Romina E. Freschi

 

Soleros

 

 

 

Yo miro a las chicas en la cama.

Blanquitas, doraditas, rosaditas,

y negritas.

Todas redonditas, puntuditas,

suavecitas.

Ruedan en almohadas de algodones

y de plumas, con sábanas

coloreadas y ropitas chiquititas.

Chiquititas abultadas de tul

y seda liviana.

Ruedan todas blanditas

con pestañas y babitas.

Con sonrisas.

Quiero tocarlas, y después

dormir con ellas.

 

 

 

Mi ventana de princesa
observa la carretera.
Desde allí,
los hombres me saludan
en sus trajes de Mazinger
y en sus autobuses de
felinos gordos
que pueden sudar
en Invierno
hasta dibujar
corazones
en el vidrio.

 

 

 

Los viernes por la tarde
la autopista es galáctica.
El plato volador de Alberto
tiene vidrios azules,
y nosotras, las chicas
miramos el azul
agitando fuerte
las pestañitas.

 

 

Cuando los veo.
Mi cuerpo se tensa en mil puntitas apezonadas, ansiosas y felices, móviles de pura tensión, ardor.
Quisiera echarme a todos sus brazos para que terminen de tocarme alguna vez pero finalmente decido pasearme juguetonamente ante sus ojos, y que se me hinche el cuerpo, y después flotar, flotar...

 

 

 

 

En medio del silencio
mi galaxia estalla,
y su frío me parte
mi ojo estaláctico.
Muero viajando, y
viendo mi propia muerte,
como una lucecita veloz,
como una danza de hadas...

 

 

 

 

Never-Ever Land.

 

Shampoo de hierbas corales

mi cabeza se come

un montón de flores rojas

y esencias

de mar

(traído y escapado)

como abrazos pequeños de mascotas

y sus lenguas chiquititas y calientes

(en la espuma)

de unas babas de peluche

(muertas de sueño)

** *

 

 

 

 

Lullaby

(akarinhada)

Desear tener telarañas junto a

los ojos,

transparentes opalinas

Pasear la mirada

entre pestañas

blancas

lentas

en un

cuarto

de cortinas de

seda

sedosos camisones

sosteniendo

sedosas

cebollosas

camisas

de carne

blanca

Bella

Saber encontrar

el tiempo

en la ceguera

almohadonada

de mis ojos

más claros que jamás

mediterráneos cielares

de un cuerpo de

algodones

Perlado

e x p a n d i d o

e x t a s i a d oh

Deseando

(ese sabor)

 

 

 

 

La pista finita de granulados,
del mismo nácar calcáreo
de los rostros
que brillan en la disco
bajando melancólicas
escaleras caracol,
con sonrisas
que lloran y enamoran
los perfumes
de una helada sepia
y de cristales reflejos
azules
de chispear,
tintinear las hadas
que se hunden en tu piel
y retozan,
exhumando tu sudor,
de trabajo de princesa.

 

 

 

(viajero)

Entonces enroscarse con él en los límites
de una tortuga voladora
cortando el aire de mi oficina
y acompañandome el viaje de cielo azul,
sobre la mente cansada de mi novio,
y la mía
que descansa entre las piernas
de las chicas de las postales
y los peces de colores,
navegantes
de tus secretos mares de principez,
y tus escamas ardidas.

 

 

Un panteonoso murciélago extendido
maquiavélico
majestuoso pero lenguaraz
marcando con la patita, y el diente
helado
un filoso laminar de barrientos besitos, las caras, los cuellos, los muertos bien muertos están, bajo la risa, acurrucados mordiendo, ensangrentados, sangrando, felices dientitos caninos, entre pequeñas arrugas y hoyuelos, simpáticos asesinos, azul lados de ajuar.

 

 


Algunos de los poemas que integran esta serie fueron mencionados en 1997 en el Concurso de la Revista Arde Filo, siendo publicados en una antología del concurso ese mismo año. También fueron publicados en algunas revistas. Finalmente y ya con el nombre de Soleros fueron editados en 1998 para Buenos Aires no duerme en una edición conjunta con Ximena Espeche Insectos, y con ilustraciones de Juan Carlos Espeche, Karina Macció y Juan Ignacio Trentalance.


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