Patricia Pacino
DORMIDERAS
Es un sueño cantor, dodecafónico.
En la ópera onírica el sueño se disfraza de río.
Más largo que el Nilo, lo sé,
todo se mide a distancia de miedo.
El río coreaba por el cauce un área de soprano y
amenazaba un final trágico, el río no tenía boca ni tampoco yo
navegaba. El río era un ahogado que se escuchaba
y yo sólo cerraba los ojos, movía los brazos, quería abrazar,
pero no sabía cómo
aplaudir.
No puede tener hojas- el médico le dijo-
no hay método seguro para concebirlas.
Son frágiles e inútiles para tanto esfuerzo.
Usted no está hecha para su apetito,
la celulosa congestiona el acto de alumbrar.-
-Entonces qué comeré, doctor- Hijos, Señora,
sirvase la vida para empacharse con ellos, las hojas
se queman fácilmente, los hijos demoran en volverse
iracundos y despechados.-
La recompensa es igual a la ambición
diplomas y recetas se exhiben
por todo el consultorio.
-Pero yo quiero hojas que tengan ojos doctor,
hojas que me miren sin pedirles nada.-
El tamaño de su angustia, el gramaje de sus ganas.
-No permito que me contradigan. Búsquese un libro
y vea si lo puede abrir.-
-¿Qué hice con el especialista?. Me lo comí-dijo la partera-
usted no escarmienta, Señora, usted pretende
un imposible.-
-¿Parir hojas?-
- No, persuadir a un doctor.-
Sueño por ausencia,
pero el dedo
acusador de los olvidos,
el dedo
en la boca precavido, no ahoga
y expulsa los secretos.
El recuerdo como laser se ilumina
con intención de toque
y el alma mater de la escena
alimenta la locura.
Es hora de la siesta y una dama atesora
rulos de resorte para el salto.
¿Pero quién
deambula rozando como un gato
su mansión de locas con resortes en los pies?.
Toma a sus amigas y anima la velada.
Curiosea un rato sus pertenencias: espejo, rulero,
caja con raja de cuero y una enorme lupa
para verse el alma.
Una mujer se refriega los ojos y está tranquila.
Me habla de una muerte que no es ella me dice, que esa muerte
la enviste por conveniencia de parentesco con el artículo "la".
Macabra teje una mañanita y usa
unos anteojos como caramelos que pacientemente se caen
sobre el piso. Son cinco y forman la palabra sueño, pero después
yo que no me conozco sino sólo por el tacto, los tomo y los lanzo
como dados a otra habitación que encuentro por capricho.
Caramelos dulces de anís se deforman en un licor que bebo
para despertar
y rio.
Patricia Pacino nació en Buenos Aires y estudió Filosofía en la U.B.A. En 1999 publicó Cosecha Reservada por Editorial Nusud.