugiriendo respuestas.

 

 

 


Descubro mi cuerpo
reflejado en un mármol oscuro

el reflejo extiende mi presencia
en el mundo

como la extiende
un pensamiento cualquiera
la pronunciación de una palabra

o el dibujo de mi rostro
en el recuerdo de alguien.

 

 

 

 

Una gota de sangre
cae sobre la carta
a medio escribir

la carta se completa
con el dibujo
de esa gota roja

como si la pequeña mancha
condensara
todas las palabras posibles.


 

 

 

La espesura de la oscuridad
agita
.......los reflejos amarillentos
de un farol ordinario
que casi no ilumina

pero que orienta
a los que el miedo inmoviliza
en medio de la noche.


 

 

La mujer mira una antorcha
dibujando formas en la oscuridad

también ve la noche
recortándose nítida
en los bordes del fuego

el fuego se extingue despacio

la mujer recupera de a poco
lo que la luz le ocultaba.


 

 

Una gota de fuego
atraviesa
la palma de mi mano
izquierda.

Miro por el agujerito
que la gota me dejó
y el olor
a carne quemada no duele
tanto
como ver la gota de fuego
apagarse
en el piso.


 

 

Mi piel
de la espalda te roza suave
las uñas

y abrigado de tranquilidad
duermo
con vos

sabiéndote cerca
cuando estás cuando no estás
debajo de mis párpados
en una palabra tibia ajena o mía

y cuando mi espalda te roza suave
las uñas

cuando duermo solo o con vos

siempre.



...................[ para Amanda ]

 

 

 

 

Colores

Los colores
se escaparon del día
y todo se vive
en blanco y negro, hoy,
en este agujero del mundo.
El aleteo
de una paloma gris
desaparece
en el mismo gris del cielo triste,
y una rosa negra
extraña la intensidad roja
de sus pétalos
que caían sobre el mantel
como lágrimas
de sangre
jóven.

 

 

 

 

Los soles diarios
acompañan
luz y luces
que se extinguen con soberana rapidez.
Las multitudes utilitarias
agrietadas
parecen no ver no querer ver
los soles que bordean
sus cabezas
ni los días que desaparecen
arrastrando tiempo.
Los recuerdos chorrean
pasado
por agujeritos de la memoria
y todo parece triste
hoy,
ahora,
que vivir se convirtió en rutinas
mientras los soles
pasan sobre las multitudes y sus grietas
arrastrando tiempo
y días
que desaparecen
con soberana rapidez.

 

 

 

Miedos de época

Se acostumbra
acumular miedos
de época
hoy
en el borde de los labios.
En estos días marrones
la voz no dice
lo que debería
lo que piensa el que piensa
lo que en la médula
solidifica como el hueso
de tanto callarse.
El miedo suma negrura
en la ropa de la gente
que como tropa obediente
calla
calla
hace como que no ve lo que ve
tan miedoso.
hace como que no escucha lo que escucha
y siempre
calla
calla
como callará en la caja
que al final espera
rigidez
y ya da la bienvenida
a ese silencio
tan miedoso.

 

 

 

 

Viento

El viento arrastra poemas que nadie escribió,
poemas que se meten por las ventanas en la noche,
para posarse en mesitas de luz
de veladores apagados.
Ahí esperan,
testigos de los ruidos y silencios,
hasta que la luz del día aparece
delineando los contornos de las cosas.
Los despertadores retumban,
arruinando bellos sueños,
interrumpiendo pesadillas,
borroneando las palabras de los poemas
que a duras penas se reescriben,
mientras los movimientos habituales,
rutinarios,
inundan de a poco las habitaciones.
Los poemas esperan
ofreciéndose como regalos del viento
que los arrastra
hasta donde ellos quieran llegar.
El viento, cómplice de la poesía,
arrastra poemas siempre
y siempre los desparrama por ahí
en bellísimos papeles que,
desapercibidos para la mayoría,
se pierden.

 


El anciano advierte
un presagio
en la lluvia espesa y negra
 
el presagio 
de lo ya visto
y contenido en sus arrugas
 
advierte también
que los demás
ven
esa misma lluvia
 
liviana y cristalina.
 
 
 


Ahora
que
conozco
el fondo
la altura
no me asusta
 
entonces
puedo subir
 
subo
 
sabiendo 
que 
si 
caigo
será
 
en lugar conocido.









Una rosa roja


Apretar el tallo de una rosa roja
apretarlo fuerte.

Sentir las espinas hundiéndose en la carne,

sentir la presencia del dolor,
la intensidad del dolor,
la pureza del dolor.

Mirar la rosa roja
sintiendo la carne lastimada,
sangrante.

Y seguir apretando,
apretando fuerte el tallo
de la rosa roja.

Y seguir sangrando
ya casi irrespetuosamente.

Y confiar en la belleza 
de la rosa roja.

Confiar lo suficiente
en la belleza de la rosa roja

para seguir apretando fuerte
el tallo y sus espinas
y 
sangrar,
sangrar, sangrar.









Apoyo una taza de té
y el frasco con miel
sobre la mesa de madera dura
 
veo
la llovizna persistente y fría
en la ventana
 
siento el fuego cerca
y el olor
de la leña quemada
 
arranco una página
del libro robado
 
y la conservo protegida
inmaculada
entre todos mis secretos.
 
 




 
 
 
                                                                                                                 

Juan Mildenberger nació en Crespo, Entre Ríos, Argentina, el 2 de diciembre de 1966. Actualmente reside en Rosario, Santa Fe, Argentina. Es licenciado en Bellas Artes y poeta. Puede consultar su obra pictórica en la Galería Zapatos Rojos haciendo clik aquí.

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