Libros


Santiago Pintabona
La sedante del pacto
Buenos Aires, tsé~tsé, 2001

por Julieta Lerman

 


La sedante del pacto de Santiago Pintabona es uno de esos libros que uno -o por lo menos yo- termina de leer y dice: quéé??!! Recién en la segunda lectura, en otra hojeada, relectura, etc., algo empieza a dibujarse pero siempre sobre un gran fondo desdibujado. Crea la ilusión que “crea”, los dibujos duran apenas un instante-fragmento, para en el siguiente ser desdibujados, descrearlo todo, dejarlos caer nuevamente en ese fondo blanco, en el lugar donde las escenas, los trazos y las palabras se desvanecen. Porque hay un hilo, hay un hilo, los fragmentos se continúan más o menos evidentemente y tienen un orden. Pero también, como fragmentos que son, tienen su propia vida independiente y autosuficiente, y quedan así colgando como cuadritos de lenguaje condensado sobre un gran fondo blanco. Lo frondoso del trazo de la palabra contrasta y acentúa lo exuberante sí, su borramiento, su evaporarse también, como si “en el fondo” no hubiera en verdad ninguna palabra. Parecería que ese pequeño hueco exuberante vacío es un desbordar en el borde, cierto borde que se multiplica en diversos paisajes, “los umbrales de mi débil sensatez”, la “oscilante firmeza”. Hay un fragmento que me parece la mejor definición del libro:

“...el recuerdo que ya desborda formando gamas* de
insistentes escenas,
que se enlazan y se desenlazan,
mientras al fondo en la fronda ya está:
acaba de caerse un durazno.”

(*cursiva mía)


El de Santiago Pintabona es uno de esos textos también, como sucede especialmente con las novelas cortas según Deleuze y Guattari, donde “algo ha pasado” y el lector se pregunta “qué”. Ese “algo” no se devela explícitamente en el texto –y menos en éste, signado en varios sentidos por la oscuridad-, lo que se desarrolla es la transformación a partir del tal suceso anterior al texto. Santiago Pintabona se aprovecha en gran medida de esto, arroja “pistas” para volver a la incertidumbre del “qué” (“acaba de caerse un durazno”), “algo” inquietante mueve a las palabras y rodea la “cosa”. Además del lenguaje, oscuro, frondoso, enrevesado; hay un pacto. Un pacto ¿oscuro? ¿de escritura? El lenguaje es el pacto de dos que multiplica a su paso las presencias y sus transformaciones a través de los distintos paisajes de este viaje que es el seguimiento de movimientos mínimos, de pequeñas rotaciones y variaciones de este pacto (gamas) que ocurre en un “templo interior” o anterior y encuentra ahí su caudal. El lenguaje es el caudal donde alguien está mutando. La primera página cuenta que lo que “ha pasado” es un cambio de dirección, un cambio en “el pulso de mis pasos” que es la “traslación de mi mensaje”: un viaje, éste libro.
Viaje, alguien busca, alguien está buscando algo y es guiado y arrastrado y arrasado. Las escenas y los paisajes se montan sobre un sin fondo abismal-desolador y en esa oscilación, en esa inestabilidad del borde abre su lenguaje que es el único sostén, la única firmeza:

“...quedo solo sostenido por el
hilo de mi cesación donde flamea la imposesa que me guía”

Guía que va confluyendo al lugar de los recuerdos como fragmentos sueltos sobre fondo blanco en el “templo interior”, sin sostén, sin lenguaje.

“...las ramas que simulan
lápices están rayando la húmeda hoja del entorno balbuceante que
[ha soltado
la selva en la noche (...)
...a través de los espesos sonidos que caen, como frutas desde las
altas ramas que no logro ver”

Viaje, búsqueda, pacto. Alguien viaja busca pacta un lenguaje. Finalmente dice: “estoy decidido”. ¿A escribir? ¿A escribir este libro? Y así habría que volver a empezar... Moebius, sin fin. Que luego se sale de la cinta y pregunta de nuevo, viaja vuelto a transformarse: ¿qué?

Julieta Lerman

 


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