Día 0No hay manera de empezar, sólo pasajes.
Hace meses que vengo preparando lo que tengo que llevar, y horas que empaco cosas que no sé si voy a usar.
Nunca viene nadie a despedirnos cuando viajamos. En general, no les gusta que viajemos. En general, mi madre teme cualquier movimiento, cualquier traslado que nos lleve fuera de la casa, de su casa o de la mía, de la mía hacia la de ella y combinaciones posibles.
Esta vez, vinieron todos, hasta mi tía, que es más que un reflejo de mi madre, es la apoteosis del paradójico movimiento "no salir de casa", bajo casi ninguna circunstancia, no salir de casa, traer a todos a ella, que todos vayan, que todos se queden.
Tuvimos que pasar varios controles, te revisan una vez, luego otra vez, luego de nuevo y te palpan y te pasan el detecto de metales y te lo vuelven a pasar y te hacen sacar los zapatos. Yo me quedé en patas porque tenía mis "chinelas de cuero", que parecen botas si las mirás de adelante. El tipo se quedó muy sorprendido porque mientras le decía al otro que se descalzara yo ya estaba con mis piecitos al aire. Es feo tocar la alfombra moquet de un aeropuerto con los pies, es bastante dura y extraña.
No está muy lleno el avión, pero nosotros estamos en el medio, en el pasillo y los cuatro asientos están tomados. ¿Qué posibilidades tiene uno de sentarse al lado de alguien con el mismo nombre? ¿Qué si además tu nombre es compuesto, no tan común, más bien novelesco y con alguna pretensión? ¿Llamarse Juan Ignacio, ser un niño de unos 6 bastante molesto y provisto de una valijita mucho más brillante que la mía, más redonda y con multiplicidad de muñecos multiformes dentro? Así que estoy sentada al lado de dos Juanes Ignacios, aunque uno, el mío -puedo reclamar con justicia ahora que soy una señora casada y que su apellido ha impregnado mi pasaporte- me tapa al otro, quien en verdad me entretiene mucho más en este momento. Tiene a Pikachu, un gran ídolo, estampado en la cubierta de su valija, y desde allí sale la Mole, Batman, Michael Jordan un poco deformado y algunos más que no alcanzo a ver. Ahora se está metiendo con todos ellos debajo del asiento. Por supuesto, no cabe, y el padre, pues no está solo, intenta controlarlo. Lo más surreal de todo es quizás que en todo el avión se oye una música clásica de consultorio de dentista sobre la cual se imprime una voz de locutor de Horizonte alternada con la de un yanqui que nos explica cómo contemplar los dos formularios ineludibles para ser aceptados en el gran país de la libertad y los derechos humanos. Pero es muy agradable con música clásica!!! Nacho está dormido (ya no le digo Juan Ignacio como en los primeros tres meses de relación, aún no entiendo cómo me las ingeniaba para enojarme y articular semejante nombre de corrido sin echarme a reír, como si estuviera en una novela mexicana). Nacho se despertó y está prestando atención. Ah! También es un video que nos muestra exactamente cómo completar. El padre del segundo Juan Ignacio tiene una tos que suena muy grave, ¿qué posibilidades hay de contagiarse ese catarro perruno que lo azota cada treinta segundos? ¿Por qué este lugar entre tantos posibles? ¿Los gérmenes atacan a quienes están más cerca o les gusta volar? En fin, el niño tiene también el mismo apodo que Nacho de chiquito, Juani, le dice el padre, cuando la tos lo deja, salí de abajo del asiento, no ves que estás pateando al señor? Se va a enojar (no creo que el señor pueda creerlo todavía y me encantaría que fuera un yanki).
Siguen el video y las instrucciones y la disfuncional música clásica. Nacho está filling in the blanks.
Bush dice en La Razón, diario gratuito igual que en el subte (pensé que por lo menos en el avión te iban a dar para elegir, antes era así), que Saddam no se va a salir con la suya, que dio una conferencia de prensa y no contestó preguntas (para qué arriesgarse?). Al lado, un recuadrito me llamó la atención: "Miles de ataúdes y bolsas negras", titulado en gris claro, sigue diciendo que han llegado 100.000 de estos objetos a Sigonella, isla de Sicilia donde hay una base norteamericana. Y un sacerdote, el más allegado al viejo Juan Pablo, declara "no son para los iraquíes", sino que "un ataque a Irak significaría una increíble pérdida de vidas en toda la región". De repente, me imagino una isla cubierta de bolsas negras de consorcio. una isla negra en la que ya no diviso más que ese plástico opaco y de fuerte olor de esas bolsas. Todo accidente, cubierto.
La tos es definitivamente contagiosa, pero digo a niveles extremos, como cuando mirás por un rato a una persona con tics. Ahora el chico que hace solitarios a mi derecha empezó a toser. Me preocupa un poco que la coreana de atrás pueda leer lo que estoy escribiendo, pero no creo que se anime a decirme algo de todas maneras, vos, ¿qué harías si de repente te das cuenta que alguien está escribiendo descaradamente sobre vos, que te mira y te describe?
Hay turbulencias y ni nada de esto puede sacarme el hambre que tengo, horrible, pastosa, cuándo viene la comida? Seguro que voy a tener que ir al baño y después no voy a poder volver al asiento.Me traje para leer Poeta en Nueva York de Federico García Lorca.
No puedo seguir. Nacho quiere ir al baño y en este momento el avión parece un colectivo, mezclado con sube y baja.
Día 1Estoy determinada a no mirar atrás, a no leerme, a no pensar más que escribir. Probablemente nada de esto valga la pena (para nadie que no sea yo). Quizás sea sólo una anticipación, una coartada. "Yo fui, pero no sabía lo que estaba haciendo".
Me queda claro que viajar más de 8000 km. implica algunos cambios, radicales. Siento que mi cuerpo entero es una lija, que el frío lo ajó como si fuera una hoja y el viento entró por donde quiso no importa cuántas capas de ropa tuviera encima. Llegó a hacer 40 grados de sensación térmica en Buenos Aires y pensé que no se podía vivir, ya en cualquier momento el aire dejaba de existir como tal y se convertía en una especie de placa caliente que te presionaba desde todos los ángulos, pero sobre todo, queriendo tirarte al suelo. Hoy sentí, en cambio, cuchillos atravesando el aire y con él, mi nariz y mis ojos. Tengo la piel toda roja, ni que fuera una india expuesta al calor extremo de la llanura, potreando sin cesar. Me sorprende el simple hecho de que dos intensas sensaciones opuestas me provoquen el mismo efecto: el rojor ardiente, paspado y tirante. Mi boca parece una redondez encendida sin mucho reborde.
Roja también estaba la ciudad. San Valentín se acerca y hay un exceso de corazones desparramados. Globos, peluches, chocolates, decoración, flores, y sobre todo, corazones, porque en realidad todo es de corazón (los globos, los peluches, los chocolates, la decoración, no las flores, pero vienen en papel de corazones). El rojo abunda e inunda, pero hay una ineludible capa de blanco que recubre la superficie. Es como un gorrito de hielo, una saliente de nieve congelada. Cuando salimos de JFK tomamos un colectivo que nos llevaba directo a Manhattan, la última vez que estuvimos hicimos lo mismo, y de nuevo vi el cementerio infinito que rodea a Nueva York. No sé su nombre, pero era al mismo tiempo desolador y gracioso verlo después de una nevada. Todas las lápidas tenían su gorrito blanco de nieve, tan perfecto que parecía hecho a propósito, parte de la construcción y eso le daba un aire homogéneo, festivo a las tumba. No había ni una flor, ni un lunar de color, todo era inmaculada geometría piedra y blanco.
Me quedé pensando en la necesidad de hablar del tiempo, mejor dicho, del clima. Pero en realidad lo que pasa es que el clima condiciona nuestro tiempo y espacio, jamás comprendí mejor la idea de "estación". Como si fueras en un tren que para en distintos escenarios: cada uno te provoca una reacción física inevitable, casi un reflejo. La ciudad está teñida de rojo acorazonado, pero lo blanco impera. De hecho, los autos levantan la finísima capa de hielo que recubre el asfalto y causan una continua nevisca que el viento arremolina. Parece casi un chiste, una picadito fino que apenas te humedece. Y ése es otro factor importante: no siento humedad. Nunca pensé que esto me afectara. El mundo entero parece coincidir en que los climas secos son mejores y más fáciles de llevar. Pero yo siento que el agua es dura, se queda como pesado absolutamente formada sin dignarse a mojar. Hay que trabajar la espuma y mi carne parece un tasajo apachurrado.
Sin embargo, Candela la pasa lo más bien. ¿Es su nombre lo que la alienta de manera inexorablemente cálida? Llegué a su dorm luego de una caminata que acabó con mi sangre. Se detuvo, yo era una masa abrigada sin sentido. Candela bajó en pantuflas y remera de mangas cortas. Es verdad, en su habitación hacía calor, pero cuando salimos se abrigo con una pequeña campera, para mí, casi como si hubiera decidido salir desnuda. Fue raro verla viviendo acá. La veía desdoblaba, como si los idiomas que maneja fueran dos partes que permanecen sin mezclarse, agua y aceite. Ella estaba comodísima, igual que con el clima. Era yo quien veía dos zonas con límites. Borders.
Con Nacho anduvimos vagando. Nos alentaba el objetivo de comunicarnos con mi prima, pero se iba dilatando en el redescubrimiento de la ciudad. Casi todo lo que es cartel, es pantalla, se mueve de pronto y cambia. Nacho se quedó embelesado con los anuncios del menú de Mc Donald´s que simulaban los carteles hamburgueses de siempre pero en un momento el sandwich crecía, giraba, cambiaba su ángulo, se reunía con unas papas y una coca. En Times Square hay tantos anuncios y todos tan movibles que ya no hay lugar que no tenga un efecto especial, que no te diga algo. Y además tampoco se puede parar uno a intentar ver todo lo que se sucede, puesto que moriría congelado y delatándose un absoluto pajuerano.
Anduvimos saltando de afuera hacia adentro hacia fuera en un intento de no dejarnos avasallar por el hielo seco que se va apoderando de tus extremidades. Así entramos en la Biblioteca Pública de Nueva York y pudimos ver varias joyas. De nuevo, el interior de la Biblioteca que parece un palacio listo para un baile, con enormes faroles y luminarias de esas que las lamparitas imitan la llama de una vela. Una vez que te revisan para entrar, uno es libre de andar por donde quiera. Había una exposición de libros originales del 1500 y aún más antiguos. Había en especial uno que me llamó la atención: el que le dedicó Catalina de Medicis a su esposo, el rey Enrique II.
Día cualquiera 1
El momento antes
justo antes
de morir
¿si pudieras saberlo
si pudieras tenerlo
entonces qué
dejarte ir
sin resistencia
último abandono
el éxtasis supremo
presentido nunca
del todo
ido
escapado antes
de llegar final
the end
es posible?
y si llego sin saber
como siempre
sin dar aviso
no notice
ni siquiera
despedida
de la vida y en realidad
si abrís los ojos justo
cuando
los cerrás?
Ya escribí esto
justo antes pensé
el hijo que moría
que iba
cayendo en brazos
en pies en túnicas
en paños
en la niña madre
en su mismo par
o aún
más pequeña
aunque encima
él se deja
pasar
entonces
algunas palabras
no dicen
nada
"piedad" yo decía
"piedá" porque la d
no suena
soy muda, repetía
sin cesar
Señor,
te piedá
de nosotros
sin saber qué nosotros
nosotras
en todo caso
o todos los nosotros
de mí
colectivo sinsaber
qué piedad
(algo que da tu pie, que le pasa)
hasta cuando
ese segundo cuando
la vi
tallada
de piedra pulida y seda blanca
una novia perfecta
maravillosa
virgen mamá
muerta viva
palabra.
Día 7
14-2-03La vida de turista es como la de un paria de lujo. Si querés hacer pis o cualquier cosa, si tenés una urgencia sanitaria (yo suelo tener muchas, sobre todo después de desayunar o cuando estoy indispuesta), tenés que meterte en algún lugar más o menos limpio, para poder seguir haciendo lo que sea que estás haciendo (aunque sea simplemente "disfrutar"). Andar todo el día en calle es emocionante, pero tiene sus vueltas.
Ahora, por ejemplo, estoy esperando que Nacho salga del baño. Le va a llevar un rato. Por suerte, hemos descubierto un oasis para el callejero de Nueva York: la Biblioteca Pública. Hay calefacción, tiene teléfonos públicos cubiertos y con banquitos (¡es un lujo!, en el hotel teníamos que hablar parados y como te sale tan caro llamar, tenés que comprar una tarjeta que tarda millones de años en comunicarte, a veces, el procedimiento falla, una señorita te dice "Thank you" y te corta, tenés que empezar todo de nuevo; tiempo promedio de una llamada corta: media hora).Ahora estamos en el tren. Nacho me está haciendo escribir en mi cuadernito porque la compu está guardada. Espero que pueda llegar a pasar todo. Casi siempre me pasa que escribo y queda guardado, porque después no lo paso, y después, el momento ya pasó.
Casi perdemos el tren de nuevo. La primera vez lo perdimos para ir a Long Branch y la primera vez que fuimos a Long Branch, llegamos a Penn Station para averiguar cómo ir y apenas entramos, por los altoparlantes, escuchamos "pa pa pa and Long Branch", clarito al final de la enumeración. Nos fijamos en las pantallas y un tren que iba a Long Branch esta siendo abordado. Uno piensa (al menos si vive en Bs. As.) que sale más o menos a esa hora y no, acá sale exactamente a la hora anunciada. Y son horarios tipo 10:08, 9:11, en fin, no es que y cuarto o y veinte o algo como "más redondo". No, es esa hora y punto. Si llega tarde, también te lo avisan en el cuadro electrónico, si está "standing by" o "delayed" o "cancelled" o lo que sea que está , te lo comunican y uno tiene la completa seguridad (este "uno" obviamente me excluye) de que sabe dónde corno está el tren en cualquier momento.
La segunda vez que sí queríamos llegar a un determinado horario, llegamos hasta el andén y vimos que muy despacito el tren se iba alejando, casi como si estuviera parado, tan lento se movía y empezamos a correr (ya veníamos corriendo en realidad) y vemos que sí, que avanzaba, quizás pararía? quizás nos verían y pararían? Los únicos dos corriendo en el andén. Pero pasamos al lado de un guardia que nos dijo "Don´t bother, it ain´t gonna stop".
Día 8
15-02-03Parece que siempre estoy arriba del tren, pero sólo es cuando escribo.
Ya nos tocó otra vez el señor que hace chistes cuando habla por el altoparlante. Hace rimas al anunciar que llegamos a una estación. Algunas de ellas tienen nombres curiosos como "Red Bank" o bonitos como "Little Silver" (no puedo dejar de pensar en su traducción, "Pequeña Plata" o plata chiquita, o chiquita plateada, aunque esto no sería tan literal, pero se me ocurre que hay lluvias finitas color plata en ese pueblo"). Son dos estaciones con color. Después vien "Long Branch", rama larga, que verdaderamente suena mejor en inglés y me sugiere dos cosas a la vez: un puente (como de árbol caído, de leño aprovechado para cruzar un río far west) y una imagen fálica bastante grotesca.
Nuestro motel, recomendado por el Mr. Ferraina (que aquí pronuncian "fe r ina" (1), la r se pronuncia como si uno no pudiera verdaderamente decirla, no es de ninguna manera "erre", sino "r" que apenas suena), se llama "Fountains Motel", y no puedo dejar de pensar en Lolita cuando lo veo. No al principio del libro, cuando disponían de más dinero y entonces Humbert Humbert pagaba hoteles con cierta categoría. Más bien al final, cuando también va decayendo la relación entre ellos y empieza a sobresalir cierta sordidez, los hoteles se vuelven moteles (el cambio de una letra pone en juego un nuevo universo), y tienen esas oficinas donde generalmente no son muy simpáticos. La habitación no es fea, pero no sé cuándo fue la última vez que la limpiaron. Tampoco es un basurero, son los detalles. Ni loca apoyaría mi cepillo de dientes en el lugar donde se supone que debe ir (hay unas partículas bastante grandes por cierto y unas pelusas sospechosas). La bañera tiene unos caños en donde están las canillas que no sé para que sirven o sirvieron.
Además hay algo que sí me molesta mucho y es que apaguen la calefacción durante el día. Te despertás y cuando asomás la nariz para levantarte (que ya es bastante sacrificio) y el aire te golpea en la nariz como una gigante pastilla mentolada que te pone la piel de gallina. Así que tardamos bastante en salir de la cama, pero eso también tiene sus recompensas.
El guarda que anuncia las estaciones es un flash. Lo hace cantando, rimando, haciendo chistes. Pero acá nadie parece registrarlo. Nacho y yo nos sonreímos, pero los demás siguen como ensimismados. Lo mismo sucedió hace un rato, cuando un negro empezó a insultar al guarda, no sé por qué, no si el guarda le hizo algo o qué, agarré la discusión avanzada, cuando el guarda ya enojado le decía que volviera a dormirse, que se quedara tranquilo o que se bajara en la próxima estación.
Antes de subir al tren, fuimos a comer. Ayer nuestra cena (y en general, la alimentación de todo el día), fue muy precaria. Casi perdemos por tercera vez el tren por ir a comprar comida, pero yo me había empecinado en que tenía hambre y no iba a subir sin tener por lo menos algo para comer. Nacho, por el contrario, en situaciones en las que hay que hacer determinadas acciones (léase: llegar a cierta hora, subir al tren y acomodar el equipaje), se olvida de la comida. Pero estábamos dando vueltas desde la mañana, caminamos un montón y después tuvimos que hacer unas cuantas cuadras por Broadway hasta Penn Station con las mochilas a cuestas. ¿Por qué el equipaje, a medida que avanza el viaje, se pones más pesado? ¿No les pasa? Todavía no encuentro el punto medio entre "Voy a lamentar no llevar esto" y "Lamento haber empacado tanto". Me pregunto si existirá ese punto de delicado equilibrio. Debe ser como un éxtasis constante de placer.Hoy hay una manifestación contra la guerra. No parece que vaya a tener demasiada aceptación. Me enteré por Mercedes, quien es un canal alternativo de información (esto no quiere decir que el hecho no estuviera anunciado oficialmente, pero también está oficialmente "no autorizado"). El gobierno prohibió la marcha porque "no iban a poder asegurar la adecuada protección". Le dije a Mercedes: "Claro, los niños necesitan protección, que papá looks after them". Es que, verdaderamente, a veces los yankis parecen unos pendejitos sueltos en una gran ciudad. Hay algo muy llamativo en ellos: cuando los mirás fijamente y ellos encuentran tu mirada, te sonríen. Es rarísimo. Es una sonrisa amable, hasta cómplice, diría , casi como saludar a alguien en el ascensor. Pero esto es en plena calle, en cualquier lugar, y con un absoluto extraño.
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(1) Estoy pasando lo que está escrito en mi cuaderno. No puedo creer no haberme dado cuenta de esto antes. Estuve repitiendo como un loro este nombre mil veces, en castellano pero sobre todo en inglés, y es en la pronunciación inglesa cuando es casi exactamente el nombre de mi segundo libro, "Ferina". A todo esto, a medida que pasa el tiempo, me voy enterando de nuevos significados de la palabra. Como soy muy ignorante, primero pensé que la había inventado. Yo la había derivado de "feroz" en una mezcla con la terminación de mi propio nombre. De nuevo, naif como ninguna, pensé que había versionado mi propio nombre. Poco después (afortunadamente para no pasar papelones), me enteré de que la palabra tenía significado: es el nombre que se le da a una tos fuerte, asociada con una enfermedad pulmonar tipo tuberculosis (qué bueno, pensé, romántico, poético, enfermizo, polisémico). Más tarde, me enteré de que en inglés tenía otro sentido que ahora no recuerdo (no sé si era un insecto o un animal o una planta). Demás está decir que me perturba en sobremanera la coincidencia sonora del nombre de un supuesto futuro empleador, Superintendent of Public School of Long Branch, argentino con treinta de residencia en "america" y con una filosofía de derecha norteamerican-bushista, con el título de mi librito de poemas.
Día 916-2 o 2-16
Me acabo de dar cuenta de que la computadora tiene la hora de Argentina y dije, "Está mal". Hay dos horas de diferencia. Es increíble: uno toma el marco de referencia en el que está como la única realidad, o digamos, como LA realidad.
Hay días, también, que se prestan más que otros para escribir o para estar adentro. Nosotros, acá, no tenemos adentro, es siempre afuera, así que aprovecho los momentos de adentros transitorios para escribir. Estar a cubierto significa también tener una temperatura que te permita moverte cómodamente, sin las capas de ropa extra que te ponés para andar. En las últimas horas, con siete grados bajo cero, me sentía una especie de robocop con movimientos retardados, por ejemplo, para girar la cabeza. Es bastante peligroso tener sólo los ojos sin tapar en la cara y todo lo demás cubierto de lana, porque para ver si vienen autos en una calle uno tiene que moverse entero, dar vuelta todo el cuerpo, ya que si no, lo único que ves más o menos con claridad es lo que va adelante. Esto era la nieve. Primero, cuando salimos del Whitney museum, era una nevisca, yo decía que era como si las partículas del aire se hubieran congelado. Eran piedritas finísimas que cosquilleaban en la partes insensibles expuestas a la interperie (puntita de la nariz, ojos, labios). Después, las piedritas comenzaron a inflarse, ya se parecían más a copos, pero no tan redondos. En realidad, no sé si existe el "copo", ¿no tendría éste que ser perfecto, redondo, pulposo? Al menos, su palabra lo sugiere, suave y plumudo, como el copo de algodón que se vende en las plazas. Pero la nieve no cae así. En todo caso, eran unos copitos desnutridos aunque bonitos que primero caían vertical y armoniosamente. Nunca había visto el momento en que empieza a nevar tupido, cómo el paisaje se transforma en pocos minutos. Era de noche y todo gris oscuro, con las luces definidas y de repente, el blanco empieza a ocupar cada rincón, en la calle, es una alfombra suave extendida que vas marcando a medida que caminás (no puedo dejar de pensar en la arena, y de hecho, muchas veces digo "arena" en lugar de "nieve"). Los autos empiezan a uniformarse de blanco, a surgir de la calle pero como nacidos de ella, de su misma materia blanca. Por momentos, parece azúcar, con la misma consistencia granulada y fina. Supongo que puede ser eso lo que hace que la nieve traiga una reminiscencia infantil: una ciudad fantástica, simplificada en sus formas, suave, con ilusión de nube, vestida o tapada de un brillo absoluto e ineludible. Por todos lados, el aire mismo, tiene cualidad de tela, de sábana densa de terciopelo claro, clarísimo, eso es la nieve, un terciopelo blanco y fresco, dulce de caramelo. La sensación de pluma también es fuerte porque cuando te toca la nieve no moja, se apoya suavemente, casi flota, y uno la puede espantar con la mano si no quiere que pronto crezca una manchita de agua. La nieve se transforma. Es una gran metamorfosis, porque consigo arrastra todo lo que la rodea, lo que ella misma abraza, lo que sirve de base para su evolución. Al principio, la nieve se presiente en el cielo. Yo no lo sabía (no conocía este presentimiento) y pude darme cuenta luego de ver nevar varias veces. Desde la mañana el día parece cargado de gris, pero en realidad, es una acumulación insoportable de blanco. Tanto blanco en el cielo lo hace rebalsar y volverse contra sí, adoptar un contorno, una densidad que necesariamente tiene un reborde oscuro. Es raro, uno siente que algo va a rebalsar, igual que con una tormenta de agua, pero con un color distinto y con un tiempo distinto. La lluvia se desata, estalla, en general. Es verdad que a veces puede ser finita, pero es rápida. La nieve, en cambio, se va desenvolviendo, redondeando, y se puede seguir con la mirada su trayectoria sin perderse ni un momento. No puede confundirse con el aire, no dejar entrever el otro lado, por eso su cualidad de tela o telón, por eso la radical mutación del espacio que toma. Nosotros, casi las únicas dos personas caminando en Nueva York, éramos dos muñequitos. De repente, giro con todo mi cuerpo para mirar a Nacho (esto es una operación completa que requiere varios segundos), y había perdido sus contornos, una capa blanca lo adornaba y lo hacía brillar, un oso de nieve. Su gorro violeta fosforescente y el verde de la campera parecían los atributos clásicos para humanizar la creación nívea. En un segundo me pareció que había surgido un nuevo mundo y nos estábamos transformando para estar acordes con él. De juguete, irreal, inmóvil. Los extraños que se movían éramos nosotros. La nieve seguía su camino: de pelusita como sacudida de la nube, como recién agitada, pluma, o cabello de hilo casi transparente (Edward scissors hands), iba creciendo, engordando hasta aproximarse más a la idea de copo, cumpliendo su objetivo de conquistar al mundo. Disimulada, graciosa, cauta, intrépida, imparable y perezosa, va cambiando lo que toca como una reina despreocupada del oro. El tiempo, por lo tanto, también se ve alterado. La ilusión es que no pasa. Los relojes dejaron de andar, sus manecillas, congeladas, el segundero titilando en el mismo lugar sin poder avanzar. Las luces, rodeadas del aire denso, espumoso, se desdibujan en una aureola que recuerda a las imágenes de los santos y vírgenes, que termina siendo una especie de sombrero circular o de cinta de raso refulgente.
Sacamos el paraguas porque la nieve estaba empezando a meterse por todos lados, como es su costumbre si no se lo impedís. Pero creo que el paraguas, muy pequeño y absolutamente negro, fue más un colaborador del paisaje que de nosotros. Si hacía falta algo para que lo surreal tomara pleno control, bueno, el paraguas lo había solucionado. La máquina de coser tampoco debía estar lejos. De hecho, un botón gigante enhebrado por una aguja de las mismas inmensas proporciones, se levantaba entre la nieve en el Fashion District.
Nosotros íbamos camino de Penn Station. Cuando salimos a Broadway pudimos ver que la vida sobre la tierra seguía existiendo, como en pozos de civilización, en Times Square, el tiempo, quizás por su mismo nombre, se mantiene encerrado, sin nada que lo perturbe, continúa creando su ilusión de continuidad y las personas se agitaban y patinaban y congelaban caminando rápidamente para llegar a algún lado. Ahí fue cuando supimos que necesitábamos apurarnos si queríamos tomar el próximo tren, y pasamos a formar parte de esa vida con olor a comida grasosa y a pastry con exceso de manteca y a café un poco ácido a esa hora. Era la zona (cuadrada y delimitada) del tiempo. Y tuvimos que correr entre la nieve ya muy pisoteada y cayendo como un olvido sobre nosotros.
Día 11Todavía no tengo decidido ni muy organizado cómo voy contando los días. En cuanto a los números, está bien. Empecé con el día 0, mientras estaba en el avión. Pero qué día estoy contando cuando escribo, bueno, eso va variando. Hoy, por ejemplo, quiero referirme al día de ayer, en el que se podría decir que no hice nada, pero claro, eso es relativo (relativo a cómo se siente el paso del tiempo, si yo siento que de alguna manera me sirvió, aunque fuera estar tirada en la cama comiendo y mirando tele, ya está, fue un día muy útil). Supuestamente, ayer, día 10, teníamos que realizar algún tipo de recorrido por Long Branch. Era algo que veníamos intentando hacer, o postergando, buscando el momento más oportuno (creo que todos sabemos a que lleva esa propuesta interna), y finalmente, había quedado para ayer. Era la tarea o la misión del día. Cuando nos levantamos, corremos la cortina y vemos que una cantidad de nieve desproporcionada a la que veníamos percibiendo y atravesando, prácticamente la puerta y había tapado la sección inferior de la ventana del cuarto. Mi primera reacción fue de felicidad: era la primera vez que experimentaba la sensación de vivir en un iglú. Y era muy cozy, como dicen acá, una mezcla de calentito y pajero, de qué bien que estamos acá con todo este hielo afuera, con el invierno polar azotando nuestra ventana. En fin, me causaba curiosidad, sólo con el piyama abrí la puerta para deslumbrarme de la cantidad de blanco que había. Si antes había pensado que todo estaba cubierto, ahora me daba cuenta de cuánto faltaba. Los autos que estaban estacionados tenían literalmente una montaña como de 20 cm encima, con los vidrios casi por completo tapados y los neumáticos también. Mientras escribo esto, voy camino a Nueva York en el tren y estoy viendo pasar un río gigante con enormes bloques de hielo, algo así como si fueran pequeños glaciares, pequeños porque son chatos, pero tienen una gran superficie. En definitiva, apenas se ve el agua, que asoma como una mancha oscura por debajo. Lo que se ve parece una gran galleta de azúcar impalpable que tuviera caminos de grietas crocantes.
Después de la primera y fugaz incursión en el más allá níveo de la habitación (cerré rápido porque el viento empezó a hacerse sentir y además tampoco había tanto para mirar al aire libre), decidimos que ya que nevaba así, podíamos dormir un rato más, que bien merecido nos teníamos quedarnos hasta tarde en la cama algún día, y que ésta era nuestra oportunidad. La cama, bajo las condiciones descriptas, era el mayor de los placeres. Debo enfatizarlo: quedarse en la cama puede ser lindo, pero esto era hermoso. Primero, estaba calentita de toda la noche, y no con un calor extremo (a veces pasa y no te podés dormir por el sofocón, sobre todo por estos lares donde les encanta tener una calefacción para andar en t-shirt, lo que me parece al pedo, porque es tan irreal que produce una división extrema y desagradable entre adentro y afuera, para salir hay que vestirse de nuevo y ubicarse en que el clima no es tropical), la cama tenía una tibieza de nido justa para el retozo matutino. Segundo, no recuerdo haber tenido una cama tan grande nunca. Digamos que cuatro personas gordas (de esas que tuvieran el peso promedio de acá) entrarían cómodas cómodas. Así que yo podía estirar toda mi pierna, moverla para arriba y para abajo, abrirme en tijera o en cruz con los brazos incluidos, y aún así tampoco estaría perturbando a Nacho, quien tiene la extraña costumbre de enrollarse en un extremo de la cama, bien al borde, como si durmiera en el límite. Por eso era muy gracioso vernos cuando recién nos despertamos, porque estábamos los dos en una de las fronteras de la cama, Nacho del lado externo, y yo pegada a él como si no hubiera más lugar. El resto era como una gran llanura desaprovechada, bien desierta y argentina.
Cuando al retornar de mi breve excursión al mundo polar, me sumergí en ese océano de superficie floreada y blancura interior, sabía que el día iba a ser bastante distinto a los que veníamos viviendo.
Como a la 1 decidimos levantarnos. Hubo que tormar fuerzas y hacer valer la resolución, cuando uno flaqueaba, el otro debía apuntalarlo. Corrimos la cortina y el panorama, ahora, nos dio un poco de pavor. Al parecer, no había dejado de nevar. El estacionamiento del motel estaba completamente cubierto, al extremo que en los bordes podía verse la cantidad de nieve que se había acumulado, por lo menos, un pie. El camino hacia las habitaciones y fuera de ellas, estaba obstruido por una blanca cadena montañosa, atravesarla implicaría hundirse hasta por encima de la rodilla. La parte inferior de la ventana ya no presentaba una delicada capa de nieve, sino que estaba congelada por un hielo grueso que reflejaba un color gris. Después de unos instantes, vimos salir a un pobre señor con gorra de cazador, esa que tiene orejeras y que tanto gustaba al personaje de " The catcher in the rye", que llevaba una enorme pala cuadrada, dispuesta a despejar algún sendero. Dejamos la cortina un poco descubierta, nos sentamos con un poco de estupefacción en la cama y prendimos la tele (que no tiene control remoto, lo pueden creer? en Estados Unidos, que todo se activa a distancia, no había control, una vergüenza y además una pauta segura de la clase de motel en el que estábamos). Pusimos uno de los canales de noticias (hay para elegir) y vimos que estaban cubriendo el evento climático del año, "Blizzard 2003". Había cuadros exactos con alarmantes mediciones de la nieve caída, en la parte inferior de la pantalla una cinta continua pasaba los datos sobresalientes del tema, a saber, aeropuertos cerrados, escuelas cerradas, servicio de colectivos suspendido, trenes con demora, un muerto y varios heridos, reportes de choques masivos en las autopistas que se estaban cerrando. "Stay inside, don´t go out except that is absolutely neccessary. Be careful with the children, if they want to play in the snow. Don´t shovel yourself because it´s a very hard physical work". Anunciaron o predijeron, no me quedó claro, varias muertes por ataques al corazón. Aparentemente, la nieve no es una presa fácil de apalear. Puedo decir con conocimiento que esto es verdad. Yo apaleé nieve en la puerta de entrada de la casa de Jorge, que vivía, salvando las distancias en un suburbio similar al de Long Branch (son todos iguales en realidad). Es cierto que quedás extenuado, entre el frío que te congela los miembros que estás usando y el calor que empezás a sentir por dentro, terminás con una agitación como de haber corrido una maratón (y estuviste como un tarado diez minutos en la puerta de tu casa). Pero tampoco pensé que había que advertirle a la gente sobre esto porque apaleaban hasta morir.
Sigo después de una gran interrupción. Bajé del tren y ahora estoy en la Biblioteca Pública de Nueva York, único lugar decente desde donde puedo comunicarme via virtualmente con el resto del mundo. En cualquier café, es un robo y sólo para estar media hora, una hora ya es un lujo asiático y nosotros somos sudacas one hundred per cent.
Creo que ayer no habríamos salido de la habitación en todo el día si no hubiera sido por la comida. La noche anterior habíamos comido escasamente, en realidad, venimos comiendo con bastante frugalidad. Además de lo caro que sale todo, nos pasamos con los horarios. La vuelta a Long Branch la emprendemos a la hora de la cena, pero nunca pensamos que cuando lleguemos no va a haber nada en la mini heladera del motel, que va a estar tan sola y fría como la dejamos a la mañana. Suele suceder entonces que a las 11 pm me estoy cagando de hambre y me pongo de mal humor y mando a la reputa madre a todos los suburbios pedorros de los estados unidos de fucking américa.
También hay que aclarar que por comprar comida varias veces perdimos el tren y terminamos llegando muy tarde a Long Branch con consecuente malhumor de mi oso acompañante.
En fin, nos abrigamos como equecos peruanos en busca de la abundancia y salimos. Tenemos que hacer como unas diez cuadras, bien largas, hasta la estación, porque la calle de enfrente es la única que posee comercios (unos cuatro lugares para comer o comprar comida y otros bastante peculiares, como una florería y una especie de agencia amorfa de viajes que tiene un cartel grande que dice "Se habla español"). A la hora que salimos, como las 2 pm, había alguna gente en la calle, en realidad, tratando de abrirse paso hacia la misma desde sus casas taponadas por la nieve. Frente a nosotros desfilaron una serie de apaleadores masculinos (vi una sola mujer que sacaba la nieve de manera original, con una especie de baldecito en vez de usar pala) que destrababan senderos y autos. Lo más triste, quizás, es que seguía nevando fuerte, sin ganas de parar, y ni bien terminaban de despejar una zona, cuando la nieve volvía a hacer una simpática alfombrita nueva.
Llegamos a la calle de la estación y nos encaminamos trepando toda clase de montañas heladas al supermercado que queda en la otra punta de la que estábamos, ni siquiera se divisa desde ahí, y con la nevada que estaba cayendo, nada se veía, solo una masa amorfa de gris flotante. Queríamos ir al supermercado tipo Carrefour que ya habíamos descubierto, como para aprovisionarnos de algunos snacks básicos y comida, claro. Pero estaba cerrado. Llegamos y estaba cerrado. Comencé a lamentar mi risa del día anterior cuando el noticiero cubría la escapada de la gente al supermercado para abastecer su alacena. Me pareció una exageración, ni que fuera a estallar la guerra (!!!!!!!!!!!). Pero evidentemente yo era la desubicada.
Terminamos en la marketa de Apu, que quedaba justo donde habíamos desembocado en primer lugar. No es una comparación literaria lo de Apu: el lugar y los que atienden son exactamente iguales al dibujo simpsoniano. Por eso nuestra reticencia, ya que la comida suele tener varios días. Pero compramos sopas, papas fritas, pochoclos y pastelillos dulces (todo muy sano, excepto lo primero) y pedimos unos sanguches con los que Apu ganó para siempre un lugar en nuestros corazones.
El resto del día, cuando finalmente logramos volver y entrar en nuestra habitación, se desarrollo sin mayores aventuras que la muerte de nuestra calefacción. Tuvimos que juntar nuestros desparramados petates y mudarnos a la habitación de al lado. Ahora estamos en la 115 y si llamaron a la otra, como la hermana de Nacho, bueno, por eso no contestábamos.
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Día cualquiera 2
Si lo pierdo todo
si me parto en mil pedazos y ninguno
encuentra al otro
en el sur y en el norte
en el orto del mundo pequeñito
que tengo
que creo
tener
viviré por siempre pobres
las palmas al cielo vacías
abiertas con clavos sin sangrar
solo el agujero
oscuro seca
cicatriz
meretriz
de esta suerte?
Te apuesto
el sueño americano
apuesto
buenmozo
hand some
help!
I bet you that
I have no idea
I have no clue
I have no name
that I can say
without hesitate
no word superword
superstar of mine own
only
solo que es tan fácil
la rima
en inglés
karina
rhyme for ever
y podría quedar así
sencillamente
una rima
p l e n a
f u l l l l l l l l
sin nada
no ornaments
porque ya habría perdido
todo lo que suponía
tener
creo
quizás
mentira
I have no legs
decía la canción
no decía
que no
se movía.
Karina A. Macció