Las chicas tienen
un lugar donde viven esas cosas que asombran...
Imaginemos un
mundo de hadas, pequeñas voladoras, frágiles, con sus diminutas alas
trasportándolas de un lugar a otro. De chico, nos decían que su vida
dependía de nosotros, con solo negar su existencia una de ellas moría.
La fragilidad de depender de credulidades ajenas.
Entrelazadas, algunas hadas, pueden (y de hecho lo hacen) romper con
esa dominación, rompen con la dependencia de la credulidad ajena y existen
por sí mismas. Romina nos muestra el alma de estas hadas, el hada animal,
cada latido de una nueva raza. Las realiza, las carnifica. -Sí, sí,
las hadas son de carne- nos las presenta concientes de sí, eufóricas
en su rebeldía, danzantes y cantarinas, traviesas, demostrando que no
son simplemente hadas. Concientes de lo que quieren y de lo que
no. Únicas, fuertes y tan bellas, volando en el aire fresco. Una leyenda
cuenta que la comida preferida de estas hadas eran unas bolitas de carne
y arroz, crocantes por fuera y aireadas por dentro, que trasportaban
fácilmente. Una vez que las habían cocido las pasaban por una salsa
malvadina de morrones, tomates y ají picante. Aéreas por fuera y
picantes por dentro, bebían un vino tinto tan frutal como ácido que
se había añejado en lejanas flores. Luego volaban a leer su libro favorito
El Cuadernilho Lapislázuli de Stella Maris bebiendo perfume azul
de planta de limón.