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Karina
A. Macció
Ferina
La Bohemia, 2001
por Mercedes Roffé
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Si, como se ha señalado, la poesía argentina de los noventa se caracterizó por procurarse un espacio entre la prosa y la lengua oral a partir de una palabra abierta, buscadamente desgastada. Si la poesía argentina de los noventa rechazó al poeta como mago o brujo y lo reemplazó por el flaneur que sale a tomar nota de una realidad eminentemente urbana. Si la actitud con la que el poeta argentino de los noventa pensó ser un testigo fehaciente de los hechos con total prescindencia de su mirar subjetivo o sin un marco ideológico o filosófico desde el cual aprehender esa realidad que tan desnudamente se le abría a sus ojos (ni ojos, ni suyos, sino destinatario cero del exhibicionismo de un mundo que se ha querido inherentemente bajo, procaz, vulgar u obsceno). Si el lenguaje no para transferir, ya que Nadie transfería (como Ulises frente al cíclope), sino en que por sí solo ese mundo se encarnaba, era la palabra así llamada "sucia" o degradada. Si todos o algunos de estos presupuestos delimitan, como creo, un sector significativo de la poesía argentina de los noventa, permítaseme adelantar que entonces Ferina no sería sino uno, clarísimo e insoslayable, de los claros clarines que anuncian la llegada de un nuevo siglo. Más aun, si --como se ha señalado--, sería dado ver en una franja importante de los poetas nacidos entre 1960 y 1970, una deliberada filiación con la generación poética argentina de los 60 y principios de los 70, el destino pendular parecería querer depararnos en cierto sector de los poetas nacidos después de 1970 una vitalísima lectura y reescritura de algunos de los principios estéticos que marcaron a varios de los poetas que empezaron --empezamos-- a publicar nuestros primeros libros de madurez en la década de los ochenta. ¿Muy amplia afirmación? Por cierto. Apenas, diré, un acercamiento, un relato que permita establecer ciertos vínculos, cierto marco, en los que cada individualidad se haga más visible. En todo caso, hago desde ya una salvedad, y es que no creo, en verdad, que se trate, de la poesia de una década frente a la de otra, sino, más bien, de diversas estéticas conviviendo en el panorama de lo producido por nuestros poetas más jóvenes a lo largo de la última década. No dos estéticas, no oponer a la mirada unificadora y excluyente la igualmente demoledora división binaria, sino señalar a propósito de cada poeta, ciertas dominantes con las que sus propios textos irían abriendo, inaugurando, explorando, una diversidad de propuestas. ¿Cómo dialoga Ferina con otros textos recientes? Frente a ese espacio entre la prosa y la oralidad por el que eligen transitar muchos de nuestros poetas, Ferina propone no solo una escritura, sino una escritura conciente de todos los recursos que le son propios: espacio, tipografía, ortografía, todo se aprovecha para hacer estallar el sentido en todas sus posibilidades. Por eso no hay aquí el uso de la palabra desgastada, lo que hay es la exposición, la denuncia incluso, de cualquier posible desgaste, que esta escritura transforma. Ferina no se alza contra el desgaste de la lengua. No. Allí donde hay una palabra usada, desgastada, Ferina la ilumina: haches, bastardillas, negritas, fragmentación. Los recursos al servicio de la iluminación. Creacionismo. Palabra que crea en su seno (también) otras palabras. No hay palabra vieja, palabra menor ni gastada: hay la posibilidad de recargar todo y usarlo desde otro lugar, otro sistema. Bricolage, diría. Bricolage que regenera el lenguaje desde el seno del lenguaje. Si Delfina Muschietti vio en Ferina "la inminencia de otras lenguas" --un proyecto estético en el que no se podría olvidar, dentro del neobarroco, la impronta específica de Emeterio Cerro-- yo veo más bien la urgencia de quien nos dice: "ni siquiera hemos empezado a indagar esta lengua; esta vieja y desgastada lengua que venimos arrastrando es una mina a la que aun ni siquiera nos hemos asomado". Ferina se aboca a ese programa. Indagar en la lengua. Ni hablar de sus reductos, empezar precisamente por allí, sus avenidas más transitadas, y por eso precisamente quizas, menos vistas." Extrañamiento. No la lengua al servicio del extrañamiento. No extrañamiento por medio de la lengua. Sino extrañamiento de la lengua misma.
Ferina es un viaje, un trayecto, un tren fantasma que nos lleva por la alternativa reaparición de cuerpos tópicos, como esos sueños en serie cada una de cuyas articulaciones denuncian un estado del alma. Aquí diría un estado "cultural" del alma, el estado de ciertas representaciones de nuestra cultura que modelan la relación de los (de ciertos / desde ciertos) sujetos entre sí y con el mundo. La princesita, la Barbie, la vampira, la bruja, la loca, la nena mala, la sierpe --la Anaconda--, la momia, la Guerrera, la Asesina, la Afrodita Victoriana. Hay en Ferina un estado gótico del mundo. Una instancia gótica de nuestra cultura. Quiero decir: se denuncian pústulas. Se denuncian cuerpos violentados, descarnados, y la artificiosidad de separar la piel del hueso con el filo de una caracola: ¿santidad? No hay paciencia. Si algo grita Ferina es No hay más paciencia. No es el grito de la víctima. No es el gemido ahogado de Hipasia con tocado de perlas mientras la desuellan viva. Es la mirada intelectual de Sor Juana en su alegato "que enseñó astrología y leyó mucho tiempo en Alejandría " Hay un cuerpo violado, violentado, desollado, y con el mismo nivel de violencia, caricaturizado por el cliché, por el diminutivo, por el cosmético, por el atajo fácil y avasallador, por el deseo de quien lo desea, y de quien desea serlo y no es, y en el camino lo violenta y lo perturba. Pero si aquí hay un hartazgo, no hay cansancio: hay la fiereza del hartazgo. Y en algún lugar, no optimista, no naïve, hay también, sin embargo, una resolución, una flecha lanzada hacia un cielo que se quiere nuevo y más límpido. He dicho al comienzo de estas
líneas que la poesía de los noventa, o aquella que desde
otras zonas de interes y de la experiencia convive con propuestas como
la de Karina Macció, ha sabido mostrar cierta distancia hacia
esa concepción del poeta como mago o vate o brujo. "Se pasa
el río Massacre, y la tierra florece." dice Macció
que escribió Martí. Imposible no ver en su poesía
que ese mismo desmembramiento que en una primera instancia es caricatura
y muerte y violación, en otra, más radical, si se quiere,
es un proceso ritual. Ceremonia por la que el lego se hace vate, transición
del ver y oir en esta tierra, en este mundo, al recibir y asistir en
otra instancia, en otra dimensión. Se pasa el río Massacre
y la tierra florece. En este rito de pasaje, la indignada, urgente y
ferozmente herida voz que recorre e ilumina las zonas más sombrías
de este libro parecería anunciar un alba, algún tipo de
conciliación. Mirada luminosa, numinosa, o tierra florecida después
de la experiencia negra, gótica, de una masacre a la que este
libro convoca, como quien busca --y halla-- en el camino de lo tenebroso
la salida cierta hacia la luz.
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