Mariano Ducros




Renacimiento


Su sílaba, astra can
justo,
entre el romero,
en el cielo
que abierto se leva
en dactil saliva. Cornadas,
su torsión,
sus pedazitos de confite
y el dedo
núbil,
de bigudíes,
hasta estirar
breves, sus pilines, sus angelus,
sus puttis;
sus asnos
como sacos remojados
en un redondel de cerradas
madonnas:
niñas anunciadas
bajo nubes. Al parpadeo de una sandalia,
una estrella descalza una gota, entre rizos sobre
el tintineo del pozo ( casi lava )
de una oscura claridad
donde llama su Florencia
que en un ramito de azucenas
se suspende. El río de una ceniza
tiembla hasta volverse la guirnalda del campo o quizás algo más leve como la abreviatura de un velo que la risa envuelve en las últimas puntitas de un estuco de avispas.
***


El pandero



Se esfuma la peregrinación

de elefantes que disminuyen
tan alivianados por el humo.
Esfuman sonantes,
resuenan.
El tris de la bengala
serpéa las guirnaldas suyas
que picotean
la miga
y se antojan
(en un querubín de lentitud)
su enjambre de asombro.
Es ese lunar que repasa las caras,
su leva en la oscuridad
de elefantísima
piedra;
y así crepita
con la bengala ardida
al pie de su neblina
por la que el cigarro Club Emperador
pestañea
aquella suavidad del renglón
que sostiene al parpadeo.
Se repuja entonces
otra vez así
la tersura selvática, y el espeso manchón
- en la grama
hasta las huellas gigantes -
trepa al don del marfil en puños hinchados de helechos en un deslizo. Negrura espesa de bruta bruma bramada,
entre centros y bordes
de paneles
desmantelados
para abrir aquí y allá pequeñas quemaduras
sobre el pandero musical
donde el zumbido
se arrima
barrido
hasta el campo lunar del enjambre.
Danza
la hilera
que tan torpe rodea
la trompa
mágica

 

El Señor Whoo

Se encendió un punto naranja en la oscuridad; un punto que aumentaba su luminosidad por momentos. El patio estaba llenos de pesados macetones de yeso. Había muchas plantas: azaleas, jazmines del cielo, crisantemos y un sauce. Pero la noche volvía todo igual. "Permiso me voy a sacar el saco", dijo El. Ella sonrío. Después El, mientras lo doblaba y lo colocaba sobre el respaldo de una silla, comprendió y sonrío también. "Claro sacarse el saco, que tonto no?". La música llegaba desde la sala, suave por momentos, rítmica a veces, marcada por el pulso de los bandoneones que empujaban todos juntos para sacar esa melodía preciosa como un diamante. Los bailarines se enredaban, parecían caer, pero salían y giraban. Los hombres susurraban al oído de las mujeres y las mujeres sonreían. A veces alguien por descuido tropezaba contra el gramófono y la aguja golpeaba el disco. La música por un momento era como la garra de un gato que detenía la cálida hipnosis. Tenía que venir entonces el Sr Whoo - que dejando la copa de champán - se inclinaba sobre la mesita de mármol y con sobriedad oriental arreglaba el contrapeso de brazo de jade que sostenía la aguja. "Chin, chin" decía y sus dedos finos ( tan finos que parecían helados ) se enroscaban sobre el tallo de la copa. "Chin, chin", decían sus invitados. Los hombres se alisaban la solapa del traje y extendiendo la palma de la mano llamaban a las mujeres que con pasos cortitos como gorriones volvían al centro del salón.

Ella tiró la colilla y la aplastó con la punta del zapato. Se quedaron en silencio. Su mirada, fija en la punta dorada de su zapato negro. "Tiene lindos pies pero feos zapatos", pensó El. "Qué zapatos tan lindos. Tan lindos como para hacerme olvidar que tengo unos pies horribles", pensaba Ella en cambio. "Y usted a que se dedica?". "Yo soy empleado de un banco en Montevideo". "Ah, yo soy modista". Desde el salón unos violines escalaban la voz de Olga Guillot. "Quiere que le alcance algo para tomar?". "Sería usted tan amable. Una granadina esta bien." "Yo voy a pedir un gin and tonic", dijo El y entró al salón entrecerrando los ojos.

"Las hojas de bambú deben colocarse después que el arroz esté en su punto justo" decía el Sr.Whoo cuando pasó a su lado. El Sr Whoo había nacido en Pekín. Nadie sabía a qué se dedicaba exactamente. Algunos decían que tenía una cadena casi infinita de tintorerías; otros que estaba haciéndose rico con la comida rápida oriental; inclusive algunos llegaron a decir que el Sr Whoo era un poderoso mago taoísta que podía cambiar de forma y poseía el secreto de la inmortalidad; secreto que ofrecía a una clientela selecta ( petroleros Árabes, tejanos multimillonarios ) por cifras incalculables. Sin embargo el rumor más insistente hablaba de una serie de laboratorios clandestinos instalados en diferentes puntos de la capital, en los cuales se refinaba opio. El plan del Sr Whoo, según estos rumores, era convertir la ciudad en un inmenso mercado de heroína: la sustancia de moda en el jet set internacional. Uno de los que creía y había sostenido públicamente esto era el Comisario General que en ese momento se pasaba los dedos por los espesos bigotes escuchando hablar al Sr Whoo de unas de sus pasiones: la cocina afrodisíaca. El Comisario carraspeó. El Sr Whoo hablaba ahora de una milenaria receta cantonesa. "Sí claro", dijo el Sr. Woo con absoluta naturalidad, "todo el mundo que ha probado el cangrejo con licor de arroz sabe que su efecto es parecido al del hachís". El Comisario General volvió a tusarse su espeso bigote negro. En realidad admiraba al Sr. Whoo y años después anotaría en su diario: "Se trataba de un hombre sofisticado. Con una conducta moral reprochable pero no mala, por lo menos no en el sentido en que comúnmente hablamos nosotros los policías. No se trata de un ladrón, ni de un violador, ni un secuestrador. Es un hombre distinguido: maligno".

Mientras el barman servía las bebidas El se quedó mirando una enorme pecera empotrada en una de las paredes. Enormes peces con aletas rojas y azules volaban envueltos en un aire verde y consistente. Viendo un hermoso pez de largas y ondulantes aletas imaginó un velero que se desplazaba elegantemente bajo el mar. Cerró los ojos. Se distrajo tanto que el barman tuvo que llamar su atención: "Aquí están sus bebidas, caballero". Regresó pidiendo permiso y algunas gotas de granadina cayeron sobre el saco. Ella, distraída, reclinaba la cabeza contra el respaldo de la silla para observar mejor el cielo estrellado. "Aquí esta", dijo El acercándole el vaso. "Gracias. Es usted muy amable". Bebieron en silencio.

"Yo estoy aquí", comenzó a decir El abruptamente, "porque el director del banco quiere convencer a una cliente millonaria de continuar realizando ciertas operaciones ...". Suspiró. "Discúlpeme. Ocurre que me han informado apenas llegué que la Srta. Camila no había podido concurrir y mi futuro en el banco depende de esta confirmación. En fin". Ella se arregló el chal rojo. No parecía escucharlo. "Y usted a qué se dedica?", preguntó El dejando el vaso con gin and tonic en el suelo. "Soy modista. Las hijas del Sr. Whoo son mis principales clientes. Tiene cinco y son todas muy coquetas pero también muy diferentes. Liu Lin es la más pequeña. Tiene 8 años y adora los encajes y volados. Fátima es muy alegre. Es mi preferida. Es hija de un antiguo matrimonio del Sr Whoo. con una actriz mexicana. Le gusta treparse a los árboles, robar naranjas y andar en el pony que su padre le trajo desde Ceilán en barco. Con ella lo mejor son los enteritos y los gorro de piel para salir de cacería. Con las mellizas todo es más fácil. Siempre les gusta disfrazarse de la otra. Para ellas: vestidos de muselina, y muchos collares de coral" pasó el dedo índice por el borde del vaso "Ah, me olvidaba de la mayor. Una malcriada: la Srta. Xiu. No hay nada que le caiga bien. Un verdadero demonio". "Debe ser una modista estupenda para conformar a casi todas" "No soy perfecta pero sí muy buena" dijo Ella sin poder disimular su orgullo "Claro que en la mayoría de los casos la juventud ayuda" agregó y apoyó su pequeño mentón en la palma de su mano derecha pensativamente. "Juventud divino tesoro te vas para no volver" "Le gusta Darío?" "No sé. Lo recitábamos en el colegio". Ella miró su moñito negro alrededor del impecable cuello de la camisa blanca y los dedos de el firmemente entrecruzados. Parte de la luz de la luna brillaba adentro del vaso de gin and tonic que había dejado a un costado, sobre el piso de baldosas. No había nadie más afuera. Un ruido agudo como el de una campanita de cristal sonó en algún lado.

El se arregló el moñito azul del cuello y comenzó tímidamente: "Mi padre antes de vivir en Montevideo estuvo viajando mucho tiempo alrededor del mundo Estuvo en un montón de lugares. Pero uno de los que siempre recordaba era París. Una vez, me contó, conoció una mujer que era modista como usted. El vivía en ese entonces en Montparnasse porque quería ser pintor. Ella trabajaba cerca de su casa. Era una mujer muy hermosa con una larga cabellera negra. Parecía una gitana y algo de gitana debía tener, decía mi padre, porque con solo agitar su pelo los hombres se enamoraban. Tanta adoración le profesaban los hombres que un club fetichista montaba guardia bajo la ventana por la cual ella se asomaba todas las noches y hasta el Rey de los zíngaros, decían, apareció un día con su corte y cantó para ella hasta que la luz del día tapó la de la luna. Pero cuando mi padre la conoció su vida había cambiado. Había tenido dos hijos. Se llamaban Valentín y Miranda. Mi padre iba cada tanto a visitarla y ella siempre estaba allí leyéndoles historias bajo la luz de la vela, o cantándole canciones o jugando a las sombras chinas. Un día la mujer le dijo que temía que a sus hijos les pasara algo cuando ella tenía que salir. Temía, que acostumbrados como estaban a estar siempre a su lado, salieran a la calle a buscarla. Como habían sido fruto de una relación con un trapecista de un circo ruso que pasaba por allí los chicos eran muy ágiles e inquietos y ella tenía miedo que se cayeran en un pozo o desde un árbol o que un tranvía los pisara cuando iban a cruzar la calle. Pero era una buena madre y sabía que los chicos necesitaban jugar. Mi padre trataba de tranquilizarla pero era inútil. Incluso les regaló un hermoso carillón que tenía en la base superior un zorrito de largas orejas, y aunque ellos se pasaban el tiempo sentados escuchando y viendo cómo el viento empujaba las finas cañitas de bambú la preocupación de la mujer aumentaba día a día. Hasta que una noche, al entrar en su cuarto mi, padre vio en la penumbra algo raro pero hermoso - eso dijo mi padre "raro pero hermoso": la mujer se había cortado todo el pelo y lo había trenzado y atado de tal manera que sus hijos pudieran hamacarse con él sin ningún problema. "Así siempre podrán jugar y no se sentirán tan solos como para escaparse y buscarme por ahí". Mi padre me dijo que mucho tiempo después cuando ya vivía en Montevideo recibió una carta donde le contaba que Miranda era un exitosa bailarina y que Valentín trabajaba en un observatorio astronómico. La carta estaba acompañada de una fotografía de ella. Mi padre pensó en ese momento mirando la foto ( y yo lo encontré mucho tiempo después escrito en su diario ) que "su belleza sería para siempre". Después claro, conoció a mi madre. Pero ésa es otra historia". Ella permaneció en silencio, pero cuando giró la cara, el reflejo de la luz que venía desde el salón, descubrió una diminuta gota en la mejilla. "Es una linda historia" dijo mientras sacaba un pañuelito de su cartera. "Vio? Pero por qué llora" dijo El tomándole la mano "Su padre debió haberse quedado con esa mujer" "El amor que tenía ella por sus hijos no dejaba espacio para otra persona. Además" y aquí sonrío apenas "si hubiera sido así yo no podría haberle contado esto". La mujer tomó un poco de granadina y en silencio se arregló el echarpe rojo. El la miró y pensó que los ojos de ella eran más hermosos de lo que había imaginado cuando se asomó al patio y la vio sentada, sola, en una de las sillas, mirando el cielo. Y se olvidó de los problemas del banco y de la Srta. Camilla "Usted ... " empezó Ella. "Esta allí" la voz del Sr. Whoo se superpuso con tanta exactitud que El estuvo a punto de decir "sí" pensando que quizás Ella lo estaba retando a un duelo verbal ingenioso y obvio. "Permiso, ya vuelvo". La siguió con la mirada. Junto al Sr.Whoo un hombre de impecable black tie jugaba con su bastón en el descanso de la puerta del salón. Ella se acercó y comenzaron a hablar. Se reían. El invitado del Sr.Whoo movía las cejas expresivamente cada vez que Ella decía algo, o cuando Ella movía los labios sin importar lo que dijera. El hombre parecía tener esas miradas envolventes que hacen de cada conversación un abrazo, pensó El con envidia. El Sr. Whoo siempre locuaz había preferido mantenerse en silencio, observando complacido a los otros dos. Solo por un instante dirigió su mirada hacia el fondo del patio, y el hombre que sostenía el vaso creyó distinguir - pero estaba muy oscuro, después de todo - un guiño. Visto desde esa distancia, pensó El mientras la bebida se deslizaba como un río garganta abajo, el Sr. Whoo parecía un zorro, un pequeño zorro burlón. Entonces distinguió con celosa claridad como la mano izquierda del invitado se apoyaba distraídamente en el codo de Ella, y todavía permanecía allí unos segundos con la naturalidad de una mariposa.

Después el invitado y el Sr. Whoo entre risas la fueron llevando hacia el salón. Ella dio vuelta la cabeza, apenas un segundo. El silencio volvió a estacionarse definitivamente en el patio. Esperó un rato, tomó el último trago de gin and tonic y poniéndose el saco El también se dirigió hacia allí. La gente adentro seguía bailando. Ahora lo que sonaba en el gramófono era un asordinado charleston lleno de plumas y lentejuelas. El miró la imponente araña de tintineantes caireles. Observó con detención la bocina del gramófono tallada como la cabeza de un dragón con la boca abierta. Escuchó conversaciones sobre piedras preciosas que no conocía, sobre países en los que nunca había estado, pero no pudo encontrar ni a Ella, ni al Otro. Al Sr. Whoo sí lo vió. Charlaba animadamente con una mujer muy vieja que llevaba un estola de visón y un manguito de armiño. Se sintió agotado como un bebedor y entonces decidió beber. Pidió un martini, "bien seco por favor"

"Cómo, si no?" dijo una voz muy cerca de su oído. "Cómo, si no?. No hay otra forma de tomar un martini" "Si usted lo dice" "Estuve aquí y allá y un martini siempre es un martini. En nuestra luna de miel en Honolulu, con mi mujer, que en paz descanse, un hawaiano que atendía el bar del hotel nos explicé el secreto del martini: sed y más sed" El hombre lo miró " Me cree, no?". El paladeó su bebida y observó los ojos enrojecidos que resbalaban buscando un lugar donde descansar. Le dio una palmadita en el dorso de la mano apoyada en la barra - en la cual un enorme dedo índice sostenía un pesado anillo con una piedra roja - y se dirigió con meditada lentitud hacia la salida donde un mucamo de impecable traje blanco abrió con desgano una de las hojas de la enorme puerta de caoba negra.

Bajó la enorme escalinata de mármol y comenzó a caminar por el sendero que atravesaba el parque iluminado de tanto en tanto por antiguos faroles de hierro que esparcían una luz lenta y suave como una lengua amorosa. Silbó para no sentirse triste. El silbido rebotaba en las oscuras masas de árboles que oscilaban con la brisa nocturna. Y bajo el influjo del eco creyó escuchar algo más: un tintineo, como si una lluvia muy fina estuviera cayendo en un lugar muy lejano. Adelante suyo un enorme portón coronado por un arco con un escudo conducía hacia el ondulante camino principal que atravesaba las colinas. Fue recién cuando comenzaba a cruzar el arco que escuchó los pasos. Suaves, amortiguados por las piedritas del sendero, primero; luego cada vez más fuerte, punzantes. Se dio vuelta y reconoció la silueta: era Ella.

Se quedaron así parados el uno frente al otro como si hubieran anulado el tiempo."Por qué?" dijo Ella. El se agachó para recoger el chal que había caído al suelo y se lo extendió: "Porque es tarde, porque hay otro". Ella se río. "Quien?" "Ricardito, Ricardito Achaval?. Usted se equivoca. El es mi primo" El no pudo contener su sorpresa "Entonces usted es Camila Achaval. Por qué no me lo dijo antes?" "Por aburrimiento" "Y por qué lo dice ahora?" "No es obvio?". El chal de ella serpenteó un instante golpeado por la brisa. El se acercó y la besó. Un beso rojo, encendido y breve. "Yo también le mentí" dijo recorriendo con la yema de sus dedos la piel blanca y suave "Sí soy un empleado de banco, sí vivo en Montevideo, pero la historia que le gustó es mentira" "No importa dijo ella. Es linda y es sólo eso". Comenzaron a caminar

Mientras se alejaban un pequeño zorro apareció en el portón. Llevaba en el cuello un collar con una campanita de cristal. Se quedó un rato mirando las dos siluetas que se perdían en la noche. Después, ágilmente, comenzó a correr hacia la casa iluminada del Sr Whoo.

fin

 


Cubrecama de arroz



El rato aéreo 
( su inclinación, su hervor )
la meditación que se le esparce,
el esparcirse que agita, el calco alivianado
por el hilito de su soplo en la lámpara,
en la tenue mejilla del paso del dragón
que empuja el dedal principesco
del celofán.


Tentar de lo tenue tendido del rodete 
hasta cerrar la cortina, 
la suave mano errada
en el cero, celoso
sobre la uña de la bruma
que hacia el esmalte 
en el celeste 
sucede.


Se sumerge,
la cinta, en el borde
y en la chispa, el gong retoca
la nieve en la corteza fría
y el agua, que transporta
el grillo a su tacto
como el pliegue de un papel. 








 La sala de té


Soga sobre la lona molida escurrida,
Tinte que gotea su marca: pez en la hilera,
Tejedor intermitente en los brazos librados
A la intemperie,
Mojada,
Llana,
De su elipsis nupcial adormecida.
Bajo el manto, el dogal,
El saurio repleto de su tirano,
La tinta que se escurre.
Ábrete.
Repliégate.
Destiñe tu grato gramo, tez ligera como un borde que 			
[se esparce, Sobre el redondel. Atar de ese te. Tener del detente En la poltrona de los luminosos, Escandida con tres breteles de insistencia al
[hervor: Burbujas como peces, Como brotes, Como monzones, Bajo la mano Que desmenuza la hebra enrojecida Y se inclina al flojo cordón De su reverencia. Salpica el brocal su dedo de Menta En la Camelia. Gotea su cantabile de samurai ceñido, Al meditar de la etiqueta con que recoge Las hojas. Un movimiento. Cuerpo o cuervo O zorro o mago o deshielo de la fina retícula De la proporción; Descansa, Su destreza inexistente Para preveer nada después del desprendimiento; Se mete, Su vacío de cejas perfectas, Donde la porcelana negra se dobla como goma, Casi humo. Y el zampan rueda bajo el bronceado malayo. Playo. Ni corvo ni curvo su filo. De seda agusanada en anillos Sobre el pecho ardido, tirante, blanco, desnudo Que bracea la bocanada del mosquito infinito, De pulpa batiente. Aparejado, Allá, Acá; Levitante, Larval al pétalo de la herida Que supura el bostezo, Del escribiente sumergido En la bruma helicoidal De la pluma en la pipa de su cuenco, Donde se descifra el motivo de las luciérnagas Y la amplitud oscilante de la luz de la lampara, Que aprieta El cardado scherzo de la lima disuelta En el nudo de la corriente. Flota. Masilla el sudor. Lo absorbe en crecientes chasquidos. Un sorbo? Fresco. Otro? Claro. Su brea oleosa, su rugosidad indolente, Cargando el rulo niquelado De su espaciado ajuar de almizcle. Sobrevuela El haz de alas. Vacilan sus ramos en el transparente visillo. De mariposas, los párpados (En su brevedad la ojos de tigre, Terciada la retumbante sacra) En el bambú del légamo Despatarrado, En esa bondad del tal hojaldre Que pellizca el disparo de tul y serpentina sobre el recodo del río. Rato De los luminosos En el estribillo del celado rubor peregrino, Que el color de la lamina recorre al resbalar en la
[fuente de los pájaros. Bermellón, Contra el ocre izado; Cielo Un suspirar el esmalte para la medusa O desenredar de su tocado que resopla la ingravidez [mecánica En la anchura de los pasillos, Donde se estrían pasos del eco de loza Al orden diminuto de lagos y dragones que se hamacan Un golpe. Nada. Golpe dos. Llovizna. Retardo de una mansedumbre de rellanos, Su periferia, en las facetas del agua, La jarra (su pellejo) Extiende sobre la luz. Y al recodo de la estrella, quien exuda artificios, Sus fuegos relamen la nacarada penumbra, Arriba del telón desportillado Que parpadea el remanso del baile; Su escanciado glasé Del colibrí invisible. Páramo Del pulgar, Su seda En la densidad iluminada del talle En el siempre de la brasa; Opaca Curva del cordón cortado.

Mariano Ducros nació en 1970 y vive en Buenos Aires. Es licenciado en Letras por la UBA.

 

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