Libros

Gabriela Bejerman
crin
2001 - Ediciones Belleza y Felicidad

por ná kar Elliff - ce

 

Que alguien pueda hablar de la medicina sin ser médico pero hablando de ella como un perro, que alguien logre el efecto de un determinado plano sin pertenecer a él aunque atravesándolo de forma heterogénea a sus expertos, es una de las imágenes del arte que más fascina a un ligero como Jan Neer. Y es a su vez uno de los más sugestivos y desflecados flirts de esta Crin undosa: sin concesiones a los usos programáticos del plano escritura, G. B. habla en su propio nombre y cruza el plano de la poesía no sólo como poeta, sino ante todo como baguala o potranca. Lo hizo ya en Alga, a través de ese "algo" clorofílico con declinación feminal y marina, siempre declinaciones de una vida restándose a la determinación (el algo) que poco se parece a la vida de las instituciones y sus hombres, siendo a cambio la vida de "los hojaldres de vida": ni constructo fictivo ni referencia previa, sino pasajes o viajes por los puntos intensivos de un nivel descubierto. Por eso baguala rociada, pielperlé, a contrapelo de las sequedades de cualquier constreñida inanimación ante lo que irrumpe como juego y regalo, razón por la cual sopla fuerte durante la lectura de Crin, un flux de aire fresco saturado de traslucidez y salvajes escaladas cromáticas. Y el frescor es un logro de quien medica como perro o de quien escribe como potranca. Pero ese talento o travesía es una sofisticación extrema y bien poco pueril: es la sofisticación enigmática de Josefina la cantora en Kafka. Para la alegría de los aspirantes al aire fresco (aunque también frondoso y saturado) un libro como el de G.B. desliza un abanico de relaciones con un mojón siempre vital (afuerígero y dinámico) y sus mojaduras epidérmico-epiteliales: lluvias y lagunas, viajes y fiestas (y también la tristeza, aunque de caballo despeinado). Se distingue la poesía que vale la dicha por esta sensación de ser vivo (aún y sobre todo cuando saturado de tiempos muertos), con las inflexiones sensibles (por críticas) que posibilitan el contagio y continuum de las experiencias elementales con las amorosas y físicas, como condición para poder crear o incluso como condición de coherencia. Así aparecen en Crin una serie de ejecuciones vinculadas al pulso, a las pulsaciones sanguíneas, hemoequinas, cómico-cósmicas, y de allí que las palabras acontezcan de manera variablemente desflocadas, con esos germinales pasajes de una desprolijidad fundamental (por desfondante fondán: adhesivo punto-umbral), para entonces sostener, como proceso -como incorporación del tiempo encontrado: "el tiempo de las plantas", "el tiempo del tilo"-, la continuidad del experimento, lo que va a inflorescer como fulgor: el chisporroteo del sentido sobre una piel cuasi fitzgeraldiana. Frente a esta variedad de obsequios de pronto febriles y de golpe serenos (ritmos, cadencias, tonos), quedan lejos las amenazas de lo calculado hasta la inercia o la fijación, sin el lodo de sus crisis informales que envuelven las denticiones de la iluminación enfangada (sanguínea) y de la consistencia disparada (soplo, aliento: guedeja). De estas páginas cuentan su gracia o la generosa entrega a eso que envía, que es el gesto de la ejecución espontánea (aunque no-transparente en relación un Yo sino en resonancia con un vestido o un maquillaje), más el trazo de una acción que perdura sin precisión de objetos ni adecuación a un saber hacer o a un instante hecho. El saber, en todo caso, no se deshace en Crin de su componente de delirio, matizado inteligentemente hasta el punto en que puede ser usado o atravesado por otros. Crin es esa melena que uno puede ponerse o peinar, pero también esa melena que resta (resto que también es el cuerpo) después de una sofisticada furia de performances kinéticas y amorosas. Y si el saber ya no se puede desprender de su componente de delirio es porque allí también interviene con su maëlstrom el amor: " ... a vos te hablo, vida, querida, cuánto te amé siempre (...) Te adoro más que a todo. Voy a entregarme ahora". Saber que entonces se alía sin ruptura alguna al "no saber" (título de uno de los poemas), bordado a la mirada de las cosas y a su "ensayo sin interrupción". De esa alianza despunta entonces una libertad que prescinde alegremente de las justificaciones o explicaciones, que prescinde incluso de cualquier corrección, como un uso concreto de la (im)propia fuerza, vector de inmediato influjo para la invención de nuevas posibilidades vitales. Así la palabra, la lengua, cimbra al ser entregada a esta vida de cuerpo desfondado que libera nuevas figuras, cuerpo cuya finalidad ya no es el hombre o la mujer sino su mútuo desbarranco hacia el caballo, caballo a su vez entregado a una lengua que ya es avatar plural de la voz ("¡Tengo tantas lenguas!"), coro alcanzado de un solo trazo sobre un umbral repentista y por ello insolemne y dador. Siempre hilos desprolijos de voz loca (por penetrante ligereza sin paradas) y nunca la máxima de la voz poética ni la mínima de la vocecita: más bien algas a la deriva que chillan melodiosamente (Josefina) o crines exclamativas o suspendidas, o incluso sedales sueltos, pausados, en contacto con el agua, el viento o la luz (haikus). ¿No será demasiado para el imaginario porteño? Buen humor (amhor) y despreocupación lúcida. Por el mismo hilo (melena), a Crin no le hace falta adherir a esto o aquello y luego dar cuenta de esta lectura y esta otra marca de época para hablar en nombre propio o estar atravesada: bastará con hacerse una trenza o una crin en un ahora de presente hojaldrado: una autoplástica efluxión desde donde hacer "crack y respirar".

 


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