Susana Cella
Aurora argentina Polvareda del suelo se levanta en una plana tierra de irreconocible aridez, se calienta sepia y hace, al mismo tiempo remolino y pared en alud, viento y piedra a velocidades gradualmente mayores suben a cierta altura y tocados por los haces perpendiculares del violento disco candente en la mitad del cielo visible, mandan en cadena y remolinos corpúsculos de luz pedrgosa y ensuciada viento ahogador, atmósfera venenosa, a toda la ranchada del norte, del este, del oeste y del sur sur. Los tres opacos ojos No se pasa la suciedad en esta parte Y aunque fuera alzándose hacia la sierra de nuevo caería, vertical, hasta el lecho del río marrón o de qué color de río si un musgo tierra y polvo de hierro, óxido y cemento en solución y continuidad amontonan menos costas que entredós Hasta que un día de ésos subió la marea y bajó hasta la torre dejando arriba la torre o abajo la arena y los crustáceos de fierros retorcidos entre la torre y las piedras pocas de la costa de cemento un escalón bastante y los altos domingos de los niños por diez guitas, un aire y toda el agua bajo la escalera del balneario abierto la marea media y la torre faro no una meta no una torre ni el centro imán de las chapas oxidadas la gran torre, corrida a tomarse toda el agua, el torreón mirarse un tipo de horizonte paralelo a la larga costanera y los huecos del parapeto a triángulos de agua nos convidan a hundirnos bien abajo con los fierros, los naufragios, el barro licuado en sangre espesa y vieja con aceite, latas sucias, llantas partículas gigantescas sin despertar movimientos imprevistos rotaciones, fugas a un punto, nada agua el barro inmóvil al lado de la torre, y los muelles las piedras de goma el moho las anclas engrampadas torre seca, pescados ciegos, manos muertas y montañas diluidas de materia in y orgánica sufriendo las metamorfosis del barro otra química no descarta un pie blando se ha metido para su mal a cuatro centímetros de olitas viscosas que van empujando la arenisca negra la panza hinchada de un bagre tres ojos, cuatro aletas y dos caudales establecidos en ese mismo cuerpo como las tiras clavadas en los asadores corroídos del fondo o bien el esqueleto muerto de un ave, de una nave que no siente, ni ve, el hundimiento, que no sabe que no anda clavada sin bodega ni insignia por donde el bagre pudiera haber pasado de saber que nadaba en el lodazal de hierro o de ver, con sus tres opacos ojos todo el oscuro cerca de la torre, detalle verdoso de la pared musgo si tomara del agua una muestra para darle a los ríos muertos la marea necesaria y empujar, no la torre, o la toma, o la muerte, sino la infinita basura que a mar abierto se salara, a darle, si pudiera, a la materia orgánica una vida sin basura ni fierro clavado y la otra un brillo de piedra solar de arrecife imaginado, vaga forma según la anchura que dejara menos el escalón cementado que la humedad de la pampa recibiendo, bajo el agua, alga verdosa corrientes frescas hasta el alto borde de cemento por cuyos agujeros regulares triangulares los niños observaran mucho rato los golpes secos del agua marrón contra el muro, y la torre, allá lejos.
Poemas varios Como a una plaza cuyo árbol no era Como a una plaza cuyo árbol no era el palo borracho en flor amarilla a la plaza que no era donde la rata más chica te come la cabeza, fuimos por el camino ladeado hasta el galpón de madera corroído con plantas carnívoras sobrevivientes ratas viajeras o invisibles en fierros oxidados, fuimos mirando a ver qué había a una tumba escondida íbamos al ahogo del final, la foto de carnet y los mil quintales de ladrillos rojos quitados a mazazos certeros una mañana para hacer, dura y gris, de cemento puro y palo borracho solitario, gris, y de flores amarillas la flamante calidad del páramo en el mismo tuétano de las adolescencias recientemente brotadas al sol humoso del gran campo verde por el que marchamos otro día, madrugada, a ver el negro invierno de nuestro descontento fuga, maligno engaño, quimera y muerte hueca. O sea, rata que te come la cabeza, pichoncito en la mazmorra sombra por laberinto y rejas dulce amor descuidado, omiso lejos de mis sombras aterradas con las orejas sordas a la voz y mi nombre o mi letra conocida, endulzándote, por una poca vez, la boca muda bajo qué peso de cemento, calviva, fierros retorcidos, borracho, palo, aullando a tu corazón que de una vez te dejara tranquilo. (de Tirante) El clavel roza La madera del estante vencido el clavel roza. Si no siente fatiga apoyados sus pétalos descansan, si no duda. De vigilia apoyado en el resplandor ocre. Y la luz. El brillo inmanente encierra sin colores de caoba, abriga con telas impasibles el volumen decantado del animal fijo. El vacío no ha sonado pero espera su morada en ese antro. O cenizas extensas en una pampa húmeda. en que la noche, lluvia, o cielo inconstelado no muden la madera lustrosa, el clavel, la cruz de plata y otras ásperas flores. (de Tirante) Trampas Las líneas de trampas de los bosques son para que los animales de fina piel queden enganchados. Las pieles de finos animales son para secarse Bajo el calor avaro del sol boreal. Las trampas son para que las limpien y aceiten y de nuevo las coloquen sin sangre ni mechones de fina piel de animal fino. Una trampa no es un juego por lo que los tramperos después de extender las líneas juegan a las cartas o apuestan quién le da al pavo y se gana una o dos pieles algo de plata o una trampa todavía sin usar. El juego no es el filo que corta el paso al gamo ni la única cosa que puede pasar es que caiga el animal de final piel. Puede ser que nadie le dé al pavo el tiro del final, puede que nadie se lleve el pozo austero del pavo o de las cartas. Puede que empaten el juego y si triunfa el más tramposo no habrá sino compartido con los otros el error Pero si gana el mejor, no pierde así ninguno y el juego conquista en fina piel, la perfección. (de Tirante) Tirria a R.B. Con todo a la rasa cotidiana un instante mejor que sentir la fuerza empujadora en el dos cuerpo doblado reducir unos millones de palabras sostener un dolor sin atributos encofrados de bajorrelieves muertos cizaña pero más trigo una ropa negra pegada a la piel otra lengua acrecentada todas las cosas vertidas a un embudo dilatado crecida de luceros vertiente de los descalzos del otro lado de la pared donde el agua no baja porque se fija en el turbión. Ligero, como un sacudón de escamas, mojado, zambullida inesperada en el momento congelado de la oscuridad del líquido. (de Río de la Plata) Uva En enero la parra sabe, verde, cuánto cada hoja entera es una demostración de la aburrida perpetuidad del fracto. Las dobladas, carcomidas, piden otra ilustración ausentes en sus nervios los hilos verdes matizados de mojada savia sobre un lino amarillo con racimos violeta Las hojas lisas y las quebradas el vinoso grano y más semilla que pulpa quedaron sin bordadura ni seña en aquella otra parra, espesura de sarmientos por donde, mordisqueando, solían caminar las ratas. (de Tirante) Canción, hendija y madera Muelle el medio día cien las tablas de centímetros serradas sin aristas vivas siguen no era todavía, no estaba, vendría qué pasado inexistente obligaba a caminar las lustradas por los pasos cachacientos carreritas peligrosas, al lado, al caer contra los pedazos toscos de tierra mojada, piedras lisas apiñando los pilotes como vigas verticales o andamio reforzado soportando las maderas perpendiculares allanadas, los caminantes vacuos, las mujeres aburridas y los inertes pescadores colgados de las cañas apoyadas en los tirsos apaisados bordas del mismo muelle como puente hasta la casa alta y a dos aguas de altura blanca y más lejos, esperando. Entre las maderas, los pilotes, las barandas y la casa el río avisaba no por las olitas contra las barras, por las líneas anzuelos de los inertes, por la estrechada senda ni por la borda movible sino a causa primera de las hendijas entre una y otra tabla en el momento en que violentamente el ángulo de los ojos se mudaba de la raya horizontal distante noventa grados sin intermedio a la caída a pico hacia el agua inestable, enervada revolviéndose por franjas secas entre las hendijas del importuno muelle medio día mes de verano y otoño. año de malconciencia pecadora espiando como se diera, las hendijas. (de Río de la Plata) Era un aura suave Es un aura suave la que te voy dando hecha, con intenciones de chico, con mis propias manos. La canción y la lluvia se esparcieron por igual en toda la calle desde la Plaza Irlanda hasta el corralón, y yo no sabía que vos pudieras haber oído mi canción de los bailes en los patios, ni vos sabrías que yo iba a dedicarte, a tu mirada de pestañas tupidas, a las luces mojadas de tus ojos, a tu imagen fija en una puerta vieja, a tu imborrable voz y a tu sangre derramada, una letrilla silenciosa que será nomás como el suspiro soltándose después del estremecimiento mayor, del final de las lágrimas gordas. (de Tirante) Los tres opacos ojos No se pasa la suciedad en esta parte Y aunque fuera alzándose hacia la sierra de nuevo caería, vertical, hasta el lecho del río marrón o de qué color de río si un musgo tierra y polvo de hierro, óxido y cemento en solución y continuidad amontonan menos costas que entredós Hasta que un día de ésos subió la marea y bajó hasta la torre dejando arriba la torre o abajo la arena y los crustáceos de fierros retorcidos entre la torre y las piedras pocas de la costa de cemento un escalón bastante y los altos domingos de los niños por diez guitas, un aire y toda el agua bajo la escalera del balneario abierto la marea media y la torre faro no una meta no una torre ni el centro imán de las chapas oxidadas la gran torre, corrida a tomarse toda el agua, el torreón mirarse un tipo de horizonte paralelo a la larga costanera y los huecos del parapeto a triángulos de agua nos convidan a hundirnos bien abajo con los fierros, los naufragios, el barro licuado en sangre espesa y vieja con aceite, latas sucias, llantas partículas gigantescas sin despertar movimientos imprevistos rotaciones, fugas a un punto, nada agua el barro inmóvil al lado de la torre, y los muelles las piedras de goma el moho las anclas engrampadas torre seca, pescados ciegos, manos muertas y montañas diluidas de materia in y orgánica sufriendo las metamorfosis del barro otra química no descarta un pie blando se ha metido para su mal a cuatro centímetros de olitas viscosas que van empujando la arenisca negra la panza hinchada de un bagre tres ojos, cuatro aletas y dos caudales establecidos en ese mismo cuerpo como las tiras clavadas en los asadores corroídos del fondo o bien el esqueleto muerto de un ave, de una nave que no siente, ni ve, el hundimiento, que no sabe que no anda clavada sin bodega ni insignia por donde el bagre pudiera haber pasado de saber que nadaba en el lodazal de hierro o de ver, con sus tres opacos ojos todo el oscuro cerca de la torre, detalle verdoso de la pared musgo si tomara del agua una muestra para darle a los ríos muertos la marea necesaria y empujar, no la torre, o la toma, o la muerte, sino la infinita basura que a mar abierto se salara, a darle, si pudiera, a la materia orgánica una vida sin basura ni fierro clavado y la otra un brillo de piedra solar de arrecife imaginado, vaga forma según la anchura que dejara menos el escalón cementado que la humedad de la pampa recibiendo, bajo el agua, alga verdosa corrientes frescas hasta el alto borde de cemento por cuyos agujeros regulares triangulares los niños observaran mucho rato los golpes secos del agua marrón contra el muro, y la torre, allá lejos. (de Río de la Plata) El miedo y la duda To C..D. in earnest Temo que hay en el mundo almas con callos y brutales que indectibles manifiestan su incurable mal. Fuera o no un aserto y más un increíble es seguro que gente de este tipo cercanamente seguida en igual espacio de tiempo y en las mismas circunstancias no darían por un solo y pasajero de sus actos cometidos el mínimo indicio de mejor naturaleza para ver los ojos marchitados y los crédulos ojos o siquiera la inmundicia alojada por debajo de los endurecidos callos. (de Tirante) Dulces cabelleras desordenadas Ciegos o semiciegos los ojos, desdoblados los cartílagos, abiertos los vasos, ondeando sobre sueños las cabezas abombadas una urna funeraria fue alguna vez un tacho y otras nada Cuál fue el toque, cómo el abismo que se dibujaba al mismísimo tiempo de la caída, cuál fue el color del río entonces ni caballos o leones, ni algas arcillas cascotes el tamaño no fue de esperanza, de río y río fue de los sargentos más arriba sembrando por allí, bajo la cruz del sur en el maldito río, nudosas venas carne punzada codos y manos y brazos y espaldas dentellados pechos dulces cabelleras desordenadas. (de Río de la Plata) Epíteto costo político olor a muerto en dos salas hendidas la inmedible fosa. (de Tirante) Tánto depende de un par de ventanas cuadradas iguales paralelas celestosas grises con persianas de madera recién pintada en esmalte satinado sin cortinas y abiertas hasta la mitad por donde entraba la luz celestial a dar el blanco soleado de la gloria en la pared de yeso lijado (de Tirante) Rosalila Si comienza en el borde más lejano del rectángulo inseparable, la calle ya no angosta perpendicular choca con la espalda del agua. Se entrometen los edificios de ladrillos similares, las torres de vidrio, las nuevas dimensiones, ajenas más acá, del revés. En la avenida alzada por el obelisco blanco las rosadas y azullila flores de la diagonal ingrávidas en su manso estar componen un escaso momento feliz refrenando la gravosa ruta a cualquier covacha sucia. Feliz y momento escaso para otra vez recordar lo separado la espalda abundante atrás de todas las piedras, asfaltos, vidrios monumentos a lo que se dé. La ocultada savia de los capullos rosa lila azul celeste, confidenciales al viento, vanamente tientan del agua más que los desbordes retroactivos por las bocas de tormenta en algún incontable revuelto. . Si ella, la avenida ya no angosta, terminara en la cuantiosa masa mojada otro sería el camino y el lazo y hasta los miserables sucuchos frescas estancias serían no minutos congelados no innumerable tiempo perdido no sórdidas riñas cobardes en tanto las azules, rosas, lilas, celestes flores ligeras seguirían como siguen bajando de golpe al suelo inmperturbable de las grandes avenidas paralelas diagonales. (de Río de la Plata)