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Patricia Jawerbaum
Luna Park, tsé~tsé 2000
por Aníbal Cristobo
Una noche en el Luna Park
Rendirse, tirar al fin la toalla, librarse de las toneladas de tontería: tal vez un desenlace inesperado para quien –si extendemos al ring el epígrafe del libro- sólo buscaba conservar "un hueso pequeñísimo"; y había llegado hasta esa instancia (una pelea por el título en Uruguay?) después de los siete combates de la danza, y tanto pegarle a la bolsa del sueño, y prepararse para la música del gong, y los labios partidos y eso de la cicatriz, los huesos esparcidos, y dejarse doblar por el oleaje combatiendo la espuma; y apenas con un rezo pagano pugilista, repitiendo, como un zombie: "un titán no tirita". Por qué entonces caer así, con unas palmaditas en el lomo y la cabeza?
Algo hay entonces, algo habrá que buscar, más allá de esos pies bailadores, esos, "cansados de cariño", que no se pinchaban con ausencias; o tal vez preguntarse: "De quién nos curamos?", después de cada lucha, porque ese verso podría ser también el zum (zum) del andar a solas, cansada del "ahora...ahora...ahora" (llamada al golpe? A la esperanza de derrumbar algo al fin?) para la lucidez de saber en definitiva que esa voz, ese luchador, "todo el tiempo juega a que se ahoga".
Qué hacer, pues, con el cuerpo? Un qué de él puede ser oro, aún? O estará destinado a ser un "personaje molesto"? Allí (en el cuerpo) transita, con esas mismas contradicciones, el amor. Y si a veces podemos ir bendecidos por el aire, otras, debemos escuchar de un nadie casi hollywoodiano, entre el imaginario humo de su cigarro, aquello del "tú sabes que el amor no vendría".
Del mismo modo, en la misma lucha, varían la recepción y el ánimo con el cual esas noticias llegan. Y vamos de la mansedumbre de la aceptación ("Dicen que no son para beber / los mares del mundo") a la niñesca revuelta del "o mejor pateo".
Luz de la soledad con sus dos fulgores: el de la dicción, marcado por la intuición autista con la cual se organizan en tiempo y estructura los poemas, en una lógica de contarse-a-si-mismo que sorprende por su inimitabilidad (por no ser un recurso, y mucho más dejar huellas) y el de las fragilidades, fracturas expuestas de un yo que anticipa sus temores, su caída animista, para nombrar donde termina el amor: así, la salida de la ciudad, el reiterado miedo al camión recolector, la presencia de la cara interesada del cardumen (pero claro, con ese cardumen no se juega), el brillar como un menos. Signos de una corrosión, sombra del pugilista sobre el ring que va minándolo, dejándolo arrinconado contra sus propios golpes.
Hay, sin embargo, otra belleza. Una que va más allá de este espacio antagónico, y a la que nada se le opone, porque su campo es el Uno; y su efecto, liberador. Casi tácita, se evoca a si misma minimamente en el verso "etcéteras e inserts"; y destella, haciendo olvidar casi todo, en momentos como "si querer es pensar en la soledad luminosa", "vino cuerpo y se fue boreal", "piedras que yacen o duermen a su luz", "partículas tan parecidas unas a otras" o "un elemento ríe en su todo": momentos en los que la dualidad (vital) deja lugar a la respiración (del estar en las cosas). Así, la voz que uno se presta es anterior, y ya calla lo propio, cuando tan cierta y hermosamente dice: arre, arena.