Walter Cassara
La piedad oscura Toda la noche, tus ojos abiertos son dos antorchas severas que guardan mi morir. Antorchas, segures. Tu dolor no perdona y se hace uno con mi cuerpo. Puedo sentirlo, palparlo en mis entrañas. Vengo de tu dolor y hacia él me vuelvo, cada vez más liviano, cada vez más niño. La fuerza del idiota El idiota cáustico, el idiota divino, el idiota sentimental, el que parece un niño, el que es un pájaro, el que no lleva máscara, el idiota en la cima, el de los ínferos y el de la familia, el idiota literario y el idiota que come libros. Todos embarcados mansamente hacia un mismo naufragio. La máquina de trinar Conozco esa música, su tela de araña ensayada mil veces y vuelta a desmantelar. La vida: en su estado de boceto, su armónica falta de construcción. Raro, como canta un pájaro entre los dientes del gato. Hotel Calibán En el cuarto no hay nada, salvo una cama ligeramente en declive, un interruptor de luz que rara vez funciona, mesa, papeles, libros desparramados por el piso. Aquí estamos, desde siempre, el niño que fui y el que soy, y el rezo, algo roedor, de un grillo encerrado en el ropero. Autorretrato fracturado Cómo, a qué velocidad de témpano, todos los huesos vuelven a soldarse, las heridas cicatrizan, la mirada se rehabilita, la conciencia resurge incólume entre los tabiques, mientras el alma sigue allá, sorprendida en vuelo rasante sobre el asfalto. Crítica Hablamos de un poema mudo, unos trazos ígneos que nos separan de las cosas; de ese malevolente "nada que decir" visto a través de un corte clínico, oblicuo. En el punto más bajo, en el punto sin perspectiva, la voz cayendo como un gesto fuera del cuerpo.
El paseo del ciclista "Alone in flesh, himself no friend." Auden I. ¿Cómo agotar esa ilusión que es el cuerpo, sino encarnándola? Estar a un mismo nivel que la energía que se desprende del cuerpo, totalmente conectado con sus fluidos sus latidos... ¿ Hay algo más hermoso y cruel que esto?. Bajo por la ribera, como un topo horadando, hasta donde termina el arroyo; delicia del sillín y de la posición oblicua que corta al bies un viento helado. Nada podría detenerme. ¿Fingir que no lo sé?. Ya es tarde, estoy en mi emboscada, el deseo como una piedra atada al cuello me arrastró a este lugar y harían falta varias vidas para saber qué significa ese jeroglífico espejado en la carne. Todo lo que percibimos son incrustaciones, como ripios en el camino que sacuden nuestro sopor, pero no alcanzan a despertarnos. Cuatro calles, las mismas que hace veinte años conspiran bajo el óxido y la mansedumbre, manteniendo en vilo nuestra imaginación para un viaje que nunca emprenderemos por falta de entusiasmo y de valor o porque ya estamos parados en el nervio de la tragedia, a unos pocos metros de donde soñábamos llegar. Un modo de rodar que es no moverse del sitio, como en la fábula de los eleáticos, y sin embargo estar exhaustos, sedientos, vencidos por el destello perezoso de los cuerpos, exhalando una curiosidad por la vida que en nada se parece a eso: rótula plexo ligamentos y toda una averiada liturgia familiar donde la rabia mordisquea las dádivas de algo más hermoso. Doblar siempre a la derecha con las manos escarchadas sobre el manubrio y un miedo a no sé qué atravesado en el esternón, algo como una voz hablándote al oído en una clave que conocés demasiado. Una palabra más y esta ligera aleación de grafito se volatiliza. No hay ni un piel roja, pero al movernos sentimos que podrían estar allí, asediándonos tras los arbustos, con la promesa de un enfrentamiento un zumbido en la ataraxia. Aquello que en vos todavía respira, avanza y retrocede, agitación sorda y mecánica de la mente como afrontar un paseo de media tarde y pedalear, pedalear hasta el colapso impulsado en la incongruencia de las olas el vaivén de los pies distrayéndote del cielo enrojecido sobre tus párpados, rodeado de lo que alguna vez fue mar y ahora es un terreno cruzado de toscas y alambres en cuya luz a punto de extinguirse nos zambullimos rodando, tropezando como una piedra en un desfiladero. Traté de imaginarme el desenlace perfecto, sin redención ni llamas cobaya alucinada trepidando en la rueda de los ciclos; me dolían las rodillas, chillaba en un tono alegre y neutral. II. La calma de un atardecer en que me siento al borde de la ruta una calma donde otros hubieran encontrado la locura de cara al sol ondas borrosas saqueo que no alcanza por arrabales, barrios donde ya no te encuentro quiero decir demasiado la voz es un adulto pero dejemos hablar al niño que no sabe decir más que mentiras cosas poco
elaboradas donde otros la verdad pasa temblando apenas recorro el camino de un muerto que viene a mí enseñándome la felicidad de la que
apenas soy una vieja escuela un viejo preguntar una alma en pena que no se absorbe no se detiene no adelgaza no deja
de preguntar el chico no deja de preguntar absorto en lo que me duele en lo que no puedo expresar ahíto de vanos formalismos y ahora ya no estoy sino en el vano escape de un dolor a otro de una pregunta a otra no deja de mentir no tengo
ni siquiera una verdad de la que apropiarme de la que al fin decir lo que se renueva lo que se abstrae demasiado
disociado demasiado viejo