LA VIDA FUTURA (The Life to Come)
1. NocheEl amor había nacido en algún lugar del bosque, y sólo el futuro podría determinar su condición. Trivial o inmortal, había nacido en dos cuerpos humanos como un grito de medianoche. Imposible decir de dónde había salido el grito; así de oscuro era el bosque. Ni en qué mundos resonaría; así de vasto era el bosque. El amor había nacido para bien o para mal, y su vida sería larga o breve.
Oculta entre la maleza de esa región salvaje había una pequeña choza nativa. Aquí, una vez desvanecido el grito, se encendió una luz. Iluminó los muslos paganos y el cabello dorado revuelto de un joven. Con calma y dignidad, éste levantó la mecha de un candil que un golpe había doblado, sonrió, la encendió, y lo que lo rodeaba volvió a temblar ante sus ojos. La choza se recostaba en las raíces de un viejo árbol, que serpenteaban por el suelo y formaban en un punto un sillón natural, una suerte de trono, donde se había extendido la manta del joven. Afuera cantaba un arroyo, también una luciérnaga volvió a encender su luz. Un lugar remoto, romántico... delicioso, adorable... y luego vio un libro en el suelo, y se desplomó a su lado con un gemido dramático, como si fuera un cadáver y él el asesino. Porque el libro en cuestión era su Santa Biblia. "Aunque hablo con las lenguas de los hombres y los ángeles, y no he..." Una flor escarlata ocultaba la palabra siguiente, las flores estaban por todas partes, incluso alrededor de su propio cuello. Perdiendo la dignidad, sollozó "Oh, ¿qué hice?" y no atreviéndose a responder la pregunta lanzó las flores por la puerta de la choza y la Biblia tras ellas, luego se precipitó a recuperar esta última en una agonía de grotesco remordimiento. Todo había caído al arroyo, la canción se llevaba todo. Oscuridad y belleza, oscuridad y belleza. "Sólo hay un final para esto", pensó. Y corrió en busca de su pistola. Pero no tenía la pistola, porque era descuidado y la había dejado donde se encontraban los sirvientes, en el otro extremo del enorme árbol; y los sirvientes se despertaron y se alarmaron al oírlo hablar de armas de fuego. A pesar de todo lo que dijo, concluyeron que era inminente un ataque de la aldea vecina, que ya había dado muestras de hostilidad, e imploraron a su joven señor que no resistiera, sino que se ocultara en la maleza hasta el amanecer y se escabullera en cuanto los senderos del bosque fueran visibles. Desafiando sus órdenes, empezaron a cargar, y a la mañana siguiente se alejaba de la choza encantada y descendía por la ribera hacia el valle siguiente. Al volver la vista hacia las dimensiones enormes y enigmáticas de los árboles, les rogó que guardaran su secreto impronunciable, que lo ocultaran hasta de Dios, y en su estado alterado sintió que tenían la facultad de hacerlo y que no eran árboles comunes.
Cuando llegó a la costa, los misioneros que se encontraban ahí de inmediato advirtieron por su rostro que había fracasado. Tampoco habían supuesto otra cosa. Los católicos romanos, que eran mucho más experimentados que ellos, no habían logrado convertir a Vithobai, el más salvaje, fuerte y obstinado de todos los caciques de la región. Y Paul Pinmay (ya que así se llamaba el joven) era en aquel momento un hombre muy joven, y en parte lo habían enviado para que pudiera descubrir sus propias limitaciones. Tendía a ser impaciente y terco, conocía poco la lengua y aún menos la psicología nativa, pero se negaba a estudiar esta última y proclamaba con ingenuidad que la naturaleza humana es igual en todo el mundo. Escucharon su historia con interés pero sin sorpresa. Contó cómo a su llegada había pedido una audiencia, que Vithobai le había concedido en su enclave ancestral. Ahí, diccionario en mano, había hablado sobre Cristo, y al final Vithobai, que no se dignaba contestar en persona, había hecho señas a un sirviente para que respondiera. Se había refutado adecuadamente al sirviente, pero Vithobai permanecía impasible y hostil detrás de sus amuletos y mantos. De modo que hizo una segunda exposición, y otro sirviente recibió la orden de contestarle, y la audiencia continuó de esa manera hasta que estuvo tan exhausto que quiso retirarse. Como tenía prohibido dormir en la aldea, se vio obligado a pasar la noche solo en una choza miserable, mientras los sirvientes montaban guardia ante la entrada e informaban que podría haber un ataque en cualquier momento. Había decidido, por lo tanto, que lo más adecuado sería irse al amanecer. Esa fue su historia -que contó en una mezcla de jerga misionera y lenguaje popular- y sobre el final miraba a sus colegas a través de sus largas pestañas para ver si sospechaban algo.
"¿Aconseja un nuevo intento la semana próxima?" preguntó uno de ellos, que era adicto a la ironía.
Y otro: "Su intención, creo, cuando nos dejó, era ponerse en contacto con este inaccesible Vithobai personalmente, incluso proclamó que no regresaría hasta que lo hubiera hecho".
Y un tercero: "Pero ahora debe descansar, parece cansado".
Estaba cansado, pero en cuanto se acostó su secreto salió de su escondite más allá de las montañas, y se tendió a su lado. Y recordó a Vithobai, Vithobai el inaccesible, que surgió de la oscuridad y entró a su choza sonriéndole. ¡Ah, qué contento se había sentido! ¡Ah, qué sorprendido! Apenas si había reconocido al sardónico cacique en este muchacho gracioso de muslos desnudos, cuyos únicos ornamentos eran flores escarlatas. Vithobai había hecho a un lado toda formalidad. "Vine en secreto", fueron sus primeras palabras. "Quisiera oír más sobre este dios cuyo nombre es Amor". ¡Qué vuelco había dado su corazón tras el desaliento del día! "¡Ven a Cristo!" había gritado, y Vithobai había dicho, "¿Ese es tu nombre?" Explicó que No, su nombre no era Cristo, si bien tenía la suerte de llamarse Pablo, igual que un gran apóstol, y por supuesto no era un dios sino un hombre pecador, elegido para llamar a otros pecadores al Trono de la Misericordia. "¿Qué es Misericordia? Quisiera escuchar más", dijo Vithobai, y se sentaron juntos en el sillón que era casi un trono. Y él había abierto la Biblia en 1. Co. 13, y había leído y explicado el maravilloso capítulo, y habló del amor de Cristo y de nuestro amor por los demás en Cristo, con mucha sencillez pero con más elocuencia que nunca, y Vithobai dijo, "Esta es la primera vez que oigo esas palabras, me gustan", y se acercó; su cuerpo brillaba y tenía un dulce olor a flores. Y él advirtió qué inteligente era el joven y qué apuesto, y decidido a ganárselo ahí mismo y en ese momento, le dio un beso en la frente y lo atrajo al pecho de Abraham. Y Vithobai había descansado en él con alegría -con demasiada alegría y demasiado tiempo- y había apagado el candil. Y sólo Dios los vio después de eso.
Sí, Dios vio y Dios ve. Si nos internamos en las profundidades de los bosques, El nos mira; si arrojamos Su Libro Sagrado al arroyo, sólo destruimos la tinta y el papel, no la Palabra. Tarde o temprano, Dios hace visibles todos los actos. Y así pasó con el Sr. Pinmay. Empezó, si bien de forma tardía, a reflexionar sobre su pecado. Cada vez que lo analizaba, su aspecto cambiaba. Al principio asumió que toda la culpa era suya, porque debería haber dado el ejemplo. Pero este no era el fondo del asunto, ya que Vithobai no se había mostrado renuente a ser tentado. Por el contrario... y fue su mano la que apagó la luz. ¿Y por qué se había escabullido de la aldea sino para tentar?... Sí, para tentar, para atacar la nueva religión corrompiendo a su predicador, sí, sí, eso era, y sus sirvientes ahora celebraban la victoria con alguna orgía cínica. El joven Sr. Pinmay lo vio con toda claridad. Recordó todo lo que había oído sobre el antiguo poder del mal en la región, los relatos que había desechado con una sonrisa como no merecedores de la atención de un cristiano, los extraordinarios arranques de energía que se decía que algunos nativos tenían y en ocasiones usaban con propósitos impíos. Y una vez que llegó a este punto descubrió que podía rezar; confesó su pecado (cuyo nombre ni siquiera podía mencionarse entre cristianos), lamentó que hubiera postergado, tal vez durante una generación, la victoria de la Iglesia, y condenó, con creciente severidad, las artes de su seductor. Al abordar el último tema cobró gran elocuencia, siempre encontraba algo más que decir, y luego de empezar encomendando al joven a la misericordia terminó pidiendo su condenación.
"Pero tal vez esto sea ir demasiado lejos", pensó, y tal vez lo era, ya que en cuanto terminó de rezar se oyó ruido de caballos que llegaban, y luego todos sus colegas irrumpieron en la habitación. Los embargaba una gran emoción. Uno gritaba: "Noticias de tierra adentro, noticias del bosque. Vithobai y todo su pueblo abrazaron el Cristianismo". Y el segundo: "Estamos ante el triunfo de la juventud, ah, qué vergüenza para nosotros". Mientras el tercero exclamaba alternativamente "¡Alabado sea el Señor!" y "¿Qué dijo?". Se regocijaban y censuraban su propia insensibilidad y falta de fe en el método de Evangelización, y tuvieron al joven Pinmay aún en mayor estima debido a que no se mostró orgulloso ante su éxito, por el contrario, parecía turbado, y cayó de rodillas en oración.
2. TardeLos esfuerzos, dudas y triunfos finales del Sr. Pinmay están registrados en un folleto especial con grabados que publicó su Compañía. Hay una imagen llamada "Lo que parecía ser", en la que se ve a un monarca salvaje y hostil que lo amenaza; en otra figura, llamada "¡Lo que era en realidad!", un joven moreno vestido con ropas occidentales está sentado entre un grupo de sacerdotes y damas, con aspecto de mozo y acompañado por mozos de menor jerarquía alineados en los peldaños de una construcción llamada "Escuela". Barnabás (porque ese fue el nombre que el joven moreno recibió en su bautismo), Barnabás demostró ser un converso ejemplar. Cometía errores, y su teología era tosca y errática, pero nunca se descarrió, y tenía autoridad sobre su pueblo, por lo que los misioneros no tenían más que explicar con cuidado lo que querían, y se llevaba a cabo. Daba muestras de un gran fervor, que se sostenía en una fuerza de voluntad muy poco común. Nadie, ni siquiera los católicos romanos, contaba con un éxito tan sólido.
Dado que el Sr. Pinmay era la única causa de la victoria, lo más natural fue que el nuevo distrito quedara a su cargo. Modesto, como todos los trabajadores sinceros, se mostró renuente a aceptar, rehusaba ir a pesar de que el cacique enviaba una delegación tras otra para escoltarlo, y finalmente aceptó porque el Obispo se lo ordenó. Lo nombraron por un período de diez años. En cuanto se instaló, se puso a trabajar con gran energía -la verdad es que sus métodos despertaron críticas, si bien los resultados los justificaron ampliamente. El, que había insistido en hacer hincapié en la enseñanza de los Evangelios, en el amor, la bondad y la influencia personal; él, que había predicado que el Reino de los Cielos es intimidad y emoción, ahora reaccionaba con violencia y trataba a los nuevos conversos e incluso al propio Barnabás con la sombría severidad del Antiguo Testamento. El, que había ignorado el tema de la psicología nativa, se convirtió ahora en un especialista en ella, y a menudo hablaba como un funcionario desilusionado más que como un misionero. Decía: "Esta gente es tan distinta a nosotros que dudo mucho si en verdad aceptaron a Cristo. Son amables cuando están con nosotros, pero es probable que esparzan todo tipo de rumores malintencionados cuando les damos la espalda. No puedo confiar por completo en ellos". No sentía ningún respeto por las costumbres locales, a las que consideraba malas, socavó la organización tribal, y -lo más arriesgado de todo- designó una serie de catequistas nativos de clase baja de la tribu del valle contiguo. Todos estimaban que habría problemas, ya que se trataba de un pueblo antiguo y orgulloso, pero su espíritu parecía haberse quebrado, o Barnabás lo quebraba cuando era necesario. Pasados diez años, la Iglesia no contaba con hijos más dóciles.
Pero el Sr. Pinmay tenía sus momentos de angustia.
Su primer encuentro con Barnabás fue el peor de ellos.
Había logrado postergarlo hasta el día en que el Obispo lo pondría en funciones y se haría el bautismo general. Las ceremonias terminaron y toda la tribu, con su jefe a la cabeza, había desfilado ante la pila de agua bendita portátil y le habían hecho la señal de la cruz en la frente. Equivocando la naturaleza del ritual, se mostraban dispuestos a la alegría. Barnabás hizo a un lado su manto y, corriendo hasta el grupo de misioneros como cualquier otro joven de su pueblo, dijo, "Mi hermano en Cristo, ah, ven rápido", acarició el rostro ruborizado del Sr. Pinmay y trató de besarle la frente y el cabello dorado.
El Sr. Pinmay se soltó y dijo con voz temblorosa: "En primer lugar, manda a tu gente a su casa".
Se dio la orden y fue obedecida.
"En segundo lugar, que nadie vuelva a presentarse ante mí a menos que esté decentemente vestido", continuó con más firmeza.
"Mi hermano, ¿cómo tú?"
El misionero vestía ahora traje de dril y camisa, chaleco, pantalones y cinturón, también un casco para el sol, cuello almidonado, corbata azul con puntos blancos, medias y botas marrones. "Sí, como yo", dijo. "Y en tercer lugar, ¿tú estás decentemente vestido, Barnabás?"
El cacique tenía puesto muy poco. Un cinto de sedas brillantes sostenía su daga y flotaba en el viento cuando corría. Tenía brazaletes de plata y un collar de plata rematado en una cabeza de halcón que descansaba sobre su garganta. Un destello demoníaco pasó por sus ojos, ya que no estaba acostumbrado al reproche, pero cedió y desapareció en el interior de su vivienda.
El suspenso de las últimas semanas había transformado el carácter del Sr. Pinmay. Ya no era un caballero cristiano sincero sino un hipócrita a quien un paso en falso podía destruir. La retirada de Barnabás le produjo alivio. Advirtió que había ganado cierto ascendiente sobre el jefe, lo cual era conveniente cultivar. Barnabás lo respetaba y no le haría daño, incluso le tenía afecto, por más que la idea resultara repulsiva. Todo esto era para bien. Pero debía asestar un segundo golpe. Esa tarde fue personalmente a la vivienda, y llevó consigo a dos colegas que habían llegado poco antes y no conocían la lengua.
El jefe los recibió en ropa europea sucia de tierra. En ese intervalo había llamado a uno de los comerciantes que acompañaba al grupo de bautismo. Había dominado su rabia, y hablando con cortesía dijo: "Cristo nos espera en mi aposento".
El Sr. Pinmay había pensado qué línea de acción seguiría. No se atrevía a explicar el horrible error, ni a pedirle a su compañero de pecado que se arrepintiera: el jefe debía permanecer en un estado de condenación durante un tiempo, ya que la nueva iglesia dependía de ello. Su respuesta a la sugerencia impía fue "Todavía no".
"¿Por qué todavía no?" dijo el otro, mientras los bellos ojos se le llenaban de lágrimas. "Dios me ordena que te ame ahora".
"A mí me ordena contenerme".
"¿Cómo puede ser, si Dios es Amor?"
"Hace más tiempo que lo sirvo, y lo sé".
"Pero este es mi palacio y soy un gran jefe".
"Dios es más grande que todos los jefes".
"Tal como fue en tu choza, que sea aquí. Despide a tus acompañantes y la puerta se cerrará tras ellos, y apagaremos la luz. Mi cuerpo y su aliento son tuyos. Vuelve a atraerme a tu pecho. Me entrego, yo, Vithobai el Rey".
"Todavía no", repitió el Sr. Pinmay, cubriéndose los ojos con la mano.
"Mi amor, me entrego... tómame... te doy mi reino". Y se postró.
"Levántate, Barnabás... No queremos tu reino. Sólo vinimos a enseñarte a gobernarlo adecuadamente. Y no hables de lo que pasó en la choza. Nunca menciones la choza, la palabra choza, la idea, ni a mí ni a nadie. Ese es mi deseo y mi orden".
"¿Nunca?"
"Nunca"
"Vengan, dioses míos, vuelvan a mí", gritó, levantándose de un salto y arrancándose la ropa. "¿Qué gano abandonándolos?"
"¡No, no, no!" argumentó el Sr. Pinmay. "Dije que nunca hablaras, no que nunca vendría".
El muchacho se calmó. Dijo: "Sí. Entendí mal. Vendrás a Cristo, pero no todavía. Debo esperar. ¿Cuánto tiempo?"
"Hasta que te llame. Mientras tanto, obedece todas mis órdenes, ya sea directas o a través de otros".
"Muy bien, hermano mío. Hasta que me llames".
"Y no me llames tu hermano".
"Muy bien".
"Ni busques mi compañía". Volviéndose a los otros misioneros, dijo, "Vamos ya". Se alegraba de haber llevado acompañantes, ya que su arrepentimiento aún no era firme. El sol se ponía, el aposento lleno de guirnaldas, la vivienda desierta, el muchacho ardiendo de pasión, llorando como si tuviera el corazón destrozado. Podrían haber sido tan felices juntos en su pecado y nadie salvo Dios lo habría sabido.3. Día
La siguiente crisis que el Sr. Pinmay tuvo que enfrentar fue mucho menos seria, pero lo conmovió más, ya que no estaba preparado para la misma. La ocasión fue cinco años después, poco antes de su propia boda. La causa de Cristo había hecho grandes progresos en el intervalo. Se había eliminado la danza, impulsado la industria, las nociones erróneas respecto de la naturaleza de la religión habían desaparecido, tampoco había descubierto mucha inmoralidad secreta a través del espionaje. Se casaba con una de las misioneras médicas, una dama que compartía sus ideales, y cuyo hermano tenía una concesión minera en la aldea.
Mientras meditaba con placer sobre su inminente cambio de vida acodado en el mirador, llegó un elegante carruaje europeo de dos ruedas, y Barnabás descendió del mismo para presentarle sus felicitaciones. El jefe se había convertido en un cristiano afable y delgado que hablaba bien inglés. Al igual que él, estaba a punto de casarse. Su novia era una catequista nativa del valle contiguo, una joven inferior a él por nacimiento, pero los misioneros la habían elegido.
Intercambiaron felicitaciones.
El arrepentimiento del Sr. Pinmay ya era permanente, y su conciencia tenía tal firmeza que podía encontrarse con el jefe con comodidad y negociar con él en privado cuando la ocasión así lo requería. La mano morena, que descansó un instante en la suya, no despertó ninguna reminiscencia de pecado.
Retorciéndose con cierta torpeza dentro de sus ropas, Barnabás dijo con una sonrisa: ¿Me llevaría a dar un corto paseo en su carruaje, Sr. Pinmay?"
El Sr. Pinmay contestó que no tenía carruaje.
"Discúlpeme, señor, lo tiene. Está abajo. El carruaje y el caballo son mi regalo de bodas".
Hacia mucho que el misionero deseaba un caballo y un carruaje, y los aceptó sin detenerse a pedir la bendición de Dios. "No debió hacerme un regalo tan caro", observó. Porque el jefe ya no era rico; el súbito advenimiento de la civilización le había hecho perder buena parte de sus tierras.
"Me sentiré suficientemente recompensado si damos un paseo, señor".
Tenía como norma que no lo vieran alternar con nativos -eso socavaba su autoridad- pero esta era una ocasión especial. Recorrieron rápidamente la aldea. Barnabás conducía para mostrar el andar del caballo, y de inmediato se dirigió a los bosques o lo que quedaba de ellos; había un camino tolerable que habían hecho los leñadores, que serpenteaba colina arriba hacia una arboleda. El panorama no era interesante, y lo invadía una luz blanquecina que parecía penetrar en todos los rincones. Hablaban de asuntos locales.
"¿Qué cantidad de la madera se destina a las minas?" preguntó el Sr. Pinmay en el transcurso de la conversación.
"Cada vez más, a medida que las galerías se internan en la montaña. Me dijeron que ahí abajo hace tanto calor que los mineros trabajan desnudos. ¿Se los debe multar por eso?"
"No. Es imposible ser estrictos en lo que respecta a las minas. Constituyen un caso especial".
"Entiendo. También me dijeron que entre ellos aumentan las enfermedades".
"Así es, pero también lo hacen nuestros hospitales".
"No entiendo".
"¿No puedes entender, Barnabás, que Dios permite que haya ciertos males que acompañan a la civilización, pero que si los hombres hacen la voluntad de Dios los remedios para esos males avanzan al mismo paso? Hace cinco años en este valle no había ni un solo hospital".
"Tampoco enfermedades. Eso tengo entendido. Entonces todo mi pueblo era fuerte".
"Había muchas enfermedades", corrigió el misionero. "El vicio y la superstición, para no mencionar otras. Y guerras intertribales. ¿Habrías podido casarte con una dama de otro valle hace cinco años?"
"No. Incluso como concubina me habría deshonrado".
"Todas las concubinas son una deshonra".
"Lo entiendo. Con respecto a esta boda, señor, hay, sin embargo, una promesa que usted me hizo una vez".
"¿Sobre la concesión minera, verdad? Exacto. Sí, nunca creí que hubieras recibido un trato justo a ese respecto. Sin duda hablaré con mi futuro cuñado para conseguirte alguna compensación. Pero deberías haber sido más prudente en aquel momento. Cediste tus derechos sin consultarme. Siempre estoy dispuesto a que me consulten".
"No es la concesión minera", dijo Barnabás con paciencia; si bien era un buen administrador para la Iglesia, se había vuelto descuidado en lo que concernía a sus propios asuntos. "Es una promesa muy distinta". Parecía estar eligiendo las palabras. Con lentitud y sin ninguna apariencia de emoción, dijo al final: "Ven a Cristo".
"Ven a El, sí", dijo el Sr. Pinmay en tono levemente reprobatorio, ya que no estaba acostumbrado a recibir tal invitación de un inferior en el plano espiritual.
"Barnabás volvió a hacer una pausa, luego dijo: "En la choza".
"¿Qué choza?" Se había olvidado.
"La choza del Trono de la Misericordia".
Escandalizado e indignado, exclamó: "Barnabás, Barnabás, esto es una vergüenza. Te prohibí mencionar ese tema".
En ese momento el caballo se detuvo a la entrada de la arboleda. La civilización resonaba a sus espaldas, bajo un sol deslumbrante. El camino llegaba a su fin, y un sendero por el que podían caminar dos se internaba entre los delicados grises y púrpuras de los árboles. Tranquilo, impersonal, como si siguiera hablando de asuntos públicos, el joven dijo: "Seamos del todo razonables, señor. Dios sigue ordenándome que lo ame. Es mi vida, por más que aparente hacer otras cosas. Mi cuerpo y mi aliento siguen siendo suyos, aunque usted los hace languidecer con esta espera. Venga al último bosque, antes de que lo talen, y yo seré amable, y todo terminará bien. Pero ya pasaron cinco años desde la primera vez que dijo Todavía no".
"Así es, y ahora digo Nunca".
"¿Esta vez dice Nunca?"
" Sí".
Sin contestar, Barnabás le entregó las riendas, y luego se arrojó del carro. Fue un movimiento muy extraño, que parecía nacer directamente de la voluntad. Casi no usó las manos ni se puso de pie antes de saltar. Pero su persona se disparó como un resorte, y con gran energía apartó el carro de sí cayendo a tierra. El Sr. Pinmay había oído hablar de esas contorsiones, pero nunca las había presenciado; eran asombrosas, eran repugnantes. Y el descenso fue igualmente siniestro. Barnabás yacía indefenso, como si de pronto el arranque maligno hubiera cedido. "¿Estás enfermo?" preguntó el sacerdote.
"No".
"¿Entonces qué te pasa?"
"No".
"¿Te arrepientes de tus palabras?"
"No."
"Entonces debes ser castigado. Como jefe de la comunidad debes dar el ejemplo. Debes pagar una multa de cien libras por descarriarte".
"No." Luego, como si hablara para sí, dijo: "Primero se toman los frutos de mi cuerpo. Luego se me silencia. Ahora se me castiga. Noche, tarde y un día. ¿Qué sigue?"
¿Qué podría seguir? La observación era insensata. El Sr. Pinmay volvió solo, pensativo. Sin duda tendría que devolver el caballo y el carruaje -constituían un soborno- y uno de sus subordinados debería recaudar las cien libras. Habría deseado que todo el desagradable asunto no hubiera salido a la luz justo antes de su boda. Su insensatez lo alarmaba.4. Mañana
Los últimos cinco años del ministerio del Sr. Pinmay fueron menos satisfactorios que los anteriores. Tenía un matrimonio feliz, pocas dificultades, nada tangible se le oponía, pero la escena ante la arboleda lo acosaba. ¿Podría significar que no había sido perdonado? ¿Dios, en Su misterio, le exigía que purificara el alma de su hermano antes de aceptar la suya? La oscura perversión erótica que el cacique confundía con el Cristianismo, ¿quién la había implantado? Había reprimido esta pregunta cuando el peligro apremiaba, pero irrumpía ahora que estaba a salvo. Día tras día oía la fría voz del nativo enjuto y nada atractivo que lo invitaba a pecar, o veía el salto del carruaje que sugería una mente trastornada. Se volvió a la Cristiandad del valle, pero no encontró ahí ningún consuelo. También había implantado eso: no como pecador, sino en su reacción contra el pecado, y por eso sus frutos eran tan amargos. Si Barnabás tergiversaba a Cristo, el valle Lo ignoraba. Era rígido, le faltaba personalidad y belleza y emoción y todo lo que Paul Pinmay había admirado en su juventud. Podría producir catequistas y organizadores, pero nunca un santo. ¿Cuál era la causa del fracaso? La choza, la choza. Durante los últimos años de su estancia, ordenó que la derribaran.
Ya casi no veía a Barnabás. No había necesidad de ello, ya que la utilidad del jefe disminuía a medida que la comunidad se desarrollaba y nuevos hombres iban llegando a la cima. Si bien aún colaboraba cuando se lo pedían, perdió toda capacidad de iniciativa. Se trasladó de su viejo enclave cercado lleno de recuerdos de independencia, y ocupó una casa moderna, elegante pero pequeña, en la parte más alta de la aldea, adecuada a su situación menos próspera. Aquí él y su esposa y sus hijos (uno más cada once meses) vivían de forma semieuropea. A veces trabajaba en el jardín, si bien el trabajo doméstico se consideraba degradante, y asistía con asiduidad a las reuniones de oración, donde frecuentaba la última fila. Los misioneros decían que era un cristiano sincero, si es que decían algo de él, y se felicitaban de que la brujería no resurgiera; había servido a sus propósitos, empezó a desaparecer de sus conversaciones. Sólo el Sr. Pinmay lo observaba furtivamente y se preguntaba qué había sido de su antigua energía. Habría preferido una explosión a esta resignación corrupta; ahora sabía que podía hacer frente a explosiones. Incluso se sentía él mismo más débil, como si la misma maldición los infectara a ambos, y eso a pesar de que una y otra vez había confesado a Dios su parte de culpa en el pecado, y había llegado a sentir una aversión natural por el mismo como resultado de su boda.
La verdad es que no pudo sentir mucho pesar cuando se enteró de que el desgraciado agonizaba.
La causa era la tuberculosis. Uno de los trabajadores importados había iniciado una epidemia, y el Sr. y la Sra. Pinmay estuvieron ocupados hasta el momento de su propia partida negociando una ampliación del cementerio. Esperaban dejar el valle antes que Barnabás, pero durante la última semana tuvo, por así decirlo, un arranque, como si fuera a adelantárseles. El suyo fue un caso muy rápido. No opuso resistencia. Parecía tener el corazón destrozado. Tenían poco tiempo para dedicar a las personas, tan amplio era el alcance de su trabajo, pero acudieron a verlo una mañana porque oyeron que había tenido una nueva hemorragia y que no era probable que sobreviviera a ese día. "Pobre hombre, pobre muchacho, fue un factor importante hace diez años; los tiempos cambian", murmuró el Sr. Pinmay mientras colocaba la Sagrada Comunión bajo el asiento del carruaje -el carruaje del propio Barnabás, según resultó ser, ya que la Sra. Pinmay, que no sabía nada del incidente, lo había comprado barato un par de años antes. Mientras lo conducía con energía por la aldea el Sr. Pinmay se sintió más aliviado, y dio gracias a Dios por permitir que Barnabás, ya que todos debemos morir, falleciera en este momento; no le habría gustado dejarlo, envenenado, equívoco, y tal vez adquiriendo algún poder siniestro.
Cuando llegaron, la Sra. Barnabás les dijo que su esposo aún estaba vivo, y, según pensaba, consciente, pero con un ánimo tan sombrío que no abría los ojos ni hablaba. Lo habían llevado al techo, debido al calor que hacía en su habitación, y sus gestos habían indicado que debían dejarlo solo. "Pero no deben dejarlo solo", dijo el Sr. Pinmay. "Tenemos que acompañarlo en esta hora oscura. Lo primero que haré será prepararlo". Subió la escalera que llegaba a la trampa que daba al techo. El moribundo yacía a la sombra del parapeto, tosiendo con suavidad, y completamente desnudo.
"¡Vithobai" gritó asombrado.
Este abrió los ojos y dijo: "¿Quién me llama?"
"Debes cubrirte con algo, Barnabás", dijo nervioso el Sr. Pinmay. Miró a su alrededor, pero en el techo no había nada excepto unas curiosas flores azules enroscadas a un cuchillo. Las levantó. Pero el otro dijo, "Aún no las coloques sobre mí" y él se contuvo, recordando que el azul es el color de la desesperanza en ese valle, así como el rojo es el color del amor. "Te traeré una manta", continuó. "Ni siquiera estás acostado sobre un colchón".
"Es mi propio techo. O pensaba que lo era hasta ahora. Mi esposa y mi familia respetaron mis deseos. Me trajeron aquí porque la costumbre de mis ancestros no es morir en una cama".
"La Sra. Barnabás debió pensarlo mejor. No puedes descansar sobre el duro asfalto".
"Descubrí que puedo".
"Vithobai, Vithobai", gritó, más perturbado de lo que esperaba.
"¿Quién me llama?"
"¿No estarás volviendo a tus viejos dioses falsos?"
"Oh, no. Tan cerca del final de mi vida, ¿por qué iba a hacer algún cambio? Estas flores son sólo una costumbre, y me consuelan".
"Sólo hay un consuelo..." Miró a su alrededor en el techo, luego cayó de rodillas. Al fin podría salvar un alma sin correr peligro. "Ven a Cristo", dijo, "pero no en la forma que supones. Llegó la hora de que te explique. Tú y yo una vez pecamos juntos, sí, tú y tu misionero a quien tanto veneras. Tú y yo debemos ahora arrepentirnos juntos, sí, así es la ley de Dios". Y confusamente, y con muchos cambios de emoción y variaciones de su punto de vista y reservas, explicó la naturaleza de lo que había pasado diez años antes y sus consecuencias actuales.
El otro hacía un gran esfuerzo por seguirlo, pero sus ojos seguían cerrándose. "¿Qué es todo este discurso?" dijo al fin. "¿Y por qué esperas hasta que yo estoy enfermo y tú viejo?"
"Esperé hasta que pude perdonarte y pedir tu perdón. Es la hora de tu redención, y la mía. Haz a un lado la desesperanza, olvida esas flores perversas. Arrepintámonos y dejemos el resto a Dios".
"Me arrepiento, no me arrepiento..." sollozó.
"¡Shh! Piensa lo que dices".
"Te perdono, no te perdono, ambas cosas son lo mismo. Soy bueno soy malo soy puro soy impuro, soy esto o aquello, soy Barnabás, soy Vithobai. ¿Qué importancia tiene ahora? Son mis actos los que me aguardan, y no me quedan fuerzas para mejorarlos. Ni fuerzas, ni tiempo. Estoy tendido aquí vacío, pero tú me llenas de pensamientos, y luego me presionas para que los exprese y puedas tener palabras para recordar después... Pero son los actos, los actos, lo que cuenta, oh hermano mío perdido. Los míos son esta casa pequeña en lugar de mi antigua casa grande, este valle del que otros hombres son dueños, esta tos que me mata, esos bastardos que continúan mi raza; y ese acto en la choza, que tú dices fue la causa de todo, y que por momentos llamas felicidad, por momentos pecado. ¿Cómo puedo recordar qué fue después de todos estos años, y qué importancia tendría si pudiera? Fue un acto, me precedió y será juzgado junto con los otros".
"Vithobai", imploró, acongojado porque lo habían llamado viejo.
"¿Quién me llama por tercera vez?"
"Bésame".
"Mi boca está aquí abajo".
"Bésame en la frente -nada más- como señal de que estoy perdonado. No me interpretes mal esta vez... con toda pureza... la salutación sagrada de Cristo. Y luego repite conmigo: Padre Nuestro que estás en los Cielos, santificado sea Tu nombre..."
"Mi boca está aquí abajo", repitió cansado.
El Sr. Pinmay temía arriesgarse al beso por miedo a que Satanás se aprovechara. Anhelaba hacer algo humano antes de disponer que trasladaran al moribundo abajo para recibir la Sagrada Comunión, pero había olvidado cómo. "Me perdonaste, mi pobre muchacho", siguió diciendo. "Si no lo haces, ¿cómo podré seguir adelante con mi vocación, o esperar el perdón de Dios?"
Los labios se movieron.
"Si me perdonas, mueve los labios una vez más, como señal".
Se puso rígido, se moría.
"¿Aún me amas?"
"Mi pecho está aquí abajo".
"En Cristo, claro". E indeciso sobre lo que debía hacer, apoyó vacilante la cabeza sobre el pobre esqueleto. Vithobai se estremeció, luego lo miró con sorpresa, lástima, afecto, desprecio, con todo, pero con poco de todo, ya que su espíritu prácticamente había partido, y lo que permanecía eran sólo los fantasmas de sus actos. Sintió una leve satisfacción. Levantó una mano con esfuerzo, y acarició el cabello ralo, que ya no era dorado. Murmuró, "Demasiado tarde", pero sonrió un poco.
"Nunca es demasiado tarde", dijo el Sr. Pinmay, consintiendo un lento movimiento envolvente del cuerpo, el último que realizaría. "La misericordia de Dios es infinita, y perdura por los siglos de los siglos. El nos dará otras oportunidades. Nos equivocamos en esta vida pero no será así en la vida futura".
El moribundo pareció hallar consuelo al fin. "La vida futura", murmuró, pero con más claridad. "La había olvidado. ¿Estás seguro de que llegara?"
"Hasta tu antigua religión falsa estaba segura de eso".
"Y nos encontraremos en ella, tú y yo?" preguntó, con una caricia tierna pero respetuosa.
"Sin duda, si observamos los mandamientos de Dios".
"¿Volveremos a conocernos?"
"Sí, será un conocimiento espiritual pleno".
"¿Y habrá amor?"
"En el verdadero y real sentido, lo habrá".
"¡Amor verdadero y real! Ah, eso sería gozoso". Su voz cobró fuerza, sus ojos tenían una austera belleza cuando abrazó a su amigo, del que los accidentes terrenales lo habían separado tanto tiempo. Pronto Dios enjugaría todas las lágrimas. "La vida futura", gritó. "Vida, vida, vida eterna. Espérame en ella". Y apuñaló al misionero en el corazón.
El movimiento brusco del cuchillo precipitó su propio destino. Casi no tenía fuerzas para empujar el cuerpo sobre el asfalto o esparcir las flores azules. Pero sobrevivió un momento más, y fue el más exquisito de toda su vida. Porque al fin había conquistado el amor y volvía a ser un rey, había enviado un mensajero que lo precedía y anunciaría su llegada a la vida futura, tal como correspondía a un gran jefe. "Te serví diez años", pensó, "y tu yugo fue inclemente, pero el mío lo será más y ahora me servirás por los siglos de los siglos". Se incorporó, miró por encima del parapeto. Abajo había un caballo y un carruaje, más allá, el valle que alguna vez había gobernado, el lugar de la choza, las ruinas de su antiguo enclave, las escuelas, el hospital, el cementerio, las pilas de madera, el arroyo contaminado, todo lo que se había habituado a considerar señales de su deshonra. Pero esta mañana no significaban nada, flotaban como bruma, y debajo de ellas, sólido y eterno, se extendía el reino de los muertos. Se sintió alegre como un niño, ahora lo esperaban. Se subió sobre el cadáver, y ascendió más, elevó los brazos sobre la cabeza, iluminado por el sol, desnudo, victorioso, dejando atrás la enfermedad y la humillación, y se lanzó como un halcón del parapeto en pos de la sombra aterrada.Traducción de Joaquín Ibarburu
Edward Morgan Forster
nació en Londres en 1879 y murió en 1970. Escribió seis
novelas -Where Angels Fear to Tread, The Longest Journey, A Room with a View,
Howards End, Maurice y A Passage to India-, así como también cuentos,
ensayos, crítica, biografías, relatos de viajes y el libreto para
la ópera Billy Budd, de Benjamin Britten. Al igual que Maurice (1914),
el cuento The Life to Come (1922) se publicó recién en 1971, después
de su muerte, debido a los temores que generaba la estricta sociedad eduardiana,
que condenaba a prisión a los homosexuales.
![]() |