Valeria Andersen
LA COCINA
Van llegando; tíos con sus esposas, primas con sus novios, abuelas con sus dolencias, padres, madres, niños; todos a la mesa. Sentados, charlan, comen, a la vez y al unísono, sonríen, se ríen; nada los desvela, están en familia.
Desfilan las horas, el pan, la sal -que ¿por dios? no debe caerse-. Desfilan las noticias de la semana, el horóscopo, los pobresdelmundo, el clima, la política, la ingenuidad; con suerte, la osadía. Los cubiertos aplauden alguna que otra historia interesante, no importa que haya de cierto en ellas.
Se hará imprescindible, llegado el momento y bajo cierta luz, desconfiar de algún comentario superficial y dar comienzo a la discusión. Será preciso mezclar, repartir, doblar la apuesta, si es necesario, y evitar el empate para estirarla unos minutos más y, finalmente, pasar a otro tema, si es necesario, para no tomarse las cosas demasiado en serio, a pecho o a la tremenda. Algo deberá decirse de la comida, de la bebida. Alguien deberá rememorar historias, mejor si jocosas -para derramar el vino y bendecir a los presentes-, mejor si siniestras -para el desvelo de los niños, también presentes.
Así los sonidos se superponen -telón de fondo- y, en medio, su forma que se destaca, rígida, impermeable, alejada de mí, también, de todos. Da un bocado y suspende el tenedor; lo hamaca, erguido, apuntando hacia el techo, mientras mira -punto fijo- a través, por, entre, quizás tras la pared. Parece no querer parpadear o no poder hacerlo. Un trozo de carne puede durarle minutos, varios minutos. Debe morderlo, hasta desmenuzarlo, liquidarlo. Come, pero no parece tener relevancia tal hecho, hecho estéril, tan formal, hecho humano, puro instinto.
Las voces se esconden entre los paréntesis, las palabras ya no significan -rumores vagos de personas que ya no significan-. Me abandono, indefensa, al hilo de su mirada, y era sólo la pared, pero no solamente... un cruce... miradas que se rozan... dos rostros que van al encuentro, sin dudarlo, como dos autos de frente... un ombligo -alguien había, finalmente, descubierto su ombligo-... también el lunar azul, azar o herencia... dos manos que se despiden...
Algo, sé de un golpe, quiebra y la imagen se sacude, se borra, se aleja, extingue. Alguien debió reírse por demás o por compromiso, quizá algún cubierto aplauda el regreso o bien alguien habrá dado por terminada la discusión.
***
Nada, lo que se dice, nada
Corrió, más fuerte, lo más rápido... ya no tanto, ahora menos, ahora nada... ahora, hacia atrás.
No fue suficiente, había perdido el último tren. No fue suficiente cuando comenzaron a caer las últimas gotas.
Caminó con ritmo fijo, casi balanceándose sobre sí, en el mismo lugar (tampoco sabemos dónde). Caminó, todavía agitado por la espera.
Se abandonó a la calle que se dibujaba bajo los zapatos correctamente atados. Caminaba, mientras miraba sus zapatos, contando los pasos, undosundosundos... no eran sus pasos, eran solo pasos; aislados, mecánicos, como los pasos de un pato. Aislados y mecánicos pasos de un pato.
Su cuerpo se estiraba, como bostezando y sus zapatos más y más lejos. Su cuerpo como un arco, como el tiempo de una espera; sabe que va a venir, igual se toma el tiempo de esperarlo; sabe que no va a venir, igual la espera.
Las últimas gotas daban un marco perfecto a la escena vacía, a la calle vacía. Extrañó cualquier espacio más tibio que esa incertidumbre quejosa. Extrañó -si extrañar es la palabra- el sillón -en un tiempo de cuero- y extrañó -sí, es la palabra- unas gotas de limón (extraño) con leche fría, si es que todavía quedaba leche en estado (la heladera no había estado) presentable, y últimamente no podía confiar (en su heladera).
Alguno pudo aparecer detrás del semáforo verde y agua, algún vago pudo dejar de dormir su sueño; un gitano pudo adivinar su suerte (la del gitano). Alguien que le pidiera un cigarro, la hora, su dinero; alguna que se ofreciera... es que la lluvia... ¿dónde van cuándo llueve?...
Valeria Andersen
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Creación imaginaria de un universo
Siendo las tres de la tarde de un jueves (no santo), amenazaba con no llover.
Tomó un sorbo de té (que ya llegaba a su fin) hasta verse reflejado en el fondo de la taza. En realidad, no era taza, sino cacharro de metal, de esos que se llevan de campamento. El fondo, del cacharro entonces, le devolvió una mirada extraviada y una pregunta: ¿Quién mira a quién?. Ahora ese fondo arrancaba la imagen de una mole. Una mole construida a sus espaldas: Obras Sanitarias ocupaba la ventana dejando un breve espacio al cielo que amenazaba con no llover.
Y una imagen atrae a la otra … Y así un fulano lo saludaba desde una de las ventanitas del "edificio de los detalles". Se estaba despidiendo para después vaciarse en el abismo, lanzándose hacia el césped mal cortado. Y en la caída, palomas y ladrillos lo saludaban (al que caía).
Pero el verde no dejó sus huellas y en un instante (el que caía) se desvaneció para renacer asomado al vidrio. Al vidrio de la ventana del que miraba (no del que caía, que a esa altura ya no caía). A la ventana del que miraba en el fondo del cacharro-no-taza. A la ventana del que miraba y al que miraban (como a esas cosas que nunca se alcanzan). Y mientras (el que ya no caía) lo miraba, sintió un sabor frío/amargo (el que miraba). Quizá por el limón del té. Quizá por el metal rozando los labios. Quizá por el terror a su teatro privado. Terror a sacar sus ojos del cacharro, darse vuelta y aceptar que todo había sido una mentira (o no).
Y terminó, ahora sí, el último fragmento de su té que para entonces ya helaba.
***
Anónima
Decidió hacer, por fin, uso de su deshidratada memoria.
Contó sus amores; uno, dos, tres. Los reales, los imaginados, los fogosos y los forzados. Los carnales; es decir, todos los anteriores. Es decir, todos los amores. Pensó hacer una lista de nombres, pero se haría muy penoso. Pensó escribirles, pero temió que estuvieran todos muertos (aunque el pelo y las uñas sigan creciendo).
Así, entre nombres muertos y confidencias, leyó tiempos de grillos, de naranjas y de alas. Y entre confidencias, también leyó minutos tan densos como gotas que pierden de una canilla que pierde. Y descubrió, sin sorpresa, que de esos minutos estaba compuesto casi todo el tiempo. Casi.
Y en el camino revisaba libros viejos. Libros de hojas secas y cartas de amor sin una sola palabra de amor. Sin una sola palabra... Y entre los libros, diarios íntimos desangraban tragedias adolescentes. Uno, dos, tres; los minutos se perdían entre hojas secas donde un universo destilaba sonidos que apenas se dejaban adivinar. Entonces escuchaba aquí, una estación de tren, y allá, una plaza envuelta en niños. Y más acá, ruidos de cartas que se pierden en el viaje, aunque hallan llegado a destino.