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César Aira
Edward Lear, Beatriz Viterbo, Rosario, 2004
por Romina E. Freschi
Leer el mundo
¿Qué es lo que nos maravilla de los escritores que admiramos?
¿Es realmente cómo escriben?
¿O acaso cómo leen?
¿O cómo los leemos?
Crecer y aprender tienen que ver con la lectura, la decodificación, la significación, cómo armamos nuestras vidas.
Ante un objeto opaco de significado, aparece con claridad el acto literario, aquello nuevo que habrá que leer, y leer es asignar sonido, por un lado y sentido, por el otro.
Asignar sonido implica una gama de distintas tonalidades.
Asignar sentido, también.
La lectura es, por lo tanto, la literatura. ¿Qué sería de todos los grandes autores, sin sus grandes lectores? Leer entonces, implica tanta responsabilidad como escribir, y cuando escribimos, contamos en realidad, lo que leímos (en libros, en el cine, en la vida), lo que más pudimos leer, en forma y en contenido, es decir, el mayor sonido y sentido que pudimos asignar.
Y cuando admiramos mucho a un escritor, y nos acercamos mucho a su obra, vemos que no admiramos en realidad cómo escribe, sino cómo lee, cómo ve el mundo, nos enamoramos, “vemos por sus ojos”...
Y aprendemos, podemos leer así por nosotros mismos, por ese amor que nos hace más bellos, más fuertes, más sabios.
Claramente volvemos al tema de la escritura, si nuestro favorito veía así, no debe quitársele el mérito de haber podido expresarlo de esa manera, es decir, de haber podido escribir así. Pero es lo mismo (sí, otra vez, forma y contenido, significante y significado, sonido y sentido, escritura y lectura), y lo que no escribió, lo vivió, lo pintó, lo expresó de alguna otra manera. Ahí descubrimos que amamos a ese autor (oh sí, el autor) y por eso es nuestro favorito, aquél a cuya obra volvemos de entre todos esos “textos” de la biblioteca, o aunque no volvamos más, recordamos con la picardía de los viejos amoríos.
Edward Lear es el título del libro que ha despertado en mí todas estas ideas, aunque ese nombre, que es el nombre de un autor, no es el del objeto de mi amor. Sí César Aira, el autor del libro Edward Lear.
Desde la biografía hasta el análisis minucioso, poema por poema, y también de cartas y pinturas, el estudio de las distintas traducciones y la diferencia en sus efectos, la geografía, todo eso es parte del universo Edward Lear, visto por César Aira. Es casi un cuento, una novela, pero sobre todo, una teoría literaria, una visión sobre la visión, vida sobre vida.
César mismo define en la contratapa:
“ Menos que un ensayo, mucho menos que una monografía, es una descripción, un ayudamemoria; un intento de entender; también una ensoñación de escritor, y una fantasía identificatoria. Todo autor leído y releído con simpatía engendra uno de estos “libros” personales, que casi nunca se escriben. Al hacerlo en realidad, de lo que se trata es de organizar la dispersión de pensamientos que suscita la lectura; pero hacerlo vuelve a ser “escribir”,...”Edward Lear, leído por César Aira, es casi un cuadro barroco, que al momento de leer, pone a su lector ocasional en un tercer espejo u ojo, que mira a su vez la escena. Cómo no ser feliz, César mira a Edward, y yo lo miro a César mirar a Edward.
Ser el voyer del voyer, es la experiencia literaria que me plantea este libro, un mènage à trois, un disfrute, gozo, sexo, de a tres. Esa parece ser la cifra de toda operación literaria (significante- significado y un lectorescritor –un solo corazón- que vea una relación no arbitraria entre ellos).
Tripartita también parece ser la estructura del limerick, el tipo particular de poema utilizado por Lear y analizado por Aira: rima, narración e ilustración, componen ese objeto literario y su sentido “sinsentido”:
“El triple anillo debería representarse en un diagrama, pero éste sería precisamente lo que no debe haber: el sentido, elemento cuya ausencia da “sentido” a toda la operación. La ilustración representa a ese diagrama.”
Rima, narración e ilustración. Sonido, sentido y visión. Una visión sobre Edward Lear, pero también una visión sobre César Aira, y el tercero en cuestión, yo, uno, el que sea, el espía, completando una línea de escritura y lectura que pone en abismo (y marea de placer) toda la literatura y pasa la pelota, del autor, al lector.