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Carlos Riccardo
la orilla, tsé~tsé 2000
por Romina E. Freschi
Entre el frente y el reojo, entre el paréntesis, en la ingle, el parapeto, el ángulo, "la luna del seno al labio", la intersección es la orilla. Margen, línea, fantasma, la orilla permite el doblez, el doble, la duplicación: por brillo, por difusión, por puro deseo - "el deseo copia en las veladuras de la carne"- un texto en dos partes: I - definido - y II - multiplicado, reproducido, reproductor, casi un "veo doble".
Por deseo entonces se realiza la concepción de un espacio: el texto - "su nómade caligrafía". El poema- deseo se hace realidad. El límite acaricia lo plural al tiempo que lo crea y el espacio de la orilla es el espacio más ambicioso pues lo ve todo, lo quiere todo, lo toca todo, al mismo tiempo. Deseoso este cuerpo-espacio-poema busca quemarse pues en el instante del mayor ardor, el límite, la orilla, es mezcla y es total. La objetividad funda y funde al sujeto "el claroscuro de ser uno- en otro - y nadie".
Es el tiempo que se dobla en el espacio y el espacio que se dobla en el tiempo, y la fundición de ambos - "la planicie quemada del instante" - el punto imposible de la coincidencia, el estrabismo, la eternidad muerta sobre la vida. La orilla inasible parece a cada instante adquirir, por ese solo instante, una dimensión perceptible.
Luego se confunde y pasa inadvertida, salvo en la huella espejada que ha dejado en el cuerpo, la felicidad de haberla leído una vez.