Reynaldo Jiménez

 

 

Regreso del pródigo

 

 

 

Atravesar las circunstancias del orbe alrededor

en su infinita lumbre encinta, y a cada recodo dar

tres pasos de cangrejo y retraer las pinzas al contacto

del más afilado cardumen del espejo, para entrar

en la parte más quieta del jardín, adonde el día

brilla, ángel de perseguidas cabelleras,

líquen ante la espera de la fértil espesura

o dama nuba con la danza a flor de piel

hasta este solo punto instante irrepetible.

 

No he sido sino hijo, y apenas puente entre abras

asustadas a manera de ínfimos venados

en la sangre, al estar tanto así como en la duda

o su resina de harta

o su ensarte primitivo tambor que devora.

Si calandrias y lechuzas se han volado

del cerco aparente en la perdida calle

adonde sigo de pie cómo se sigue despierto,

como se sigue perdiendo de vista el trueno

vuelto presencia por el eco.

 

Ignoro a qué regreso; sólo ignoro. Salgo

de la entraña del ancestro, de quien llevo rostros

superpuestos y enmascaro

con sus otras faces eclipses desiguales

e imanto la plegaria de un niño al desmadre.

Desplegado cuero de anta envolvente y estrellar,

su noche involucra altísimas copas con la ciega

esfera cuyo poder habla raíces del oír

y escucha en el plexo el ara concéntrica.

 

Atención de la espera, sin más

pregunta que la piel abierta.

 

Otro hambre desolla en las hogueras

familiares, la noche aún prescinde

de su exploradora

mirada, el conteo de las horas acumula

resabios de resaca y tras la lámina

del saqueo lúcido aparece el cuerpo

de los dioses en la diosa.

 

Pero han volado; los puentes han volado.

Del estro las alas y los puentes y las flores.

Montañas y montañas para apenas extraer

la pepita sola de ausencia, diamante

del fruto que aguza el sentido hacia su hueso

hecho de ríos

al concurrir a un abismo.

 

Y este abismo se desprende de los muelles,

con las partículas del diálogo entre

trasfondos que no obedecen,

caras cartas marcadas a su orilla

se desplazan en naves que no ves,

pues el abrazo de amor perdura oculto

más allá y en los amantes,

mariposa de ambos vueltos otros.

 

Madrigueras,

voces en los roces de las luces.

 

El oro de desnudez florece

a la vista y hace agua

a la boca que desea, presa

de esa pregunta primera

del amante del día por fin a solas

con su diamante, su mortal

alegría.

 

 

 

 

 

LO INEXACTO

 

a Carlos Riccardo

 

 

 

¿A qué llaman muerte; a qué risa? Todavía el cosquilleo. Disuelta la espalda, el reojo hacia el aire abismal, la mano menos humana. La portadora era el contacto, que se precia de hacerse una vez y otra inaferrable. ¿A qué llamo? —remito al ojo que esculpe disolvencia. ¿A evidencia rasgada, nunca harta, limítrofe alegría de morder trofeos?

 

 

 

Entre las manos suma el simulacro a manera de instrumento moral, más la turbia luz de una laguna que era el aire. De ese día y éste nada queda: el espacio entre una mano y otra. Entro por los poros y me paro por la boca a sí misma a punto de comerse.

 

 

 

No alcanzaba a soltar la mirada del desierto, o me absorbía, especie de absolución, su tiranía amable lenta. Allí las especies adentraban consecuencias y conciencias de cada color, estratos y digitales del viento devuelto. La fiebre de la pista se deshacía párpado arenisca conteo.

 

 

 

Lo que no vi —a pesar de haber mirado como si olfateara, animal del pensamiento, despeñado hasta la crisis fecundante del aire: saddhus tatuados de ceniza. Lo que vi: ovejas, y las pastoras, huríes de un dios (índigo), totalmente veladas. Remolinos (turquesa) (naranja) sus vestidos en floración. Impalpable la tarde en el polvo flotar.

 

 

 

La mano se retira lúcida fiebre. Hay azules disfrazados, y llanuras en la duna que no veo porque vuela o porque ha volado. Lo que vi: espacios preñados por la oración del rebaño. ¿Qué es desierto? ¿qué altura para soltar peso incluso del consuelo de un pensar inconfeso? ¿Qué es encuentro en áreas del olvido? ¿Ambas orillas de la madre río: ancestros de una ausente?

 

 

 

El arrastre del abismo plano hace temblar al espejismo que si parece lejos ondula tras el parpadeo. Sadhhus desnudos en la ceniza, y la semilla-cuenta del collar para desplegar plegarias. El velo sucesivo de las madres, la tarde tras las letras de un alerta. Dátil el pensamiento que una mano encuentra en las arenas basales. Oro cuya abundancia hace invisible.

 

 

 

Y ya el motor nos arrancaba encenizados, adormidera el mundo. De la aldea sumergida con tres casas y de aquel andar delicadeza de espina. Matas, remolinos de viento. Jeep trasluz de ánima contra el adobe a la cal (añil) (cyan). Unos lotos trazos (mano infantil). Esas caderas danzaban al caminar engarzadas, junto a cabras y ovejas, la veladura urgente del desierto.

 

 

 

Lo que no vi: peregrinos, ni ascetas, ni al santo levitar en su plegaria, ni a la risa ardiente de Kali, ni a la hoja volátil del pensamiento que mantra cada cosa a su semilla para borrarla del estigma. Lo que vi: los ojos más brillantes en basurales como ciudadelas desarmables, donde el aire comparte con los ecos el llamado hueso y más allá.

 

 

 

¿Quién observaría la línea efímera? ¿Qué augura su equilibrio entre plantas luminosas que son puntas para lo desnudo? Nudos cuentas quipus cabellera ensortijada. Los librados (saddhus) al humo vasto del renunciar que los absorbe.

 

 

 

Y la silueta en la niebla de un camello mordiendo la copa de un árbol ralo y solo, estallado hacia el magro numen del origen, dado hacia la misma cara del destino. Rumor la pista, campos de aquella luz (mostaza) en flor, en abandono.

 

 

 

Abría en dolor de la entereza. Comía ella en el cuenco del mendigo, pero soles libraban el reto brillante de un silencio emanando sus ojos, sus ojos que miré. La línea del mundo perseguía su cola, medio animal nocturno en la cóncava voz de los desiertos.

 

 

 

Fue una estadía al borde lo que atinó a borrarnos. Pero el hambre nunca a solas nos dejó; el reclamo del pasado fue insistir en una forma u otra del olvido, del inicio. ¿Qué digo: qué puedo escuchar: aquello que no digo: dices con los ojos los ojos que no vi?

 

 

 

Saliendo del hambre, la dimensión nula, nuda, muda, huída del espacio a su desevidencia. Habría una ceguera rapaz, trocar volúmenes con escenas, pero un relámpago en la colina del índice poseedor del ciego. Al señalar a lo lejos, sería una mano siempre dispuesta, o una voz de arena al oídorado, o el orar la voz oído del otro.

 

 

 

La arena rajasthaní chispeará todavía y nadie habrá llegado a su destino: ¿qué risa? ¿qué muerte? ¿qué suerte de prisa esta prosa porosa en la arena que cuenta todo sobre nada y come arena con los ojos desnudos de los vivos? Al borde de la ruta, el bulto se movía: envuelta momia el soñador ya estaba en otra parte. ¿Adónde los que viajando no consiguen olvidar? Desavenencia. ¿El que no olvida no logra origen? ¿qué olvido? ¿qué oro?

 

 

 

Los turbantes eran máscaras y nos veían pasar, (blancos) móviles a la luz del invierno. Zonas de aves cerca de los charcos. Allí se reflejó un pequeño templo: cuatro pilares, una terraza mínima con sus tres escalones y un techo piedra igual a piedra. Alrededor las briznas devoradas por la rumia.

 

 

 

De los montículos y trechos aparecían risas con ojos. Las brasas de las risas. Las caras vueltas matas. La danza de la hora. La hora de la arena, que vuelve a caer. La caída de la hoja, que renace. Los nacidos siempre a tiempo para el polvo siempre a punto para el viento.

 

 

 

Viento bogante de los ecos. Constelación salida a las entrañas de ceniza. La piel al sol de los danzantes triturados. Mordida-mundo: la boca del hambre, diosa loca del ajuste.

 

 

 

Llaman, las esclavas...

 

 


Reynaldo Jiménez nació en Lima, Perú, en 1959. Vive en Buenos Aires desde 1963. Publicó "Tatuajes" (poesía, 1981), "eléctrico y despojo" (1984), "las miniaturas" (poesía,1987), "El libro de unos sonidos. 14 poetas del Perú" (antología, 1988), "Por los pasillos" (ensayo, 1989), "Ruido incidental/El té" (poesía, 1990), "600 puertas"(poesía, 1993), "La curva del eco" (poesía, 1998). Fue incluido en "Medusario. Muestra de poesía latinoamericana" (selección de José Kozer, Roberto Echavarren & Jacobo Sefamí, México, 1996), y en "Tercio incluido. Las voces porteñas" (reportajes por Edgar O'Hara & Herman Schwarz, Lima, 1999). Es editor de la revista (con Elliff, Carlos Riccardo & Gabriela Giusti) y sello editorial "tsé=tsé".

 

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