Diego Manso

 

 

 

 

 

 

Anunciación de Marcelo

 

 

Como un disco acabado
que gira y gira y gira
ya sin música
empecinado y mudo
y olvidado.
Bueno
así.

Idea Vilariño


    Frente al espejo, Bico jugaba al bowling con los dientes y la lengua. Yo estaba parado detrás suyo, viendo caer sobre el mármol los huesos amarillentos de sus maxilares. Ahora sí se parecía a un dibujo de Schiele, sonriéndome a través del reflejo con ojos de chow-chow en celo.
    Volví del ácido y allí estaba él, sentado a mi lado en el suelo, armando un cigarrillo con esos dedos torpes que tenía y que tantas veces intentaron tocarme más de lo convenido. Yo había encendido la pipa antes de preguntarle por sus dientes. El atinó una mueca deforme y comprobé que los tenía tan sucios de tabaco y pizza ugi’s como siempre. “Estás bajando, boludo”, necesitó decir. A esta altura de la noche, sus exégesis innecesarias ya rozaban la perfección absoluta.
    Nos fuimos caminando del brazo por Humberto Primo. Bico aullaba los versos de Contramarca mientras yo simulaba los quejidos de un bandoneón. Entonces encontré la piedra. Caí de boca contra la calle llovida. Un hilo de sangre quería ser arroyo en una de las hendiduras del empedrado. Bico me levantó como pudo, tironeándome las rastas. “Hijo de puta”, balbucí. Y él se rió como un caballo en tanto me ofrecía un kleenex para limpiar la herida.
    Lo cierto es que no pude imitar más al bandoneón. El resto del camino transcurrió entre mis lamentos y el popurrí arrabalero de Bico. “¿Te duele?”, preguntaba a cada rato. Y yo, en sistemática respuesta interna a la misma pregunta, recordaba el caballito de batalla de Marcelo: “Todo es cuestión de hermenéutica, ¿viste?”
    En el baño de La Giralda me limpié la sangre con el agua de un mingitorio rebalsado. De pronto sentí que de allí en más todo iría bien. Nada que ver con cicatrizaciones ni coágulos: ese líquido infecto me representó no sé qué rito bautismal contemplado en un documental de la BBC años atrás. Escupí en la bacha y volví a la mesa.
    - La fuerza domesticadora de lo pequeño -, remarcó Bico a la luz del hexagrama. Se conocía el I-Ching de memoria, no precisaba consultar terrible mamotreto a la hora de descifrar las líneas del dibujo.
    - El trazo yin, el trazo yang. Yinyán, buena idea para una marca de chicles.
    Todavía era temprano. En realidad siempre era temprano. Hacía varios meses que la palabra dormir no figuraba en mi vocabulario. “¿Probaste con flores de Bach?”
-         ¿También tenía invernaderos? Creí que sólo hacía música.
    A Bico nunca le gustaron mis chistes. Tal vez fueran malos, lo reconozco. Pero una carcajada de cortesía resulta atinada de vez en cuando.
    - Dice que te concentres en conseguir aquellas cosas que están a tu alcance, que no te comprometas en empresas que de antemano sabés inalcanzables -, concluyó.
    - Tu maestro chino la tendría muy clara, pero su sabiduría no me hace mella. ¿Adónde estaría yo si le hubiese dado importancia a los vaticinios que
    Me interrumpió. “No son vaticinios. Además, tu posición actual no es lo que yo llamaría “de privilegio”. Solo como un perro y con la boca partida al medio. Sos grotesco.”
    Empecé a llorar. El mozo me alcanzó un repasador y se lo llené de mocos. Miré el reloj de la pared, espié de refilón el calendario que se bamboleaba bajo un ventilador. Eran el día y la hora. La anunciación de Marcelo habría comenzado.
 
* * *
    Como en una de esas estúpidas canciones folclóricas: el rancho perdido al fondo del monte, sentado en un banquito rengo, esperando a mi gaucho con el mate calientito. La diferencia es que a mí el mate se me enfrió hace rato.
    Otra vez la alarma del reloj. Suena y la cabeza me baila hip hop arriba del cuerpo. Que está quieto el cuerpo sobre el colchón sin sábanas con aureolas de café y meo. Bico entra y dice que ayer me comporté como un pelotudo. “Sencillamente”, recalca. Entonces ni siquiera le pregunto si trajo algunas botellas, ya veo como viene la mano. Se sienta al borde de la cama y alisa los pelos de mis piernas: “ponete un calzoncillo al menos”, aconseja en su rol de idishe mame. Y yo me rasco las pelotas solamente para embroncarlo.
    Le pregunto si se acuerda de la cuando nos drogamos con nuez moscada siguiendo las instrucciones de William Burroughs. Él campea una perorata acerca de la filosofía beatnik exclusivamente para entrenados. Para entrenados en sus peroratas, no en filosofía beatnik. “A veces pienso que deberías expurgar esa mayéutica pajera que tenés”, bromeo. Bico me mira con ojos de perro chino y replica que sí, que se acuerda de cuando nos drogamos con nuez moscada. “Fue una experiencia adverbial”, comenta.
    Aquella tarde nos acomodamos frente al televisor a mirar un capítulo repetido de los X-Files mientras diluíamos en polvillo en agua. Estábamos pasados de rosca. Habíamos transformado tres días en uno solo y a la larga se notaba, aunque ninguno se atrevía a reconocerlo. Bico tuvo la idea del experimento. Andaba de un lado a otro con El almuerzo desnudo bajo el brazo. Hasta le leía pasajes a los mozos de Pernambuco.
    Según Burroughs, los indígenas sudamericanos se daban sus buenos saques con la sustancia, caían en estados convulsivos que luego eran interpretados proféticamente. Nosotros nos olvidamos de ese punto. Quizá tuvimos alguna actitud premonitoria, lindante con lo esotérico, pero no le llevamos el apunte. “No hagamos eso nunca más. Es inseguro”, recapacita Bico.
    El cuarto aparece en perspectiva, como una de esas láminas que preparaba durante el secundario para las clases de dibujo. Le digo a Bico que su nueva apariencia – punto de fuga resulta admirable. “Sencillamente”, recalco. “Ni se te ocurra mover un dedo.”
    Visto el cuarto de esta manera, caigo en la cuenta de lo fetichista que soy. No tengo siquiera una foto carné de Marcelo, y sin embargo aparece por todas partes. La camina roja colgada en la silla, por ejemplo. La llevaba puesta el día que lo conocí, no me atreví a lavarla. Algunos poemas que copié en las paredes. Las botas turquesa de gamuza arrumbadas en un rincón: a Marcelo le gustaban, no pude volver a ponérmelas.
    Bico me golpea un hombro. “¿Te preparo algo de comer?”
-         Ni se te ocurra mover un dedo -, repito.
* * *
    Volviendo al tema. Revolviendo cajones encontré una carta que le escribí. Habérsela entregado hubiese anticipado el desastre. Dice:
“Querido Marcelo:
Guardo esas cosas tuyas que no sabés que son tuyas. ¿Cómo es posible?, te preguntarás. ¿Acaso tenés cosas fuera del inventario? Claro que sí, chiquito. Yo soy el que las conserva. Para que no te quepan dudas, paso a enumerarlas antes de que se acabe Lust for life.
    Carozo de aceituna que dejaste sobre una servilleta en Los Inmortales.
    Boleto del 132 que tomamos el veintisiete de febrero a las doce cuarenta y cinco.
    Pañuelo de papel con el que te secaste el semen del ombligo.
    Colilla de jockey club que recogí de la vereda mientras fingía atarme los cordones.
    Chicle que abandonaste dentro de un cenicero.
    Pastilla de mentol ídem.
    Recortes de barro seco escapados de tu suela sobre el parqué.
    Restos milenarios de una tuca que robé de tu pipa tallada.
    Huellas dactilares en un disco de Gloria Gaynor.
    Cuatro pendejos que te arranqué del pubis.
    (...)
Se acabó Lust for life
* * *
    Cansina, rotamente caminábamos la niebla. Yo llevaba la campana de vidrio atorada con luciérnagas. Que se encendía y apagaba en una intermitencia alucinante. No teníamos país, y sin embargo recorríamos las callejas de un mundo fisurado a nuestro nombre. Buscábamos a lo mejor una esquina plácida donde masturbarnos mutuamente con el pensamiento engrapado en hombres sin rostro, sin miembros, existentes porque sí y no me hagas más preguntas que se me corta el polvo.
    Digo la campana de vidrio y las luciérnagas que Marcelo cazó para mí no sin antes advertirme que morirían enseguida. “Se acabará la luz cuando menos lo esperes”, sentenció. Y fue así como a mitad de la niebla Bico interrumpió Contramarca y me juntó del suelo forcejeándome las rastas.
    Una puta se rió del incidente. Y nosotros supimos que era una puta por el color de los labios y la frondosidad de sus ingles impúdicas. “Che, bandoneón, tocate algo”, gritó más ramera que nunca mientras Bico pasaba un kleenex por mi boca de sangre. Pensé un insulto que descarté por obvio. A esa hora de la noche no hay mujer vulnerable a los improperios. A esa hora las mujeres son, sin dudas, postes trillados a la vera de un cantero. “Que te den por el culo.”
    Cuán lejos estábamos de nuestras respectivas camas, cada una con su colchón y su fragancia. Dormir se había convertido en un trabajo impreciso, arduo y sin la recompensa habitual de sueños. Más ahora que la anunciación de Marcelo rondaba mi mente y aledaños. Entonces continuar de pie, dándole manija a la agripnia, el logos y las praxis unificados.
    Trabajo no hay. Las épocas de estudiante se petrificaron en un título ampuloso que ni yo sé qué significa. Los padres llenaron las maletas y se largaron en busca de tierras incógnitas. Aun quedan los hermanos, encerrados en el cuarto del fondo, ahogando con almohadas sus contraflores y falta envido. Sólo Bico permanece junto a mí luego de que Marcelo regurgitara las despedidas y se despachara con toda esa historia de la anunciación. Mierdas afines.
    Por eso en La Giralda Bico me acaricia el brazo cuando lloro, le lleno de mocos el repasador al mozo. Suena la radio y te esperé bajo la lluvia dos horas mil horas como un perro que perdió la sarna y las partituras del conservatorio. Amén de esas reputas ganas de que Lou Reed me cantara al oído que este es un día perfecto para beber sangría en la placita Almagro.
    “Extraño el útero, Bico. Mi vieja se casó preñada a pesar de sus dotes santurronas.”
    Bico se apoya en la vidriera. Concluye que por Corrientes siempre pasa la misma gente. Que todos tienen el pelo pintado del mismo color.
    “Verde como la yerba que mamá fumaba mientras me alquilaba el útero. El desalojo llegó precozmente.”
    “Atate el pelo que no se te ven los ojos.”
* * *
    Me das asco Marcelo muerto como estás alfeñique de pus bijouterie de sangre muerto durante la anunciación el mandato de ouija no me dijiste que la moto te callaste mientras me empujabas a la ceguera de un camino que recién amaneció en Plaza Italia con lágrimas y una caja vacía de fasos kent super lights a la deriva la anunciación que no explicaste sólo la ouija el tablero los números el alfabeto un muerto que parla Ramsés Segundo ignoraste la moto o no sabías la moto ahora descerebrado sin habla si souvenirs de una noche romántica donde jamás culeamos por la sencilla razón de que no tengo consuelo mucho menos ahora que te moriste que salió tu moto hecha lata en la portada de Crónica yo no sabía que de eso se trataba al fin la anunciación ni que el tablero de ouija contenía tantas verdades me das asco te dije asco porque es la primera vez que veo un muerto tan de cerca a mi abuelo no lo quise ver amortajado como vos pero más viejo veinticuatro años tenías te mató un camión de manliba o te estrellaste contra porque quisiste la anunciación es un pedazo de mierda que hiede como vos hedés a mierda flacuchito pelo largo un símbolo de paz entre las tetillas un collarcito de fideos tu traición no fue dejarme fue morirte fue la anunciación el tablero de ouija las flechas de San Sebastián que te inventaste quisiste ser San Marcelo Bico tiene razón cuando dice que eras más drogón que los drogones y eso que Bico y yo somos bastante drogones te aplastó la basura del camión los estigmas patrios escudos banderas escarapelas himnos que tarareaban las maestras gordas con su pelo verde me das asco recalco hay manos tramposas viaductadas por venas kármicas Bico te tira el I-Ching posmórtem “el acercamiento” bonito hexagrama si estuvieras vivo pero muerto estás te tocó por una vez el huevo podrido se lo tiro al distraído ya no leerás libros que te preste ni me devolverás libros prestado ni seremos amantes ni nada los gusanos llegarán inevitablemente harán casita en tu ojete inmaculado era lindo chuparlo muerto como los muertos más muertos qué sucederá con tu suscripción al Correo de Unesco qué sucederá con la foto de Morrison que pegaste a la pared montado en una motocicleta y desfallecido castrado de respiración garabateado con heridas que quieren hablar anunciación es una palabra que suena a otras cosas a sirenas pero no de ambulancias a gritos pero no de dolor Bico me pregunta si leí la Biblia un gargajo sobre ese libro puto sí leí la Biblia algunas veces en el baño porque es más cómoda que el Clarín me das asco vos y tu muerte entre latas de mountain dew y honda xr nadie prepara un réquiem en tu honor te lloro y te beso la boca fría pegoteada no se puede abrir no volveré a sentir tu lengua te adoro tus ojos lloran plasticola no huelas así que tu perfume era otro el mosquitero te sienta mal las moscas verdes te sientan mal quisiera suicidarme como vos quizás lo hiciste es tarde te quiero te extraño te asco me das asco y vomito a tus pies se tambalea el cajón te limpiaron la sangre no encuentro sangre por ningún lado la moto el cielo negro de tanta noche amontonada quisiera llevarme algo tuyo los mozos de La Giralda son mala gente y deberían ocupar tu lugar ahora te llevan antes vinieron con electrodos a soldar la caja barata Bico me abraza me da un kleenex siempre tiene kleenex me sangra la nariz saco bichos por las uñas tengo frío Bico me pone su suéter no sé qué haré cómo arribaré al consuelo nunca lloré por cosas iguales a una muerte podrido estarás fresco y luego reseco como suelen los cadáveres no me dijiste de la moto el crash pensé que la anunciación era otra cosa.
* * *
    “Tu sobaco huele a pizzería”, dice Bico y retira la nariz del lugar, repelido. “Si al menos entendieras cómo te quiero”, medita tontamente. “Si al menos te bañaras...”
    Es increíble cómo cambiaron las cosas en media página. De hecho, el cuarto es el mismo desde la misma perspectiva antojadiza donde los mismos dos tipos practican imbéciles deportes verbales que nadie se arriesgaría a interpretar. Por lo menos hay un poco más de whisky y algunas florecitas adornando y alguna melodía gospel perdiéndose en el cielorraso.
    “Algunas actitudes mías no tienen nombre. Quiero decir, “actitudes” es una nombre que les queda chico. Esto que hice por vos, por ejemplo”, razona Bico. “¡Profanar una tumba!”, se admira.
    Le pido que se calle. “Callate, Prometeo, y dame fuego.” Me enciende el cigarrillo con los restos de un zippo que fuera muy lindo. “Habrá sido el último favor que te pida”, le prometo. Entonces vuelve a ser un chow-chow y yo me quedo tranquilo por un rato.
    “¿Cómo es el cementerio?”, pregunto. No se me ha derramado una sola gota de daiquiri.
    “Superpoblado de muertos, imaginate. En medio de la oscuridad me costó encontrar a Marcelo”, relata Bico.
    “¿Dónde está Marcelo?”
    “Al fondo de todo, de cara al cielo. Tienen un agujerito las tumbas para que los muertos puedan mirar el cielo. Cuando llueve gotea pero se la aguantan.”
    “Yo también te quiero, Bico.”
    Entonces él le quita el papel de diario a la lápida. Es un pedazo de mármol blanco, tallado con el nombre completo de Marcelo. 1971-1997 escribió alguien. Que en paz descanse, escribieron también. No fue fácil robarla, acota Bico. Claro, el cementerio de Flores es muy negro de noche. Aunque de día es negro y la gente no lo nota.
    Soy tan cursi con la lápida entre mis manos. Leo el epitafio, para que Bico se entere: “Fue feliz mientras pudo”. La madre no se rompió demasiado la cabeza al redactarlo. Seguramente estaba recordando los cinturonazos que le dio de chico.
    “¿Dónde la vas a poner?”, pregunta Bico. “Al fondo de todo, por supuesto”, respondo.
    “Ya veremos cuando venga María Juana a quitarnos las penas”, remata Bico, posterior a mi bostezo. “¿No te dan ganas de llorar?”
    Hace frío y el llanto se congela en un territorio indeterminado del ojo. Siento el hielo prendido en alguna zona, como con ganchos. “Quizá cuando esté solo frente a la lápida. La tendré por siempre, aun hay tiempo.”
    Bueno sería intentar una fogata sobre la alfombra: quemar los libros y la ropa. Bueno sería pegar unos cuantos alaridos: ¿alguna vez pegué un alarido de veras?
    “¿Por qué no vamos a la bailanta, Bico? Movemos un poco el culo y de paso nos levantamos un par de gronchos.”
    Todavía hay tiempo para llorar sobre la lápida. Marcelo sabrá esperar.
    “¡Avemaríapurísima!,  ¡te sale sangre de la oreja! Tanto escucharme, Bico querido. Te quiero mucho a pesar de que nunca me hayas confesado cómo te llamás en realidad. Bico es un apodo hermosísimo. ¿Nunca te lo dije?”
    Marcelo está mirando el cielo por el agujerito del cajón que pasa por el agujerito de la tierra. Porque lápida ya no tiene. Pronto le pondrán una nueva.
    “¿Por qué no te quitás los calvin, Bico? Una dos tres cuatro veces te vi desnudo nomás. Tenés un buen trozo. ¿Nunca te lo dije?”
    Las florecitas del jarrón son para la lápida. Bico no advierte que son de plástico, que no se marchitan. “¿Las flores de plástico no se marchitan?”
    “Marcelo era medio sádico. Quería que le tire del pelo, que le arañe el estómago, que le arranque pedazos de barba mientras curtíamos. ¿Nunca te lo dije?”
    Para navidad Bico quedará exento de regalarme nada. Con la lápida ya está hecho. Estará vacío debajo de mi arbolito.
    “A veces quisiera pegarme un tiro. Matarme lisa y llanamente. Nuestra cultura no avala el suicidio. ¿Marcelo se suicidó? La historia de la anunciación parecía coherente. Yo nunca pensé que la anunciación se trataba de su cuerpo hecho papilla contra un camión de basura. A veces quisiera pegarme un tiro. Matarme lisa y llanamente. ¿Nunca te lo dije?”
 
De “La rabia en el vientre”

 

 

 

 

Diego Manso nació en Buenos Aires en 1976. Publicó La rabia en el vientre (La Bohemia, 2001), libro que presentó en Zapatos Rojos.


...más textos del autor

...más poesía De-géneros

Volver a Inicio de Poesía De-géneros