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Romina
E. Freschi
Estremezcales
tsé~tsé, 2000
por Ná-Kar Elliff-ce
Este texto fue leído para la presentación del libro realizada el día 13 de Octubre de 2000 en la Imprenta Aguafuerte.
(Invocación): Noche buena: buenas noches
Ya que desde las líneas de su escritura Romina describe curvas ascensionales en el espacio, pero también un primer descenso (un alunizaje que es una encarnación extraterrial), y luego las flotaciones o sobrevuelos de una nave que podría ser la de Ziggy Stardust ... ya que Estremezcales anuncia desde el inicio los juegos de una icárica Sra. de Bergerac, fascinada por la gravedad física y a su vez por la ingravidez del éter (que es una turbulencia ígnea en los rulos), entre la pesadez pringosa y la ligereza que incendia, fui tentado a dividir este alunizaje en tres módulos atraídos por las tres partes del libro. Y elijo módulos sólo para mejor seguir las tangentes de Estremezcales, que desconocen, para su tangencial suerte, los modelos. Porque a diferencia del modelo que fija su despliegue según una ley filiativa y epocal, el módulo o el modular moldea según una frecuencia continua y variable. Se dirá: puesta en variación de la materia y desarrollo continuo de la forma: este es el fraseo que define ajustadamente el modular de Estremezcales, el módulo-Freschi, y no haré más que seguir su aventurerismo espacial.
Primer módulo.
MÓDULO FLAMBÉE
El libro empieza: "Llego a un nuevo cuerpo alunizado, de largas cabelleras, renacentes, rojas de rulos" ... y nosotros, simpáticos o sintonizando la hipérbole, volveremos a sugerir: rojas de rizos por el fuego del éter icárico que atraviesa la alunizada, y al paso entenderemos que desde el inicio se estará respondiendo a la conocida pregunta: "¿Adónde se está cuando se sale?": "En la Luna", diremos con la lunauta, cuando decir "En la Luna" es decir "En la ingravidez", en aquello a lo que se le ha restado peso: en la gracia, en la variedad de lo moviente, en los móbiles flotantes de un Calder astrólatra resonando con aquel Bergerac que escribía: "¿No sabéis que un millón de veces esta materia, encaminándose al dibujo de un hombre, se ha parado a formar ya una piedra, ya plomo, ya coral, ya una flor, ya un cometa (...)?"). Romina o su lunófila lo sabe, conoce ese monismo del impulso vital, relanzado al segundo poema cuando nos confiesa el poder de sus senos lácteos, que son, por si poco embrionaran, constelaciones enteras de crema. [Ya la Hécate lunar de los Oráculos Caldeos era la de los senos de resplandeciente luminosidad que acogen las tormentas, la que al despegar de su pezón el dedo, dispara el sígil que irrumpirá en quien la contemple] Diremos con ella (y con Cyrano): el poder de los senos es al poder de las estrellas lo que el poder de las estrellas al poder de las cremas. Transitividad apetitiva que no nos saca de curso, más bien ensancha la frecuencia del impulso por efecto de un humor cósmico (efecto muy tratado por Romina): esta androide o eternauta convoca por medio de ese tono a todas las gelatinas del espacio (fluidos del éter que sin el signo ígneo se tornan venusinos, ectoplásmicos), porque por ella sabemos que cada salida al espacio es una entrada en materia: "Entró en la corriente", diría un budista, corriente que donará un cuerpo lunar así como un coral o una untuosidad cualquiera, una melaza. Y es que esta astronauta es también una repostera lírica (y recordemos sino al panadero de Cyrano: el Pan-flauta, el Pan-lira). Pero la adquisición de consistencia en estas reposterías (ya que no toda repostería consiste ni es apetitiva), se dona si pone en juego un hambre protoplasmática, un gelatino-germen que participa a cada cuerpo de una infinita posibilidad metamórfica, como en los acaracolamientos de una masa leudante que respira, que por la inspiración se anima, por su apetito de mezclas y transformaciones. Así es como en Estremezcales se alcanza el sueño de una incierta rococodelia: el pastel enmielado mientras vuela fija con un fondo de estrellas. Diremos entonces que esa repostería pre-socrática y rococó (por su relación con un principio elemental -la gelatina- y aún más por las pregnancias -el empastelamiento y los apliques-), diremos entonces que esa repostería rezuma por las palabras: bilabializa los tropos, los endulza, los besa y pegotea al pronunciarlos: "abebada en tu placenta", escribe Romina. Y tanta bilabialidad silábica alaba los sentidos y los unta. Experiencia detenidísima del pegote que así prueba las resistencias de la materia, sus fuerzas elásticas que van del merengue a la crema y a la goma arábiga, a los arabescos de una savia elemental que transporta. Nos dice un papiro copto que existe una poción a base de aceite de oliva, jugo de acelga y hojas de olivo, llamada "moco de Isis", mezcla pringosa que desata las potencias del apego amoroso. Y es que toda mujer-hada apunta a una experiencia con las fuerzas prehensivas: de allí el "assemblage" de su cocina intensa, elusiva del cálculo del cliché plausible, estalla en un oropel de untuosidades con toda la fuerza decorativa de un flambée heracliteano. ¿Y acaso existe otra entidad como el fuego, que resuma mejor la coexistencia de fuerza y ornato? Tal vez la espuma de la ola, diría una Romina surfista, que conlleva un alto principio de turbulencia, una cresta que tiembla en el viento y se despeina o enrula: ornato de a ratos pop, de a ratos preciosista, de a ratos sincrético o sinestésico hasta la psicodelia. Ya el estrafalario Cyril Connolly, en su artículo "En busca del Rococó", daba a entender esta fascinación por la línea fluctuante que gobierna tanto las aguas como las conchas o las rocas formadas por éstas. Contra el sentido común de época, Connolly nos recuerda que si había algo indecoroso y salvaje eso era el rococó, que no cristaliza ni encuadra nunca, que muy por el contrario se chorrea y pegotea en los soportes (no hay diccionario de la lengua que trate bien este momento del arte (¿por qué en cambio se tratará bien al realismo?, nos pregunta el malicioso Connolly). Pero sin importar los "ismos" del euro que engrillan el "ábrete merco", habrá entonces que exportar la fuerza conectiva estremezcal: pegar, despegar; colgar, descolgar; aplicar, arrancar: todo un protocolo de la gala y del capricho, de las primeras vanidades (como titula Romina al primer capítulo) "vanidades primeras" por pre/formales y no por primarias. Y se recordará que el capricho, como género artístico, tiene una singular tradición estética ligada a la indiferencia frente al verosímil ("No hay mayor enemigo de la verdad que la verosimilitud", escribirá Gracián), desde los motivos fantásticos de Tiépolo o Arcimboldo hasta los famosos caprichos de Goya. El capricho que consiste en desbordar el marco del género o de la especie por una línea hilozoísta, culebreante, que anima lo mismo un arbusto que una piedra, una gelatina o un hipogrifo: un grotesco matérico. Así es que Romina cría sus caprichos, sus hadas bombásticas, sus actrices troceadas (confites de repostería), tanto como el brillo que las malcría, sobretodo el sofisticado brillo (diremos entonces brillantina) del casamenterismo en las hadas. Porque lo más fácil es casarse, alumbrar, embarazarse, aunque lo que alumbre y embarace sea un pistilo o un hongo, o el vacío mismo, tan asimilable, en Estremezcales, a la gloria hueca de un vestido que baila solo, adquiere su autonomía por la estela de brillos. Como en aquel Scott Fitzgerald en el que los vestidos de las baby-vamps revoloteaban solos durante el cocktail en las terrazas. Así es que no hay cuerpo que resista esos vestidos que son puro artificio elemental proponiendo otra vida, independiente de las líneas del cuerpo o de sus leyes físicas: la gloria hueca del vestido es asimilable al frú-frú de una lengua que ya no cuenta, que canturrea a cuenta de nadie, a favor de un borde continuo de neologismos fuera de lengua. Pero entre Fitzgerald y Freschi pareciera resonar algo más que el frú-frú de una ropa taumatúrgica, y es lo que el citado Connolly llamaría la "edad de la porcelana" hablando del rococó (y a su vez recordamos que en "La lógica del sentido" se asimila la porcelana a la escritura de Fitzgerald). Y así nos salta a su vez Tamara Kamenszain para completar el lazo con su libro "La edad de la poesía", lo que nos facilita el segundo silogismo fresco: la edad de la porcelana será a la edad de la poesía, lo que la edad de la poesía a la otra edad de la vida-herida. Completando: "Solamente soy galas" escribe Madariaga en "País garza real" ("tan cursi, tan cursi", escribe Romina), y es que la responsabilidad fuera de goznes ante la gala no es frecuente. Se roza con el estilo, parece el estilo, pero es más bien un compromiso con aquello que viste y hiere, con el deseo que embiste y propone un paisaje o investidura (y acaso una fisura inminente), lleva así de paseo, casi disfrazada o travestida, haciendo perdurar un peligroso estado de fiesta (galante o galáctica).
Segundo módulo.
MÓDULO TELAR
"Entrelazadas", se llama el segundo capítulo del libro (o sobretodo "entre-las-hadas"): es decir entre sus pariciones y alumbramientos, entre sus hinchazones parecidas a embarazos y encarnaciones en enjambre, toda esa partenogénesis panteica, pareciera traernos un haz de mujeres poderosas, como aquella de los senos lácteos o como estas cornamentadas. De seguir el análisis matriarcal de Bachofen, etnólogo contemporáneo de Masoch, diríamos que nos deslizamos por ese primer estado hetáirico, afrodítico, hecho de relaciones múltiples y caprichosas entre la mujer y los hombres, entre la mujer y los animales, en donde el principio femenino domina y el padre es nadie (estadio representado por las cortesanas reinantes del Asia: sobrevive en instituciones tales como la prostitución sagrada). Y Estremezcales nos permitirá deslizarnos aún más allá, hacia el segundo estado descripto por Bachofen, el momento demeteriano, que tiene su origen en las sociedades de amazonas que montaban a caballo, se amputaban el seno derecho para usar el arco, e instauraban un orden ginecocrático y agrícola bajo el dominio del linaje matriarcal. En Estremezcales, todas las morfogénesis zoomorfas vienen de las caprichosas hadas hetáiricas, a través de sus diversas alianzas horizontales con los elementos: son las madres de lo fantástico multiplicado (y como las brujas, operan por contagio). Pero en cambio las hadas-amazonas alumbran fuerzas: Romina las describe: "fuerza de aferrarme, mantenerme, compactarme", y paren el vacío, el horror que siembran sus corridas. Pero el alumbramiento de aquellas cortesanas asiáticas del primer momento (matronas del entrelazo), abunda: "Rebuzna la animal-hada en su reino, hinchada y canina de felicidad", escribe Romina. Es éste el estadio que más recorre el imaginario rimbombante de Estremezcales: es alumbrar el telar, la trenza metamórfica. Y es que esa transformación por la carne es la transformación por el hijo (sea lo que fuere ese hijo: vacío, estrella o luciérnaga), porque no hay entrelazo que no avecine un embarazo, pero este embarazo es un vaciamiento en el propio cuerpo, es hacer el vacío en la carne, encarnarlo en una suerte de performance tokonómica. Es la producción en vivo de un hueco, de un agujero negro por donde entra el firmamento ("mi hijo negro", nos apunta el texto), y alrededor de cuyo vórtice de estrellas lo que nace es la madre ("Ocurre, ocurre", grita la partera de Romina), y esta madre de segunda naturaleza, la "madre-muerte" (dirá Echavarren en su postfacio) nacida del hijo negro o del embarazo tokonómico, ya es del todo amazónica, un ímpetu casi anónimo que atraviesa las constelaciones: es una fabuladora demente, ya que no puede ser otra cosa la hija de semejante vector: aquí es entonces donde aparece la poeta amazona, como si los dos estadios matriarcales de Bachofen se entrelazaran en un mismo libro, dándose luz uno al otro. El mismo enjambrarte del que también surgrirá el alma loca, desequilibrada, la animal-alma de las entrelazadas. Es decir el alma como uno de los tantos efectos de estos cuerpos, no como substancia autónoma, sino como el Ello de Deleuze-Guattari: el alma de Estremezcales caga. Pero no se trata de brillar en el alarde de torpeza que cotiza, sino de hacer del alma una experiencia conectiva. El "Anti-Edipo" comienza: "Ello respira, ello se calienta, ello come. Ello caga, ello besa. Qué horror haber dicho el Ello". Lo mismo para el alma de Romina, que no es "el" alma sino el alma de la orgía, el alma de la mezcla, el alma-maleza, el alma cortesana o bruja. Y es que no se dejan de estrechar vínculos con la brujería: "He perdido la gramática", nos confiesa la amazona, es decir que ha perdido a Dios y así tal vez encuentra lo diabólico: lo babélico. Escuchémosla hablar: "Lo turbulente éter": no habla bien, lo intenta de nuevo: " ... capricho de ti mi don y plusada en tus futuros amplilégules": incorregible la hija boba que va a ser bruja no habla, se babea, "babelea", habría que decir con justeza babélica y bilabial, habla que burla la inquisición de la designación por la lengua, niña boba o loba que por fin encuentra lo que vale la dicha: la interlocución inhumana o con la luna. Y es que aunque amenazadas, aún quedan brujas en la lengua. Se nota que Romina no es ella misma en la escritura sino que se convierte en una romería, y esto no es algo que se pueda decir de cualquiera, porque implica una operación de valor (dar valor al riesgo de dar la vuelta), y una suelta de escobas (es decir de estilos: una estilopatía): un barrido de lo que existe, pero también una propagación (lo contrario de un aislamiento): instalar la plaga en la frase, la inminencia de su perpetuo "ahí viene". Y es que esta romería asiática (plaga sin profetas), es a la vez la catástrofe de lo visible o del standard faraónico: propicia las alianzas contra-natura que sin embargo convocan a la Naturaleza verdadera, la Naturaleza atravesada que está a favor de tales mezclas, la Naturaleza traviesa y de travesías, que atraviesa el Mar Rojo y los reinos más diversos y engendra, alumbra, pero no en la dirección de la reproducción de la especie sino en la del contagio de una peste. Si ya no hay reproducción y hay más bien propagaciones, si ya no hay designaciones y a cambio surgen interlocuciones extrañas, hay entonces lo que queríamos cuando comenzamos a leer durante la infancia: aventurerismo y enigma. De allí la vuelta de las hadas por su envés, es decir por el "había un envés" del cuento y no por el emblema del mito, es decir las hadas de Darío, de Marosa o de Madariaga: porque implican una relación de alianza con el germen ante-predicativo, con la más concreta gelatina o crema que unta y desfilia como un tatuaje o fricción mágica, y que ya no nos devuelve ni a un padre-mito ni a una madre-lengua.
Tercer módulo.
MÓDULO VERTEDOR
Divertir: en poesía no se quiere descubrir del todo el alcance de la diversión, sólo se la empareja negativamente con la seriedad o el rigor (de donde provendría además la única posibilidad de crítica). Pero Romina divierte al decir, vierte en dos cuando escribe, tal como la bifidez de su por lo menos doble lengua lo demuestra. El cascabel en la víbora, la bufonada serpentina, es un fragmento de Dionisios o más bien de Zagreo en el fraseo, allí donde la comprensión cimbra entre un vértice de lengua y otro, como entre los dos timbres de un diapasón eléctrico: así se dispara la contorsión de risa, y así se pierde la línea a favor de una vibración o de un desplante. Porque divertir en el decir es robarle lo monolítico al habla, es robarle el ancla al referente y vertirle dos: por allí despunta lo pasional de una política, lo polaco de un errar. Divertir como efecto de un decir por la escritura, es convertir, desdoblar; de otro modo hay sólo monólogo de una ideología. Romina abre una conversación que alcanza el celebrado premio de las existencias dobles, indiferentes a lo dual. Por eso se divierte: porque accede a la conversión de las cosas a través de la di-versión, que es la conversación con lo moviente. Contra esa sensación de quien escribe carraspeando como un padre o agrietándose como una madre, Estremezcales elide las impostaciones coloquialistas y así se salva del contexto para incorporarlo como broma anti-ácida (cuando la acidez implicaría tener demasiado padre). Así para la fresca Romina la crema es cremallera, la luz es Lucifer y la letra es letrina. Y es que la diversión adquiere a veces la forma de una coproparla, de allí la letra-letrina: por esos reveses del habla, por ese recipiente orgánico para la bizarrería cortesana (por poco decorosa aunque decorada). Porque si no abundan las divertidas en la lengua menos abundarán las defecaciones pneumáticas y sus erosiones. Pero como buena romería, Romina no pierde el erotismo en la carrera y gana en vitalidad el juego, el hallazgo, floraciones verbales que podrían engancharse a un "Club de los divertidos" o de las existencias blandas. Drug queen o cortesana: qué importa. Lo que cuenta es la fuerza de lo ambiguo que las pone en escena, el escenario de lo que no se define nunca. Nada mejor entonces que hacer algo con la apariencia: extraerle sus paisajes, sus vestiduras y viajes, las aventuras del juego y de las formas. Y es que la Reina Romina, como parte de su humor luciferino, crece en tropos: aumenta los efectos de sus prosas hasta sobrepujarlas con lo informe, con el miasma de un éxtasis que desviste pero a la vez provoca un contrapunto con las ropas venidas, lo cual hace a otro sobrepujamiento adicional en el plano de los cuerpos. Porque en Estremezcales, tanto la ropa como el espacio, no es lo que se tiene o se compra: por eso aquí la ropa alcanza ribetes de poética, porque adviene como don o se produce como intervención di-vertidora. "Hay que estar a la altura de los vestidos", dirá algún sastre de la Emperadora, aunque lo más difícil sea hacerlos visibles ("lo superficial es invisible a los ojos", agregaría). Y para eso es que se exagera: para ser la Reina de las superficies, es decir de lo invisible, que es siempre el vapor a ser coloreado (descubierto) por el humor. No es del todo fortuito entonces que el "arte poética" de Estremezcales (así avisada en el libro), sea una receta que ligue con las superficies de los humores: "Receta para un apetitoso 'petit poeme' a la perfección", escribe Freschi. Subrayemos "receta" y "apetitoso" y recordemos las operaciones de repostería apetitiva ya mencionadas, y subrayaría para este módulo-diversión que en este metapoema, para nuestra suerte y desgracia de la profesorería, no hay parodia ni ironía, sino simplemente humor (así la diversión cunde). Y entre el apetito y el humor se articulan relaciones maravillosas que bastarían para encarar desde ese nexo todo el libro. El "Arte poética" de Romina es un problema de digestiones y de humores, no de yoes antepuestos con el peso filiativo de unas manifestaciones que aún viven en casa de los padres: papá-mamá, tío-tía: el tío-vivo burgués. Está claro que en Estremezcales el yo es el efecto de una repostería hiperbólica, que ya no recurre a decorados familiaristas para impugnarlos o atenuarlos, sino a linajes impersonales, a conexiones de alianza que son las que mejor horizontalizan. Como escribió el cortesano Luis Zapata refiriéndose a un capricho manierista: "hijo de madre selva y de padre nonadie". Pero a su vez este humor sin sagrada familia produce la más seria sublevación, cuando lo que sub-leva es la levadura de un ánimo de resistencia que sin embargo no condena, que más bien celebra su aparición y que revoluciona por lo imprevisto, por lo incondicionado de ese acto que hace di-venir. Acto que en Estremezcales implica ligar la poesía a una acción performativa, o que a su vez acerca el espontáneo poder de un koan zen: ante la pregunta "qué es la poesía", Romina responde preparando un postre. Sustitución de la significación o de la idea por el humor o la acción. Porque se destituye la altura de la parodia pero también la profundidad de la ironía, y no resta sino una galaxia de indeterminaciones por el humor activado, indeterminaciones abiertas por obra de una elipsis que dibuja una actuación gestual. Y por otro lado ese aspecto digestivo del poema no hace sino enfatizar el absurdo de las poéticas en tanto significaciones maestras (del tipo "aquí viene el 'ars poética' mía"): sólo hay ingestas y humores en el arte, y lo demás es abdicación, renuncia a las diversiones. Porque si habla el humor se desintegra la paranoia del discurso (lo cual en nuestro contexto ya es una forma de revuelta), aparecen entonces los humores de las más vastas ingestiones, las dobles o triples pariciones, que a su vez se traen sus lenguas bífidas y sus boas de plumas. Y digo "boas de plumas" porque esta performatividad rominiana se cruza con el glam de las vestiduras, con el exceso de gestos, actos y abrochaduras que sin embargo no abrochan al mundo en tanto diva-modelo, que más bien expulsan y avecinan un salto en vacío, hacen orbitar por los bordes de un planeta que no viste ni adorna, que mortifica sus flujos hasta el traje o el trabajo o el pantalón y la chomba. Persiste sin embargo ese ángel a la vez inmóvil y veloz, ese ángel modulante de la NASA, lunar y metalizado por el garbo astronáutico, siempre dispuesto a alunizar en un "nuevo cuerpo de largas cabelleras, renacentes, rojas de rulos", y que tenemos la sospecha de que aluniza hoy, bajo la forma de este libro-serpentino.
Y en fin: después de tantas orbitaciones siderales, internacionales, no voy a concluir la hipérbole espacial sin hacer pasar el modular de este libro por el área nativa o natal. No lo natal de la determinación geohistórica, sino lo natal como una innatez adquirida, es decir inventada doblemente: como innatez y como adquisición, aunque no desde el punto de vista tranquilizador de una ficción, sino a partir de una zona de paseo real, de pasajes concretos, encarnados en un territorio que este libro sugiere y vaporiza desde el título: Estremezcales: el mexcalli y su incidencia en el plano del estremecimiento. Y es que el matiz rococodélico mencionado al inicio, ese "pastel enmielado mientras vuela fija con un fondo de estrellas", si bien es un índice de ingravidez y humorada lisérgica en el plano de lo que visibiliza, es también, en el plano de su resonancia, el colibrí-cosmonauta del desierto de Nazca, geoglifo que citara Sarduy en relación a su novela Colibrí. Se trata de su enganche a la planicie cactácea del agave tequilana y sus evaporaciones (el mezcal y la mezcalina entre ellas). La psicodelia parece avecinarse o estar por venir a cada intersticio retinal, aunque no como movimiento de época o pretensión de experiencia lograda, sino como un grado de conmoción o estremecimiento que sobrevuela la epidermis, que envuelve un ritmo de emisión y corte frástico, un pulso que acerca las pulsaciones del cuerpo, contagia así una tensión anamórfica a la escritura, y como escribe Echavarren en el postfacio: "en ese lugar donde no hay nadie, inmediato a las potencias del cuerpo", y que es común, se podría arriesgar, a los que se vuelven nativos de una experiencia de la gracia. Porque aún sin necesidad de la ingesta, bastará para esa gracia a ser explorada, montarse a una operación de escritura que por inexacta (y por eso vital y desatada), conduzca por una planicie cromática a ser encarnada en un cuerpo, en un paisaje o en lo natal de una dimensión que "coloca". Cromatismo que no se resuelve en la ramplonería de la paleta psicodélica y su color local por superposición de íconos, sino cromatismo que es un timbre, un leitmotiv de recreo por ciertas pantallas melódico-sensibles, un atletismo de la mano que traza y a su vez un principio de temblor en los signos escritos que acercan al gesto (y no se sabe bien qué son esos gestos regalados al desierto o al cielo). "Los cromáticos yates" tituló a uno de sus libros el peruano Luis Hernández, "The blue bus is calling us", cantaba otro nativo, mientras Ziggy Stardust en su propia nave se desliza en parecidas transportaciones y transparencias. Y es que se trata del misterio de la transportación de los objetos en el espacio: espacio producido por la acción poética y que nunca es previo, espacio de las fundaciones interzonales por efectos de fundición perceptiva. Así Estremezcales alcanza a sonar con la llamada del "blue bus" morrisoniano, con los yates cromáticos de Hernández, pero también con los trazos de algunas poéticas contemporáneas conmovidas por parecidas navegaciones, por esas derivas entre pop y celestes que emiten un campo de atracción, un territorio-mezcal, un principio de temblor que tienta, que invita al transporte, como en el "He sido llamada" de la enana de Walter de la Mare, y que dirá, con el correntino ya citado: "Nosotros podemos recibir un llamado e incidir sobre ese llamado", cuando la llamada es también una llama que no llama, una quemazón, un incendio por estar. Habrá entonces sólo grados de una mejor o peor obediencia a ese pulso natal que extiende su línea de fuego, su tentación insistente, que se parecerá a una ruta o a una nave o a un yate que cimbra ("El que no tiene universos que lanzar sólo hará palabras", estableció Angel Bustos), y así la amazona de Romina alumbra una plaga de intermundias entre los mezcales de su lisergia, y sabiéndolo o no se va convirtiendo en una nativa, es decir en una actriz de las rúbricas entre los cardos: un colibrí sentado. Lo que ya es casi el nombre de una indígena.
V¯¯¯KAR