Libros


Elvira Latrónico
El Patio, La Marca, 1999

Por Karina A. Macció

Texto leído para la presentación conjunta de este libro junto a La indecisión de Roxana Páez y Enero de Delfina Muschietti.

 

El Patio es el espacio de la memoria, una ventana al recuerdo de donde surgen los poemas en prosa que forman el libro de Elvira Latrónico. Y cada poema, de ritmo pausado y similar longitud, parece simular sobre la página una baldosa más. La hoja en blanco se llena de bloques de palabras que entrelazan, a su vez, distintas historias. "La mirada de la mujer descubre los ojos de un pájaro", ojos que la reflejan, capaces de percibir hasta los más mínimos detalles (un borde, una sombra, una raíz, los huecos de helechos y jazmines). Y cada detalle se transforma en una pequeña puerta que los ojos de la mujer abren para descubrir el relato: "Cada detalle de la forma es un instante de la memoria". Por eso mismo, el patio, que existió antes que todo, incluso antes que la casa, es el "cuadrado infiel, descontrolado y vibrante" donde se hallan restos de historias familiares. Inmigrantes que llegaron con sus sueños y sus secretos: Celestial, que quería tener una plaza, que "Cuentan… no era hija de Sepúlveda. Nadie en la casa hablaba de aquello, pero la marca del gringo aparecía en los ojos de Celestial" y quedó también grabada en el patio, como las voces de los Sepúlveda y los Ventura, Aníbal de la Cruz, el doctor Fidalgo, el gringo, Pierre, Antoine. Distintas generaciones que se mezclan en la memoria, como mezclaron a través de sus cuerpos distintas tierras y lenguas, unidas por un gesto, un sonido o un olor: "Yo recuerdo el olor de Pierre que se respira. Es otra, no yo, la que apoya los dedos sobre la frente." Otra mujer que llega hasta la que está recordando, otro yo, el de un pasado heredado o el de la infancia que juega en el patio. Otro cuerpo, porque la que mira o recuerda ya no es la recordada, niña o mujer del pasado. Sin embargo, algo queda que a veces regresa y se convierte en palabra, "líneas verdes y flameantes" que zigzaguean, avanzan y retroceden, como el remolino de helechos, plantados al principio de todo, cuando el patio se presentía en el cuadrado de tierra innombrada. Entonces, para la mujer que mira, el patio es un mar que ondea caprichoso y las palabras, como las baldosas, simulan una "imposible versión de orden". El patio se deshace en murmullos, voces y rezos. La escritura lo vuelve a construir: "Mis pies se hunden sobre cada arabesco desteñido, imponiendo el juego del mar en las baldosas. El patio arremolina los vientos cálidos del norte evaporando ángulos y muros."


Roxana Páez
La indecisión, La Marca, 1999

Por Karina A. Macció

Texto leído para la presentación conjunta de este libro junto a La indecisión de Roxana Páez y Enero de Delfina Muschietti.

También en el mar juega el "pequeño yo" de La indecisión de Roxana Páez. En el mar se pierde, sin miedo a la "turbulencia oscura", a la "Gran ola". Y es un yo de mujer, ya no pequeño, el que se sumerge en los versos como olas, interrogándolos, asombrándose de su recomenzar constante, del encabalgamiento que obliga a la voz a seguir: "Tengo treinta y tres años/ las hojas despegadas vuelan/ llenas de luz/ como las de Paul Valéry… como si el viento buscara/ un poema/ sin persona". Porque "yo", "ella", "nosotros", "él", todos son productos del lenguaje que, como una máquina, construye sin parar, en la intersección de la cita y el recuerdo. Máquina de oleajes indecisos, que busca la respuesta a la inexorable impresición de las palabras: "Sólo en la constancia/ con la impropiedad de las palabras/ se sostiene/ el carácter indeciso". Porque el poema que pretende describir transforma su objeto siempre en algo distinto, y quizás, paradójicamente, bajo la luz extraña y cambiante, se perciba algo: "Desde aquí parecen/ una sola figura/ que se disipa/ en cada vuelta y/ llega a su forma menor... Cuando voy oscura, los encuentro/ y me dicen: "tus ojos son una taza de té".

De una azarosa taza de té, ve surgir el narrador de Proust su infancia entera, con las sensaciones y los detalles que jamás habría podido recordar utilizando su voluntad. De la oscuridad, de ese transitar por los "arrabales de la razón, del ser y de la decisión", como dice un epígrafe, surge el poema. Porque los ojos como taza de té bañan las cosas y revuelven en una biblioteca, en "Esa red/ de lomos brillantes" que "parece no atrapar/ lo real, un bullicio negro". Lo real es extraño. Lo real es lo otro del lenguaje, lo que a veces parece tocarse y morir, desvanecerse en ese preciso instante. Como "Vespa": "Cuerpo amarillo con bandas/ negras, que inocula de golpe y muere". Es el instante precioso lo que se intenta atrapar. Encerrarlo en el "frasquito" del lenguaje, como se encierra a la avispa, o a unos "gemelos" que bailan; como los tazas invertidas del abuelo, o sus tachos de miel en el garage: "piedras de ámbar/ que las nenas mordían sin resistencia". Recipientes impotentes que guardan transformaciones. "Máquina del gorjeo" que cuenta vacilante las escenas más cotidianas, como si fueran un nudo que no puede ser completamente desenrollado: los niños que salen con frío del mar, "apretados a sus propios cuerpos/ de un violeta distinto cada uno"; el recital donde "el aire tenía la golosina/ de tantos voltios…". La ciudad, la playa, la casa, el cuarto, lugares que se extrañan bajo la mirada constante de ojos "como aguas encerradas". Parafraseando la "Siesta" de Juanele, en un desierto que conjuga muchos "desiertos" literarios, Roxana Páez dice: "Soy una oveja dormida en medio del pasto" y sigue tratando de descifrar voces "en el negro de humo" de la ciudad.


Delfina Muschietti
Enero, La Marca, 1999

Por Karina A. Macció

Texto leído para la presentación conjunta de este libro junto a La indecisión de Roxana Páez y Enero de Delfina Muschietti.

Una mujer dormida en un paisaje indefinido, observada por un león y recostada sobre su laúd, es el cuadro que ilustra la tapa de Enero de Delfina Muschietti. Esta imagen reúne los caminos que se abren en el libro: una mujer que mira y es mirada, que se mira mirar y contempla su propia imagen en los ojos de los otros: la madre, los hijos, el hombre, pero también en los "ojos literarios" de otros poetas, como Rimbaud y Pasolini. Mira para captar lo "velado", lo indescifrable del sueño que vuelto lenguaje, se vuelve poema, conservando una fina capa que brilla como el vidrio, el agua o simplemente como una luz suave que da un matiz particular: "cuando los ojos ya no puede/ atravesar la película/ la superficie fosforescente/ hacia el acuario/ hacia el sueño". Cada variación de la luz altera la escena, como si el tiempo fuera captado a través de estos mínimos cambios, en cámara lenta o en la composición fotográfica que detiene los movimientos para verlos mejor: "Porque quizás está roto/ el disparador de los árboles:/ tanto verde detenido/ como una foto vieja/ en el álbum familiar". El paisaje se cruza muchas veces con las relaciones familiares, que materializan el paso del tiempo en los cuerpos parecidos, pero distintos, de la herencia, extraños espejos que confunden la identidad: "Me quema como otra/ no soy yo/ la sombra del cuerpo de ella…/ no soy yo/ it´s a mistake/ como en las películas", o "el hermano el espejo/ que se niega". Entonces surgen las preguntas acerca de los lugares familiares, esas posiciones que se heredan o se adquieren como si fueran naturales, pero que no lo son: "Haceme de madre./ Madre: ¿qué es? Hermano: ¿qué es?". La voz se levanta contra el papel asignado, contra el nombre impuesto, "Salirse de madre./ Dejar de ser/ pobrecita", y busca en cambio "el revés de la familia,/ la pregunta que nunca se contesta". Lo velado es el padre que desaparece, la mujer hecha madre, la pareja que se rompe y así "sólo el cuerpo de otro varón esquivo". Porque el calor del verano se entrelaza con el calor amoroso, con la conjunción de cuerpos amantes que pierden sus límites, que se deshacen y se expanden: "salirse de sí/ por la yema de los dedos/ por la presión fugaz/ en bloque/ incandescente y láser". Sueño erótico de fusión, sueño de luz fuerte del desierto, que borronea los límites de las cosas -sus nombres- para confundirlas en un flujo brillante, en un silencio de acuario, "el solo sol del verano" o el "el solo silencio" que se consigue "en el amor apenas" o en la muerte: "Estar muerta/ se parece a la gasa/ del pañuelo rosa té". La muerte puede ser olvido, la tranquilidad blanca de página vacía, como la superficie brillante del desierto. Cerrar los ojos para replegarse y protegerse, para escapar del dolor, del frío de estiletes que cortan el cuerpo: "Restos de mí/ sobre la mesa… Nada es posible/ sobre ese filo que cae". Pero del sueño se vuelve con nuevas imágenes, con fragmentos encontrados en un desierto íntimo que buscan la palabra. "Sleeping Gipsy", gitana durmiente, igual que en la tapa, sobre un "océano vaporizado". Voz que vaga a lo Rimbaud, que huye de lo congelado para perseguir o descubrir aquello que brilla: "se muda/ de arena en arena/ cuando desaparece la voz".

 

K.A.M.

8 de Diciembre de 1999


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