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Diego Lebedinsky
El jardín de la impaciencia
Aurelia
Rivera,
Buenos Aires, 2003
por Romina E.
Freschi
Dadas las edades de Diego y la mía propia, me voy a permitir contar una pequeña anécdota personal, un recuerdo evocado por “El jardín de la impaciencia”.
Allá por los setenta, cuando yo era chiquita, sonaba una canción cantada por Roque Narvaja y el estribillo decía “Yo quería ser mayor”. Para mí, que tenía 3 o 4 años, era el deseo más fuerte que tenía, ser grande, poder hacer las cosas que hacía mi hermana, mi papá, y más.
Ahora, había una parte de la canción que yo negaba sistemáticamente, no la entendía, no le daba crédito, aún hoy trato de menospreciarla y me imagino que recordarán que el estribillo mutaba de “Yo quería ser mayor” a “Ya no quiero...”.
La desazón de ese “ya no quiero” todavía me acompaña y cuando leo este libro de Diego siento que siente lo mismo que yo: yo sí quiero ser mayor, todavía lo quiero, pero no quiero ser alguien malhumorado, como decía esa canción. Entonces ¿cómo ser mayor igual que como lo deseábamos de niños?
No sé si el libro responde la pregunta, pero logra algo que me parece efectivo como una respuesta. Esta evocación tan personal es sólo una de las múltiples que me produjo el texto, así, parco como parece, de pocas palabras, de poemas cortos, esas frases pequeñas y exactas de alguien que ya es mayor, me traen un perfume extraño, una infancia propia y nueva, trocitos de magdalena proustiana:Un descanso
en el escalón de la tarde.
Una mirada hacia el cielo
en nuestras manos sucias.El pequeño poema, un juguete, en el que veo al menor en el mayor, al niño en el hombre, a mí niña en mí mujer, sinfonía en mí mayor:
Hubo un cielo aquí
un pequeño niño.
Sol de mediodía.Hubo.
Y yo leo “hay”. En la evocación de la palabra, en el trabajo con ella, en la poesía en fin, la memoria guarda lo que hubo para hacerlo presente, regalo, cielo, sol.
El silencio sí, es el peligro. El silencio es el que enmudece nuestras voces, nuestros niños, nuestra impaciencia:El silencio es agua
que retuerce la memoria
hasta hacerla un pasado sin semillas
acomodado en un rincón.Estos poemas, pequeños, diminutos, casi haikus, son semillas, germen de las flores del impaciente, un lento paisaje descubierto que sortea el silencio y, tembloroso, se deja crecer, velar y develar.
Romina E. Freschi