Libros


Diego Lebedinsky
El jardín de la impaciencia
Buenos Aires, 2003

por Karina A. Macció

 



Este libro de poemas de breves no está hecho, a pesar de su título, para lectores impacientes. Más bien todo lo contrario: le lleva un tiempo al lector “enfocar” el poema, “sintonizarlo”, captar el ritmo pausado, precioso, de cada palabra, de cada verso. Porque solo un verso ya puede constituir un poema, como “Flores sordas en primavera”.Y por eso, cada palabra es fundamental, porque se vuelve sobre sí, porque se pregunta por ella misma. Cada palabra está usada en su máxima dimensión, y la explosión de sentido que Diego logra, viene dada por la delicada contraposición de sensaciones, sonidos y grafías que cada palabra posee. Entonces si volvemos sobre ese poema mínimo, descubrimos una mezcla extraña, algo que corroe esas flores y esa primavera: “Flores sordas en primavera”. El adjetivo “sordas” despierta un nuevo punto de vista, una primavera particular, quizás inmutable, intocable, aislada. La sensación de espera y de aislamiento recorre todo el libro y se va construyendo cada vez más fuertemente a medida que avanzamos en la lectura. Hay un ritmo lento que imponen estos poemas, sus cortes y encabalgamientos, que resulta también, de alguna manera, contenido. “Lento reparto de bocas/ y señales/Lento paisaje descubierto.” El mundo se despliega de a poco, igual que el lenguaje, que el suceder de cada palabra en el poema. Y en esa lentitud está todo el secreto. El lector que se atolondre, el que pase sin detenerse demasiado en cada poema, llegará enseguida al final, desbocado, con una multitud de pequeñas imágenes en la cabeza que no ha terminado de formar. El libro entero, desde su título, “El jardín de la impaciencia”, podríamos llegar a decir que propone esta lectura, y no es una opción para deshechar (el avanzar rápidamente), pero sí una opción que no será suficiente y que será solo el comienzo. Esa impaciencia primera, esa corrida de poemas, deja al lector impaciente con ganas de entrar de nuevo a este “jardín”. Pero ¿por qué? ¿qué hay que buscar? ¿hay algo para descifrar? ¿no son acasos las palabras simples, entendibles a simple vista? ¿por qué siento que debo volver, que me perdí algo? Esto se pregunta el lector impaciente y vuelve a la carga. Esta vez también se detiene en el epígrafe de Hugo Mujica: “Cada vida desborda su grieta”. Aaaaaah! Como un rayo, algo en ese verbo, “desborda”, lo golpea. El lector comprende ahora que de esta manera procede cada palabra de cada poema, desbordándose una en la otra, copulando entre sí, contagiando sentidos para crear una imagen única, inexplorada. “Otras aguas/ otros sueños/ para la palabra inexplorada.” Otra forma de leer, agrego.
El ritmo que impone todo el libro, debo confesar, es una de las cosas que más me fascinó. Acostumbrada al ruido constante que me impone la vida diaria, este “jardín” me resultó un oasis, un lugar para esconderme, una grieta seductora donde adentrarse. Por ruido entiendo no sólo el del ambiente, constante en la gran ciudad que transitamos, sino el mal uso y abuso de la lengua: hablar por hablar, hablar para no decir nada, hablar para incomunicarse, para crear confusión. Entonces las palabras son sonidos chatos, comunes, que abren blancos entre las personas y las dejan, también, tranquilas, con una tranquilidad falsa que verdaderamente es la expresión máxima de la soledad, una cárcel que nos acompaña y, claro, nos puede proteger, pero también nos impide tomar los riesgos de la comunicación profunda –comunión-, aquella que hace surgir las preguntas, los planteos, que nos obliga a adentrarnos para volver a salir con una fuerza nueva, con una potencia desafiante.
Quizás acá entre ese “yo niño” que recorre todo el libro. No se trata de una voz infantil, lejos de cualquier inocencia está el armado de cada poema, la elección de cada palabra y la sintaxis particular. Se trata, más bien, de “ojos de niño” en una voz adulta, en un cuerpo grande que se enrolla y que trata de recuperar, a través del recuerdo, esos ojos primeros, esas sensaciones vívidas: “Correr la noche/ hasta perder la lengua/ o la bufanda. Vivir en la terraza de la luna/ y hacerla tierra.”, o también, “Éramos/ bálsamos de hielo./ Niños insolados por dentro”. El yo de hoy presiente en esas imágenes una verdad que hay que aprehender y aprender (sin hache), volver a ser niño para mirar de otra manera, para descubrir otro mundo posible. El adulto se reconoce en el niño, en ese sentir intenso que experimenta, en ese detenerse y saborear cada imagen, cada sensación, aunque sea dolorosa. “Duele la humedad/ de la pared que se despinta/ y se levanta/ como un sol irreversible.// El cielo es el agua arriba”. Se trata de un espejo extraño, hechizado, como el cielo y el agua que parecen imitarse o desdoblarse, pero que de todas maneras están en dos dimensiones diferentes. Así, nos confudimos: el adulto mira al niño, se refleja en él, pero también es al revés. El niño tiene cara de grande, y ya ha perdido la inocencia o intuye que lo hará. “Hubo un cielo aquí/ un pequeño niño./ Sol de mediodía”.


“Cielo de almohadas/ un ojo que no duerme/ una piel que vive entre candados”

Karina A. Macció

 


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