María Eugenia López
Basta de contar historias. No, historias no. Final. Hagamos el amor a las palabras. Que se nos escurran por las muelas como caramelitos. Soy Gala. No historias. Tampoco poesía: sólo palabras tocándose y gimiendo y gozando. Transpirando. Respirar palabras, toserlas. Gala, la amante perfecta. Soy una mariposa frágil, hermosa y nadie me toca para no hacerme mal. Yo, la amante más sola del mundo, guardada en una cajita de cristal para que no me rompa. Que no se rompa Galita, cuidado, no la toquen. Y Galita que quiere que la rompan, la desgarren, la violen, la destruyan. Porque es la amante perfecta en la cajita de cristal y llora.
En el fondo de una habitación
decorada sólo con noche
un sillón y un gemido
contra el ventanal
El hombre deja caer la copa, y antes de que toque el piso y se expanda, sale de ella una mujer despedida como líquido de colores. Su vestido y su pelo salpican lentos el recorrido de la caída. Es mi mujer caracol. Hermosa pero final, si siente el roce de una mano nueva se estira como sirena y arquea la espalda. Tibia, su lengua dibuja huellas que tiempo después, cuando te deje, serán ácido. Tus dedos podrían jalarle el pelo y tu boca besar sus labios (todos los labios unen). Pero cuando no pueda contener más el grito, su cuerpo de colores retornará a sus curvas y sus vueltas. Se enroscará en el placer último y te olvidará en un sueño profundo.
A Eri
Mi affair con Jessica Rabbit me enseñó a desear una muerte perfecta. Algún accidente de auto precipitado por la Mulholland Drive y dando de fauces en Sunset Boulevard, mi cara hacia atrás, como quien acaba de tener un orgasmo, la sangre en mi frente, mi nariz y mi boca. Al conocernos me invitó a que metiera la mano en su cuerpo y terminé tocándome mientras ella me mordía los labios. Un taco aguja en la calle y la mano brotando a modo de saludo por la ventanilla. Mi aventura con Jessica Rabbit me dejó frases como remember me para mi muerte and I love you, sweetheart, mientras mirábamos hacia arriba, a los espejos del techo del hotel. Gente llorando mi juventud sin sospechar que se ha cumplido un gran sueño. Ahora Jess y yo no estamos juntas. A decir verdad sólo compartimos la cama una sola vez y me enamoró. Gloriosa muerte, tan admirable. Ella sí que sabe hacer el amor hasta enloquecerte. Pero al despertar sólo tuve su perfume y una tarjeta rosa que decía I’ll see you in your dreams. Que me entierren en algún bosquecito santo.
Ronda de gitanas con flor en la mano. Juegan a rozarse y echarse perfume mientras en la pista el potro salta y trota. Se agarran los colores de los vestidos y bailan con sístole y diástole. Los labios en los oídos hacen ruido de besos ruidosos. Y cuando se derraman brillantina en la cabeza no llegan a evitar las caricias. Al terminar la función, se acuestan agotadas a dormir en la tierra que pisaron. Se mezclan los aros, los pies, los anillos. Las bocas descansan. En noches de luna llena algún gitanito silba. Pero sólo si llueve.
Pequeña queen cibernética con antenitas de pompón turquesa. Cruzás la calle en diagonal pensando en alguna moto negra. Hoy estás bien porque lograste ser otra cosa. Te mirabas en el espejo como a la borra del café y no conseguías encontrarte. Del otro lado del vidrio sólo veías vidrio. Y eras bien señorita. Entonces te maquillaste muy blanca con ojos muy negros y te pusiste una pollerita escocesa y el collar de tu último perro. En el boliche sacaste una caja de crayones y te expulsaron pensando en cigarrillos raros. Vos sólo querías, en un afán histórico, escribir en la pared del baño alguna frase mística como amor y vacas.
Mademoiselle de Sablieu, madama en el cabaret Rambouillet, gorda y medio calva, ya no se preocupaba por el crecimiento de su barba. No era una linda anciana y nunca fue un lindo hombre. Pero decía que descendía de la mismísima Helena de Troya. Y aunque cuando se embriagaba era la hija no reconocida y anacrónica de María Estuardo e Isabel I, sobria se legitimaba repitiendo algo parecido a Gallia est omnis divisa in partes tris. Su apellido verdadero era Lemper y su nombre, por el que la conocían los desconocidos, Eva. Con su lengua materna, el alemán, estaba entronizada en un banco robusto de la barra. Le gustaba tocar a sus chicas, pero todos sabían que era virgen.
Los lunes, miércoles y sábados se reunía con un grupo escogido que la observaba mientras manos extranjeras la bañaban y ella decidía el destino de sus veinte chicas. Los viernes actuaba en el burdel y cualquiera podría haber pensado que cantaba Armstrong. Pero nadie se reía. Y al bajar del escenarito, con dificultad, le decía al primer mozo que se le cruzaba, mientras agarraba algún vaso de alcohol: simulan que les gusta mi canto, pero sólo quieren ver mi corazón roto.
Un día se sintió cansada. Mandó llamar a todas sus chicas, mozos y otras gentes, les tendió su mano desde la cama ruinosa y les dijo: yo me voy, Francia se queda...
Esta historia es sobre un callejón oscuro de chicas licenciosas, de la mala vida, de la noche. Recuerdo haber amado a una de ellas, que mataba el tiempo entre los clientes leyendo cómics. Con el cuerpo de heroína y los tacos embarrados, arrimaba su figura a la mía y apoyando la cabeza en mi hombro me contaba su última aventura. Yo fumaba mirando cómo el humo empañaba su sonrisa, convirtiéndola en una cortesana londinense. Así, me llevaba a ciudades raras, nocturnas, donde el bien y el mal eran colores bien definidos, hasta que otro cliente la devolvía al callejón. Entonces, besaba sus labios pop y la veía alejarse vestida de plenos planos. Un día la encontraron azul, lejos, con el rouge corrido hacia el piso y la vincha en la garganta. Recuerdo que me contaba su sueño de ser villana. En la callejuela inmunda de las mujeres perdidas.
Olor a hombre mezclado con polvos y medias de red. Canta Cher. Se cree Cher. No sabe la letra. Es tan feliz ahí, en su escenario bajo tierra, que no se da cuenta de cómo se está rascando el trasero de red. Disis trong inof. Cuando termina, ve caer sobre sí rosas rojas, al público pararse y aplaudir, y a sus padres mostrando a todos la foto de la niña que se come los mocos, ella, la niña. Su amante la espera en la puerta del baño. Hace mucho que sus lenguas no tocan una mujer. Se lava la cara y las axilas, pero no se decide a salir a la calle. Ahí está, frente al espejo, y no se decide a salir a la calle. Se recorre, se aprueba, se gusta y piensa. En unos años le gustaría quedar embarazada.
A la mujer torero le fluyen las sangres por el codo cada vez que se corre el pelo. El hierro apunta al macho pintado de rojo que huele a la hembra. Su jugo, su extracto de toro, se va mezclando con el polvo hasta formar un animal de arcilla. Ella se muerde el labio y el toro, que es una furia, traga saliva y baila con la capa. Las miradas se hunden en los ojos, se clavan en los nervios. El universo no va más allá de lo que ocupan sus sombras y la tierra que van pisando.
Una vez, cuando tu cuerno rozó su pierna, apoyó su mano en tu cruz. Tu espalda se empinó y fuiste fuego, veloz, peludo. Pero lo mejor es cuando se olfatean, peligrosos, humedeciendo la piel con las narices. De vez en cuando se escucha un murmullo carnicero que trae el aire cuando se mueve. Vos pensás que los demás no entienden. ¿No se dan cuenta de que ustedes estarán juntos hasta que la muerte los separe?
El brazo cae y sostiene la muñeca, que deviene cuervo, deviene cala, deviene angelina jolie. Las manos, las venas, se hinchan cuando cuelgan. El pelo blanco sirve de pantalla de cine y se proyecta en su cara el trasero de alguien que pasa, o que queda. Una vez se masturbó mirando el History Channel. Estaba sentada en ese mismo sillón, con esa misma cara de nena y le florecía el pañuelo del pecho izquierdo. Disfrazada de hombre (el traje grande), no importaba cuánto lo ocultara o que no fuera primavera: le florecía el pañuelo en el bolsillo.
Taruk parada con la boca muy abierta sabe que no debe juntar muñecas del piso. Pero esta no parece tan mala. Semienterrada, la sonrisa plástica de Britney promete no volarla por los aires. Wazirabad, sobre el Balkhab, cerca de Mazâr-e Sharif, al noroeste de Jalalabad y norte de Kandahâr (donde nacen frutas granos seda algodón y lana). Una nena duda entre el viento, se le opacan los ojos en las piedras. Taruk se adelanta y con el pie izquierdo pisa una cabeza feliz.
Los textos pertenecen a Bonkei, libro publicado a fines de 2004 por la Universidad Nacional de La Plata dentro de la colección Chicas de Bolsillo.