Sor Juana Inés de la Cruz

 

Fragmento de Primero Sueño (1685), poema largo que relata el ascenso frustado del alma hacia el conocimiento, una vez que se halla libre del cuerpo gracias al sueño.
 

Piramidal, funesta, de la tierra
nacida sombra, al cielo encaminaba

de vanos obeliscos punta altiva,

escalar pretendiendo las estrellas (...)

El viento sosegado, el can dormido;   (80)

éste yace, aquél quedo

los átomos no mueve,

con el susurro hacer temiendo leve,

aunque poco, sacrílego ruido,

violador del silencio sosegado. (...)

y los dormidos, siempre mudos, peces,

en los lechos lamosos     (90)

de sus obscuros senos cavernosos,

mudos eran dos veces; (...)

En cuya elevación casi inmensa,

gozosa más suspensa,

suspensa pero ufana, (...)

la vista perspicaz, libre de anteojos   (440)

de sus intelectuales bellos ojos (...)

y a la tiniebla misma, que antes era

tenebroso a la vista impedimento,

de los agravios de la luz apela,

y una vez y otra con la mano cela

de los débiles ojos deslumbrados

a las cosas visibles sus colores

los rayos vacilantes (...)

Llegó, en efecto, el sol cerrando el giro (...)

de orden distributivo, repartiendo   (970)

iba, y restituyendo

 entera a los sentidos exteriores

su operación, quedando a luz más cierta

el mundo iluminado, y yo despierta.

 

ROMANCES

En reconocimiento a las “Plumas de Europa” que alabaron sus Obras
51
(...)
  ¿De qué estatura me hacéis?

¿Qué coloso habéis labrado,

que desconoce la altura

del origina lo bajo?

  No soy yo la que pensáis,

sino es que allá me habéis dado

otro ser en vuestras plumas

y otro aliento en vuestros labios,

  y diversa de mí misma

entre vuestras plumas ando,

no como soy, sino como

quisisteis imaginarlo.

 

2
  Finjamos que soy feliz,

triste pensamiento, un rato;

quizá podréis persuadirme,

aunque yo sé lo contrario:

  que pues en la aprehensión

dicen que estriban los daños,

si os imagináis dichoso

no seréis tan desdichado. (...)

  ¡Qué feliz es la ignorancia

del que, indoctamente sabio,

halla en lo que padece,

en lo que ignora, sagrado!

  ¿Qué loca ambición nos lleva

de nosotros olvidados?

Si es para vivir tan poco,

¿de qué sirve saber tanto?

 

4
(...)

  Él es libre para amarme,

aunque a otra su amor provoque;

¿y no tendré yo la misma

libertad en mis acciones?

  Si él resistirse no puede,

su incendio mi incendio abone.

Violencia que a él lo sujeta

¿qué mucho que a mí me postre?

  ¿No es rigor, no es tiranía,

siendo iguales las pasiones,

no poder él reportarse

y querer que me reporte?

  Quererlo porque él me quiere,

no es justo que amor se nombre;

que no ama quien para amar

el ser amado supone.

 

A la marquesa de Laguna
16


(...)

  Ser mujer, ni estar ausente,

no es de amarte impedimento;   (110)

pues sabes tú, que las almas

distancia ignoran y sexo. (...)

  ¿Puedo yo dejar de amarte,

si tan divina te advierto?

¿Hay causa sin producir?

¿Hay potencia sin objeto?

  Pues siendo tú el más hermoso,

grande, soberano exceso

que ha visto en círculos tantos

el verde torno del tiempo,

  ¿para qué mi amor te vio?

¿Por qué mi fe te encarezco,

cuando es cada prenda tuya

firma de mi cautiverio? (...)

  entre tanto el cuidado,

en contemplarte suspenso,

que vivo segura, sólo

en fe de que por ti muero.

 

REDONDILLAS
84


  Este amoroso tormento

que en mi corazón se ve,

sé que lo siento, y no sé

la causa porque lo siento. (...)

  Siento mal del mismo bien

con receloso temor,

y me obliga el mismo amor

tal vez a mostrar desdén.

  Ya sufrida, ya irritada,

con contrarias penas lucho:

que por él sufriré mucho,

y con él sufriré nada.

  No sé en qué lógica cabe

el que tal cuestión se pruebe:

que por él lo grave es leve,

y con él lo leve es grave. (...)

  Si acaso me contradigo

en este confuso error,   (110)

aquél que tuviere amor

entenderá lo que digo.

 

Sátira Filosófica
92


  Hombres necios que acusáis

 a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis:

 si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal? (...)

  ¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada,

o el que ruega de caído?

  Pues ¿para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis. (...)

  Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.


SONETOS

165


  Detente, sombra de mi bien esquivo,

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

  Si al imán de tus gracias, atractivo,

sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero

si has de burlarme luego fugitivo?

  Mas blasonar no puedes, satisfecho,

de que triunfa de mí tu tiranía:

que aunque dejas burlado el lazo estrecho

  que tu forma fantástica ceñía,

poco importa burlar brazos y pecho

si te labra prisión mi fantasía.


 

 Fuente: Sor Juana Inés de la Cruz. Lírica, Barcelona, Bruguera, 1983.


Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana nació el 12 de noviembre de 1651 en San Miguel de Nepantla, México, aunque un acta baustimal declara su nacimiento en 1648. Hija de madre soltera y padre incierto, sus primeros años son confusos, pero si seguimos la biografía que ella misma traza en La respuesta a Sor Filotea nos enteramos de que, sin tener tres años, engañó a la maestra de su hermana para que le enseñara a leer y a los seis o siete, cuando supo que en México había universidad y escuelas donde se enseñaban las ciencias, le insistió a su madre para que “mudándola de traje” (la educación superior era sólo para varones) la enviara a la capital para estudiar. Esto no fue posible, pero Juana se las arregló para estudiar por su cuenta agotando los libros de la biblioteca de su abuelo. Trasladada a México, vive su momento cortesano bajo el amparo de los virreyes de Nueva España, los Marqueses de Mancera. Antes de cumplir los 21 años, el 24 de febrero de 1669 toma los hábitos en el convento de San Jerónimo. Desde la relativa tranquilidad del claustro produce su obra. Pronto se hace famosa por su erudición y sus versos. Recibe en el locutorio a los nuevos virreyes, los Marqueses de la Laguna, a religiosos y escritores (como Sigüenza y Góngora) que vienen a discurrir sobre temas filosóficos o simplemente a escuchar sus versos. Su Carta Atenagórica, una disertación teológica sobre las “finezas de Cristo” produce gran revuelo entre las autoridades de la iglesia. Sor Juana se ve obligada a defenderse con la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691), pero ya no dejará de ser perseguida. El 5 de marzo de 1694 firma una declaración, “rubricada con su sangre” por la que abandona los estudios humanos para “proseguir, desembarazada de este afecto, en el camino de la perfección” (sic). Por esos días, se deshace de su biblioteca, sus instrumentos de música y de ciencia. Un año después, el 17 de abril de 1695, muere en el convento víctima de una epidemia. Tenía 46 años.
La selección de poemas que sigue tiene como eje la pasión, que se desdobla en dos caras: la intelectual y la erótica, ambas impropias para el género femenino en la sociedad de esa época, pues la pasión intelectual le estaba vedada a la mujer en general y la erótica, no podía interpretada por una monja.

 

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