Sebastián Bianchi
La novia del futbolista
Cuando la muchacha vampiro vio que el sol asomaba entre las nubes, una infinita tristeza anegó su corazón y de sus ojos cayó una lágrima. El futbolista yacía con el cuerpo desnudo en su regazo; lo acarició lánguida, calladamente y dejó guardado un beso en el labio superior. El joven despertó con la conciencia aún velada por el sueño. Hizo esfuerzos desesperados por levantarse, pero de momento parecía dominar la modorra. Ésta, con imaginarias cuerdas, lo sujetó hasta el mediodía. Es cosa sabida en la naturaleza que al tomar el sol mayor altura, mayor es la temperatura que proyecta con su luz. Los animales, enterados de la situación, aguardaban en sus madrigueras. Las plantas doblaban los tallos para buscar protección. Y las piedras indefensas, ¿a quién esperaban en medio del calor? El futbolista dejó que la tarde se extinguiera y salió con la pelota hacia el campo enemigo. Pasaban a su lado árboles de pasto a gran velocidad. Lo que producía fricción con el viento, sacaba viento a los costados. El césped, así, onduló suavemente. Una torcaza silbó compañera. El cielo se cubrió de blanco. Un sol parecido a una torta y un niño que parece que se lo come. Es dios, está contento e inventa una nube. El viento mostró en harapos lugares del cielo. En su lastimadura titilaron plateadas las estrellas. La luna, trepada al alambrado, no sabía cómo hacer para bajar. Para manifestarse el sentimiento requiere de sus partes. Entraron en uso, fueron abandonadas a la espontaneidad que la vida se cuida de guardar en sus criaturas. La tregua marciana
Ojalá que un día los animalitos dejen de morir y termine su piel para servir de alfombra de los burgueses. Salgo a la calle tapizada de un fulgor imposible. Los marcianos han tomado el palacio municipal. Parte de la gente observa en sus terrazas; el resto será sustento de los pordioseros. Han descendido hacia los despojos del hombre o la mujer. Hace rato que se alimentan de la náusea caída en el piso. Qué infantil emoción la del marcianito que, subido a un trompo, pide que lo hagan girar. Rauda, la gente, y predispuesta con el invasor ensaya todo tipo de ademán con morisqueta. Es general la algarabía que el grupo contagia a otros: la rana, el gusano y el bombero Juan Manuel. El temor produjo un estrago cíclico en la historia. Veremos repetirse el abandono de las fortalezas del que los imperios debieron replegarse y huir. A su paso la publicidad sembró los frutos de su embrujo. El hambre y el resentimiento fueron los carteles de las tolderías para avanzar. De lejos supimos por el polvo que dejaban que era abultado su número. Nuestras chicas buscaron refugio en cada hueco donde el cuerpo cabía sin chistar. El del hombre se adaptaba con el miedo, pero ¿era éste el argumento que usaríamos en el porvenir? Se suben las huestes a caballito de los otros, nosotros nos dispersamos en los flancos de estrategia. En el campo de batalla una espina de los cristianos lanza bengalas por el cielo multicolor. El sueño de Saint-ExupéryEl avión metalizado volaba por la costa boliviana con gasolina a tracción. El piloto mantenía la postura en el volante mientras la máquina perdía altura.
Abajo, los indios querandíes juntaban la limosna para el rey Axteacoalt. Esta era prestada por tres soles invernales para que el rey alimentara a sus hijos en alcohol. Los niños bebían el líquido suero y algunos bostezaban como siempre.
A todo esto, El Principito se hallaba cautivo en el palacio del rey y Saint-Exupéry viajaba para salvarlo. La radio del avión tarareaba el estribillo falaz: "Ahí va, ahí va, la cuerda sin gasolina."
-Yo tenía de esa pócima -pensaba Exupéry-, pero tomé demasiado y ahora mi vida y la del avión hacia la planicie van. ¡Pobre príncipe, pobre hijo cautivo!
Los querandíes jugaban un partido decisivo para la jornada. Deportivo Chiclana enfrentaba a Boca Juniors, último campeón de la Super Copa, fiesta báquica del deporte y de todo.
El equipo argentino, capitaneado por el astro Alberto Márcico, dominaba el campo de juego. Pero su par boliviano no cedía terreno. Faltaban cinco minutos para que finalizara el primer tiempo e iban cero a cero.
De pronto un rayo luminoso brilló sobre la tribuna visitante y el fuego sirvió para que los simpatizantes bosteros asaran su choripán glorioso.
La máquina de Saint-Exupéry era metal fundido en válvulas para la reventa. El Abuelo sabía que esas piezas tenían un valor histórico impresionante. Y era la literatura la que legitimaba ese valor. Las páginas de Saint-Exupéry eran el precio de cada biela, de cada hélice en la tribuna.
El avión fue desmantelado mientras el partido seguía su trama en el azar, azar de los cuerpos en la actitud deportiva.
El relato de la historia no avanzaba, no había anécdota, sólo acumulación de adjetivos. Y los adjetivos -decía Exupéry- son golosina para los niños. Esta gente grande pedía otra cosa, si no eran goles, sería dinero. Entonces el relato fue trueque de las piezas por el personaje cautivo.
-Soltad al Principito -exclamó El Abuelo- y a cambio te daremos, divino Axteacoalt, estas bellezas de museo.
Al ver el rey semejante tesoro empezó a llorar sobre sus ojos. Las lágrimas caían al campo de juego y al instante germinaban plantas carnívoras enanas. Las plantas se alimentaban de insectos autóctonos, como ser: hormiga, sapo, soldadito plástico.
Comenzado el segundo tiempo el marcador seguía inalterable, un cero a cero que pasaba por definitivo. Si no hay goles -pensaba Exupéry- el relato quedará impune, callado en su trama, aburrido. Por eso, para que el relato exista, mi letra invoca a lectores.
Agita la tribuna su moderno banderín: La estrella roja brillaba sobre el Este de la pradera. Había un cielo difícil, trastocado por la lluvia, que amenazaba mojar. El agua del cielo era templada y de sabor marroquí. No había pueblo para esa tormenta. Entonces las nubes aturdieron con su facón de viento. El rayo cristalizó el iris de una vaca, paralizada en su miedo, el mú ni le salió. Movió el tero universal la queja en lengua rea. El perro cualquiera escondió su rabo entre las piernas. Eran piernas ganadas por el susto. Hacían, las piernas del perro roto, gala de temblar sin disimulo. El patrón, el Guido Soto, el candado de la grapa, tendía a la bebida bajo la lluvia. La bicicleta será oxidada. Será lata volada el techo del galpón. Habrá difuntos para los que nadar fue un imposible. ¿A qué bote recurre el peón sin crawl? ¿A quién pregunta por un brazo de técnica adecuada? ¿A la vaca llama salvadora? ¿Al lomo marrón y blanco? ¿Al tronco de la llanura?
Márcico agarró la pelota y la pateó para todos lados. No quiero quedar aferrado a este botín simbólico. La rima ya no habilita, lengua musiquita. Y la lectura a rima no.
El agrónomo BalvorínHace muchos, muchos años, vivió en el pueblo de Mar del Plata un ingeniero agrónomo llamado Balvorín. Ocupaba una cabaña de piedras a doce kilómetros de la capital, junto a sus dos hijas, Yani y Capdevila. Su esposa había muerto durante la última epidemia de fiebre amarilla y Balvorín debió refugiarse en el laboratorio para olvidar.
Yani era una graciosa niña de ocho años. Capdevila, la mayor, se acercaba a los quince y ya en ella se desarrollaban las marcas que el hombre suele atribuir a la belleza.
Producto de un tormento similar el pespir acorrala a su presa, hace la dicha de ésta y asegura a la especie su vigencia en la total redondez del planeta.
Pero en el destino del hombre feliz la piedra de la desgracia se alzaba monolítica frente a él. Si no podía esquivarla, al menos con los escombros construiría una vida nueva. Se recluyó en su laboratorio y halló en el trabajo una pasión semejante a la del amor.
Los girasoles miraron al sol como cada mañana. El más viejo despertó a los otros, pero al ver que Balvorín no estaba, subió corriendo a su habitación. El agrónomo dormido entró al laboratorio arrastrado por el girasol. Sobre la mesa de disección el nuevo injerto empezaba a florecer y las plantas festejaron dando confusos alaridos.
Cuidaron del injerto con las raciones de agua y luz que necesitaba. Los días se sucedieron con pareja indiferencia y al cabo de tres semanas un fruto hizo su aparición. El agrónomo lo arrancó del tallo: era un cítrico azul, que cuando se lo apretaba, salía pepsi. Sirvió en un vaso y convidó a las niñas y a los girasoles.
Pronto en los campos aledaños se difundió el experimento. Era habitual descubrir en los árboles campesinos trepados, que a la sombra de sus ramas, no sabían cómo hacer para bajar.
Atlético para discernir funciones
Fuimos al casamiento de la princesa y el mar. Estaban mis padres y las olas, entera la familia de las olas. Al atardecer sonó la música con triste murmullo. El sol dejó de alumbrar. Y la pequeña luna apareció desganada, tenía las marcas feas de la noche anterior. Las montañas altas y el ruiseñor dijeron cada uno su parte en el paisaje. Pero el ruiseñor se quedó hostil: lloró, maldijo y se durmió en los brazos de Natalia Prado, la condesa.*
La cinta de almacén de Ester era blanca, volcada toda ella hacia su interior. Por fuera lucían los senos un vigor sobre el cual la muchachada aceleraba su camioncito bordó hasta la esquina. Allí vivía el extranjero, flaco, alto, canoso, con pelo largo. Tenía un tatuaje en la espalda de la guerra de Vietnam: una mujer fumaba una pipa, el humo se elevaba blanco y al rato desaparecía, confundiendo su actual apariencia, con la que el aire había tenido siempre. Se sabe, el hombre cuando nace le firma a la muerte un cheque al portador.
*
De modo tal que los dos camiones con letras les alcanzaran para una noche entera de conversación, se habían hecho vestir mantas gruesas anti-bala, mantas anti-cañón y mantas anti-tele y gobierno. Una gran gorda de piel y un simulacro de objeto, pardo, gris, flaco, triste, negro. La laucha, la fantasía de la playa y la encapsulada, junto a los niños cápsula, ocuparon la parte trasera del baldío que quedó tirado después de la oración.