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Lucio Greco
Pasto de la Aventura, Zama, Buenos Aires, 2003
por Karina A. Macció
Pasto de la Aventura es el primer libro de Lucio Greco, y como en todo primer y buen libro, podemos encontrar ya el estilo y los temas fundamentales de una poética. Se abre con un poema “al cristo” que se propone “gritarle” la verdad a esta imagen, bajarla de los “cielos” a la “tierra” y poner en evidencia su “color zanja”, su “alegría deforme”, su falsa promesa esclavizante de “dicha eterna”, su perpetuación a través de “palabras gastadas” del “llanto”, el “hambre” y la “decadencia”. El poema termina “cristo de la iglesia/ y del estado/ cristo de la cruz/ cristo abnegado/ te rechazo”. En el principio, entonces, Lucio Greco nos muestra hacia dónde va a mirar su poesía, y como el mismo título nos anuncia, la “aventura” se halla en la tierra, en esa tierra están aquellas personas comunes, de carne y hueso, que cumplen una rutina todos los días y que cada vez más parecen olvidar la carne y los huesos con los que están hechos. Parecen olvidar porque actúan como autómatas, como esclavos, impulsados por la religión o el sistema. Cada uno con su "piedra", parten por las mañanas a cumplir su rol. El “yo” de estos poemas forma parte de este “nosotros” y lo único que lo diferencia es su capacidad de alejarse momentáneamente para describir la situación: “cada mañana/ hurgo mis dientes/ con ese hilo filoso/ me lleno la boca/ de espuma blanca/ aguanto una arcada/ ... y viajo apretado/ con el sexo sobre culos/ desconocidos/ y transpiro/ y hago fuerza para respirar/ y mi cuerpo/ si no odia/ debería hacerlo/ por las miserias que le imparto.”
¿Cómo hace ese “yo” para tomar una cierta distancia que le permita al menos pronunciarse? No es fácil. Puedo entrever dos caminos. Uno, el de la auto-tortura, la producción de dolor en el cuerpo propio ocasiona una conciencia lúcida, el sentido de cada parte del cuerpo y así, también, su vejación. El otro camino es el del placer, que se puede alcanzar a través de la sexualidad, de las drogas y del viaje. En realidad, para este “yo” el viaje es una forma de vivir, de experimentar y es el espacio-tiempo que abre una puerta en la rutina diaria, puerta hacia la oportunidad de sentir más fuertemente. De manera quizás paradójica, esta forma de sentir se convierte en una especie de comunión, cargada de erotismo, que constituiría una verdadera experiencia ritual, una religión de los sentidos y una vuelta a lo más simple, que es, desde el otro lado de la puerta –en la vida predeterminada- lo más imposible.
Es en esta articulación entre el yo y el nosotros que los poemas atraviesan la historia. Así como desde la apertura se cuestiona la verdad de la religión católica y se exhibe el verdadero color de sus imágenes, también se va a enfocar el brillo falso de los símbolos patrios y de sus representantes. Así “la palabra con p” que titula un poema, es no sólo la patria puta, seducida y abandonada, destruida por seductores que se presentan en “un planto americano de héroe”, con los “dientes tan blancos que el sol hace juego de luces/ chispazos divinos de la boca de un joven/ arrogante y obsceno.” La “palabra con p” es también la política que se corroe con estos personajes y que lo único que trae es mortandad. La palabra con p es la peste política. En el poema “historia” mediante una enumeración que enlazan distintos discursos que atraviesan al yo, se repasa el recorrido de esta peste política -o política apestosa- engendradora de muerte: “la gente puede dejar de ir a comer, puede dejar de ir a coger, pero no deja de morirse en algún momento”. Y esos gusanos que nos acompañan están presentes en el discurso, en el cuerpo torturado del yo que los exhibe: “¿cuándo vamos a entender los argentinos, que es tiempo de levantar a los milicos? ... hay que matarlos a todos”. .
El martirio o la tortura, entonces, viene de la tierra en la que se habita, como los gusanos o las sanguijuelas que se pegan al cuerpo, y a través de la escritura, se los intenta expulsar. El primer paso es mirarse, autoescrutarse, y a partir de ahí, por esos agujeros (ojos, boca, culo) se intenta mirar todo lo demás.
¿Qué se hace frente a todo esto? A medida que se va leyendo el libro, vamos del cielo al pasto, empezamos a sentir la tierra, el barro, tierra más blanda que permite seguir bajando más, y más, se baja hasta los huesos y los gusanos. El último poema se titula “exilio”, pero no se trata de abandonar una realidad que duele y en definitiva mata. Más bien se trata de quebrarla, de salir como sea: “yo, limadito/ lima lima/ planta de naranjadito/ salgo./ No obedezco/ no respondo/ no colaboro/ salgo”.
Con un estilo original, irónico y fuerte, Lucio Greco no teme a los cuestionamientos fundamentales, no teme enfrentar esas grandes palabras que nos siguen azotando con su vacío y su negrura: “dios”, “patria”, “historia”, por nombrar algunas. Palabras que arrastran discursos e impregnan sociedades, palabras por las que hay que transitar y salir, como dice el yo, ácido pero verdadero, del último poema: “no me humillo/salgo”.