Pedro Lemebel

 

TENGO MIEDO TORERO (Novela)

Capítulo 1.

 

COMO DESCORRER UNA GASA sobre el pasado, una cortina quemada flotando por la ventana abierta de aquella casa la primavera del '86. Un año marcado a fuego de neumáticos humeando en las calles de Santiago comprimido por el patrullaje. Un Santiago que venía despertando al caceroleo y los relámpagos del apagón; por la cadena suelta al aire, a los cables, al chispazo eléctrico. Entonces la oscuridad completa, las luces de un camión blindado, el párate ahí mierda, los disparos y las carreras de terror, como castañuelas de metal que trizaban las noches de fieltro. Esas noches fúnebres, engalanadas de gritos, del incansable "Y va a caer", y de tantos, tantos comunicados de último minuto, susurrados por el eco radial del "Diario de Cooperativa".

Entonces la casita flacuchenta, era la esquina de tres pisos con una sola escalera vertebral que conducía al altillo. Desde ahí se podía ver la ciudad penumbra coronada por el velo turbio de la pólvora. Era un palomar, apenas una barandilla para tender sábanas, manteles y calzoncillos que enarbolaban las manos marimbas de la Loca del Frente. En sus mañanas de ventanas abiertas, cupleteaba el "Tengo miedo torero, tengo miedo que en la tarde tu risa flote". Todo el barrio sabía que el nuevo vecino era así, una novia de la cuadra demasiado encantada con esa ruinosa construcción. Un maripozuelo de cejas fruncidas que llegó preguntando si se arrendaba ese escombro terremoteado de la esquina. Esa bambalina sujeta únicamente por el arribismo urbano de tiempos mejores. Tantos años cerrada, tan llena de ratones, ánimas y murciélagos que la loca desalojó implacable, plumero en mano, escoba en mano rajando las telarañas con su energía de marica falsete entonando a Lucho Gatica, tosiendo el "Bésame mucho" en las nubes de polvo y cachureos que arrumbaba en la cuneta.

Solamente le falta el novio, cuchicheaban las viejas en la vereda del frente, siguiendo sus movimientos de picaflor en la ventana. Pero es simpático, decían, escuchando sus líricas pasadas de moda, siguiendo con la cabeza el compás de esos temas del ayer que despertaban a toda la cuadra. Esa música alharaca que en la mañana sacaba de la cama a los maridos trasnochados, a los hijos vagos que se enroscaban en las sábanas, a los estudiantes flojos que no querían ir a clases. El grito de "Aleluya", cantado por Cecilia, esa cantante de la nueva ola, era un toque de diana, un canto de gallos al amanecer, un alarido musical que la loca subía a su tope máximo. Como si quisiera compartir con el mundo entero la letra cursi que despegaba del sueño a los vecinos con ese "Y ... y tu maano to-o-o-mará la mía-a-a-a".

Así la Loca del Frente, en muy poco tiempo, formó parte de la zoología social de ese medio pelo santiaguino que se rascaba las pulgas entre la cesantía y el cuarto de azúcar que pedían fiado en el almacén. Un boliche de barrio, epicentro de los cotorreos y comentarios sobre la situación política del país. El saldo de la última protesta, las declaraciones de la oposición, las amenazas del Dictador, las convocatorias para septiembre. Que ahora sí, que no pasa del '86, que el '86 es el año. Que todos al parque, al cementerio, con sal y limones para resistir las bombas lacrimógenas, y tantos, tantos comunicados de prensa que voceaba la radio permanente.

Cooperativa está llamando,
Manola Robles informa

Pero ella no estaba ni ahí con la contingencia política. Más bien le daba susto escuchar esa radio que daba puras malas noticias. Esa radio que se oía en todas partes con sus canciones de protesta y ese tararán de emergencia que tenía a todo el mundo con el alma en un hilo. Ella prefería sintonizar los programas del recuerdo: "Al compás del corazón". "Para los que fueron lolos". "Noches de arrabal". Y así se lo pasaba tardes enteras bordando esos enormes manteles y sábanas para alguna vieja aristócrata que le pagaba bien el arácnido oficio de sus manos.

Aquella casa primaveral del '86 era su tibieza. Tal vez lo único amado, el único espacio propio que tuvo en su vida la Loca del Frente. Por eso el afán de decorar sus muros como torta nupcial. Embetunando las cornisas con pájaros, abanicos, enredaderas de nomeolvides, y esas mantillas de Manila que colgaban del piano invisible. Esos flecos, encajes y joropos de tul que envolvían los cajones usados como mobiliario. Esas cajas tan pesadas, que mandó a guardar ese joven que conoció en el almacén, aquel muchacho tan buenmozo que le pidió el favor. Diciendo que eran solamente libros, pura literatura prohibida, le dijo con esa boca de azucena mojada. Con ese timbre tan macho que no pudo negarse y el eco de esa boca siguió sonando en su cabecita de pájara oxigenada. Para qué averiguar más entonces, si dijo que se llamaba Carlos no sé cuanto, estudiaba no sé qué, en no sé cuál universidad, y le mostró un carnet tan rápido que ella ni miró, cautivada por el tinte violáceo de esos ojos.

Las tres primeras cajas se las dejó en el pasillo. Pero ella le insistió que ahí molestaban, que las entrara al dormitorio para usarlas de velador y tener donde poner la radio. Si no es mucha la molestia, porque la radio es mi única compañía, dijo arrebolada con cara de cordera huacha, mirando las chispas de sudor que encintaban su frente. Las restantes las fue distribuyendo en el espacio vacío de su imaginación, como si amueblara un set cinematográfico, diciendo: Por aquí Carlos, frente al ventanal. No Carlos, tan juntas no, que parecen ataúdes. Más al centro Carlos, como mesitas ratonas. Paradas no Carlos, mejor acostadas o de medio lado Carlos, para separar los ambientes. Más arriba Carlos, más a la derecha, perdón, quise decir a la izquierda. ¿Estás cansado? Descansemos un rato. ¿Quieres un café? Así, cual abejorro zumbón, iba y venía por la casa emplumado con su estola de: Sí Carlos. No Carlos. Tal vez Carlos . A lo mejor Carlos. Como si la repetición del nombre bordara sus letras en el aire arrullado por el eco de su cercanía. Como si el pedal de esa lengua marucha se obstinara en nombrarlo, llamándolo, lamiéndolo, saboreando esas sílabas, mascando ese nombre, llenándose toda con ese Carlos tan profundo, tan amplio ese nombre para quedarse toda suspiro, arropada entre la C y la A de ese C-arlos que iluminaba con su presencia toda la c-asa.

En todo ese tiempo fueron llegando cajas y más cajas, cada vez más pesadas, que Carlos cargaba con su musculatura viril. Mientras la loca inventaba nuevos muebles para el decorado de fundas y cojines que ocultaban el pollerudo secreto de los sarcófagos. Después fueron las reuniones, a medianoche, al alba, cuando el barrio era un orfeón de ronquidos y peos que tronaban a raja suelta la Marsellesa del sueño. En pleno aguacero, estilando, llegaban esos amigos de Carlos a reunirse en el altillo. Y uno se quedaba en la esquina haciéndose el leso. Carlos le había pedido permiso, entrecerrando la pestañada de sus ojos linces. Son compañeros de universidad y no tienen donde estudiar, y tu casa y tu corazón es tan grande. Cómo negarse entonces si el morenazo la tiene toda empapada, sudando cuando se le acerca. Además, los chiquillos que pudo ver eran jóvenes educados y bien parecidos. Podían pasar como amigos, pensaba ella sirviéndoles café, retocando el brillo de sus labios con la punta de la lengua, tarareando baladas de amor que repicaba la radio: "Tú me acostumbraste y por eso me pregunto" y todas esas frases frívolas que desconcentraban la estrategia pensante de los chiquillos. Entonces ellos le cortaban la inspiración cambiando el dial, sintonizando ese horror de noticias.

Cooperativa está llamando: Violentos incidentes y barricadas se registran en este momento en la alameda Bernardo O'Higgins.

Al correr los tibios aires de agosto la casa era un chiche. Una escenografía de la Pérgola de las Flores improvisada con desperdicios y afanes hollywoodenses. Un palacio oriental, encielado con toldos de sedas crespas y maniquíes viejos, pero remozados como ángeles del apocalipsis o centuriones custodios de esa fantasía de loca tulipán. Las cajas y cajones se habían convertido en cómodos tronos, sillones y divanes, donde estiraban sus huesos las contadas amigas maricas que visitaban la casa. Un reducido grupo de locas que venía a tomar el té y se retiraba antes que llegaran "los hombres de la señora", bromeaban insistiendo en conocer ese arsenal de músculos admiradores de la dueña de casa. Pero ella ni tonta recogía las tacitas, sacudía las migas, y las acompañaba a la puerta, diciendo que los chiquillos no querían conocer más colas.

Así, las reuniones y el desfile de hombres por la casita enjoyada fueron cada vez más insistentes, cada día más urgidos, subiendo y bajando la hilachenta escala que amenazaba desarmarse con el trote de machos. A veces ni siquiera Carlos podía subir al altillo y le embolinaba la perdiz para que ella no viera a algunos tapados visitantes. Ni siquiera él podía participar de esas reuniones y le cerraba el paso cuando ella amablemente curiosa ofrecía café. Porque deben estar muertos de frío allá arriba, decía mirando la cara insobornable de Carlos. Además por qué no puedo subir, si ésta es mi casa. Entonces Carlos bajaba la guardia y tomándola de los brazos, le hundía aquella mirada de halcón en su inocencia de paloma. Son cosas de hombres, tú sabes que no les gusta que los molesten cuando estudian. Tienen un examen importante, ya van a terminar. Mira, siéntate, conversemos.

Carlos era tan bueno, tan dulce, tan amable. Y ella estaba tan enamorada, tan cautiva, tan sonámbula por las noches enteras que pasaba hablando con él mientras terminaban las reuniones. Largas horas de silencio mirando su fatiga de piernas olvidadas en el raso fucsia de los cojines. Un silencio terciopelo rozaba su mejilla azulada y sin afeitar. Un silencio espeso, cabeceando de cansancio iba a tumbarlo. Un silencio aletargado de plumas, pesando de plomo su cabeza caía y ella atenta, y ella toda algodón, toda delicadeza estiraba una almohada de espuma para acomodarlo. Entonces esa tersura, ese volante, ese plumereo del guante coliza que acercándose a su cara iba a tocarlo. Entonces el sobresalto, la crispación de ese tacto eléctrico despertándolo, parándose y atinando a buscarse algo urgente en el costado, preguntando ¿Qué onda? ¿Qué pasa? Nada, te quedaste dormido, ¿quieres una frazada? Bueno. ¿Todavía no han terminado? No dejes que me duerma, háblame de tu vida, tus cosas. ¿Tienes otro café?

Así, separados por bastidores de humo, del fumar y fumar chupando la vigilia, ella tejía la espera, hilvanaba trazos de memoria, pequeños recuerdos fugaces en el acento marifrunci de su voz. Retazos de una errancia prostibular por callejones sin nombre, por calles sucias arrastrando su entumida "vereda tropical". Su son maraco al vaivén de la noche, al vergazo oportuno de algún ebrio pareja de su baile, sustento de su destino por algunas horas, por algunas monedas, por compartir ese frío huacho a toda cacha caliente. A todo refregón vagabundo que se desquita de la vida lijando con el sexo la mala suerte. Y después un calzoncillo tieso, un calcetín olvidado, una botella vacía sin mensaje, sin rumbo, ni isla, ni tesoro, ni mapa donde enrielar su corazón golondrino. Su encrespado corazón de niño colibrí, huérfano de chico al morir la madre. Su nervioso corazón de ardilla asustada al grito paterno, al correazo en sus nalgas marcadas por el cinturón reformador. Él decía que me hiciera hombre, que por eso me pegaba. Que no quería pasar vergüenzas, ni pelearse con sus amigos del sindicato gritándole que yo le había salido fallado. A él tan macho, tan canchero con las mujeres, tan encachao con las putas, tan borracho esa vez manoseando. Tan ardiente su cuerpo de elefante encima mío punteando, ahogándome en la penumbra de esa pieza, en el desespero de aletear como pollo empalado, como pichón sin plumas, sin cuerpo ni valor para resistir el impacto de su nervio duro enraizándome. Y luego, el mismo sinsabor del no me acuerdo, el mismo calcetín olvidado, la misma sábana goteada de pétalos rojos, el mismo ardor, la misma botella vacía con su S.O.S. naufragando en el agua rosada del lavatorio.

Yo era un cacho amariconado que mi madre le dejó como castigo, decía. Por eso me daba duro, obligándome a pelear con otros niños. Pero nunca pude defenderme, ni siquiera con niños menores que yo, me daban igual y corrían triunfantes con el chocolate de mis narices en sus puños. Del colegio lo mandaron llamar varias veces para que me viera un psicólogo, pero él se negaba. La profesora decía que un médico podía enronquecerme la voz, que sólo un médico podía afirmar esa caminada sobre huevos, esos pasitos fi-fí que hacían reír a los niños y le desordenaban la clase. Pero él contestaba que eran puras huevadas, que solamente el Servicio Militar iba a corregirme. Por eso al cumplir dieciocho años me fue a inscribir, y habló con un sargento amigo para que me dejaran en el regimiento. A Carlos el sueño se le había evaporado y tomaba café cabizbajo. ¿Hiciste el Servicio Militar entonces?, preguntó mirando las manos de alondra posadas en las rodillas. Estás loco, ni soñando. Por eso me fui de su casa y nunca más volví a verlo. Un sonido de pasos en el altillo indicaba que la reunión había terminado. Mañana me cuentas la otra parte, dijo Carlos como en secreto, al tiempo que se paraba largo y tan alto que ella lo miró hacia arriba jugando con los flecos de la cortina.

De mi pasado preguntas todo que cómo fue.

Si antes de amar debe tenerse fe.

Dar por un querer la vida misma, sin morir,

eso es cariño, no lo que hay en ti-i.

 

 

***

 

 

LAS AMAPOLAS TAMBIÉN TIENEN ESPINAS

(A Miguel Angel)

 

La ciudad en fin de semana transforma sus calles en flujos que rebasan la líbido, embriagando los cuerpos jóvenes con el deseo de turno; lo que sea, depende la hora, el money o el feroz aburrimiento que los hace invertir a veces la selva rizada de una doncella por el túnel mojado de la pasión ciudad-anal.


Quizás estas crispadas relaciones son el agravante que enluta las aceras donde yiran las locas en busca de un corazón imposible, vampireando la noche por callejones, bajo puentes y parques donde la oscuridad es una sábana negra que ahoga los suspiros. La loca es cómplice de la noche en su penumbra de sitio eriazo donde es fácil evacuar la calentura, la fiebre suelta de un sábado cuando los chicos lateados de las poblaciones emigran al centro, en busca de una boca chupona que más encima les tire unos pesos.


La loca sabe el fin de estas aventuras, presiente que el después deviene fatal, sobre todo esta noche cargada al reviente. Algo en el aire la previene, pero también la exita ese olor a ultraje que se mezcla con la música. Esas ganas de no se qué. Ay, esa comezón de perra en leva, esa histeria anal que no le permite sentarse. Ay, ese fragor, ay ese cosquilleo hemorroide que enciende el alcohol como una brasa errante que la empuja afuera callejuela y fugitiva.
Pareciera que el homosexual asume cierta valentía en esta capacidad infinita de riesgo, rinconeando la sombra en su serpentina de echar el guante al primer macho que le corresponda el guiño. Algo así como desafiar los roles y contaminar sus fronteras. Alterar la típica pareja gay y la hibridez de sus azahares, conquistarse uno de esos chicos duros que al primer trago dicen nunca, al segundo probablemente, y al tercero, sí hay un pito, se funden en la felpa del escampado.


Por eso la noche de la marica huele a sexo, algo incierto la hace deambular por calles mirando la fruta prohibida. Apenas un segundo que resbala el ojo coliza hiriendo la entrepierna, donde el jean es un oasis desteñido por el manoseo cierre eclair. Un visaje rápido batiendo las pestañas en el aleteo cómplice con el chico, que se mira esa parte preocupado, pensando que tiene el cierre abierto. Pero no es así, y sin embargo esa pupila aguja pincha ese lugar. Entonces el chico se da cuenta que esa parte suya vale oro para la loca que sigue caminando y disimulada gira la cabeza para mirarlo. Tres pasos más allá se detiene frente a una vitrina, esperando que el pendex se acerque para preguntarle de reojo: ¿En qué andas? Caminando. Caminemos. ¿Cómo te llamas?, da lo mismo, todos se llaman Claudio o Jaime cuando van junto a una loca que les promete algún panorama. A cambio el pendex se acomoda el bulto y se hace el simpático esperando que el destino sea un super departamento con mucho whisky, música y al final una buena paga. Pero debe contentarse con un cigarro barato y después de dar vueltas y vueltas buscando un rincón oscuro, recalan en el sitio abandonado, lleno de basuras y perros muertos, donde la loca suelta la tarántula por la mezclilla erecta del marrueco. Allí el pequeño hombrecito, arropado en el fuego de esos dedos, se entrega al balanceo genital de la marica ternera mamando, diciendo: Pónemelo un ratito, la puntita no más. ¿Querís? Y sin esperar respuesta se baja los pantalones y se lo enchufa sola, moviéndose, sudando en el ardor del empalme que gime: Ay que duele, no tan fuerte, es muy grande, despacito. Que te gusta, que te parto, cómetelo todo, que ya viene, que me voy, no te movaí, que me fuí. Así, así calentito, el chico derrama su leche en el torniquete trasero, hasta la última gota espermea el quejido.


Sólo entonces la mira sin calentura, como si de un momento a otro la fragua del ensarte se congelara en un vaho sucio que nubla el baldío, la sábana nupcial donde la loca jadeando pide aún "otro poquito". Con los pantalones a medias canilla, ofrece su magnolia terciopela en el recuajo que la florece nocturna. Partido en dos su cielo rajo, calado y espeluznante, que venga el burro urgente a deshojar su margarita. Que vuelva a regar su flor homófaga goteando blondas en el aprieta y suelta pétalos babosos, su gineceo de trasnoche incuba semillas adolescentes. Las germina el ardor fecal de su trompa caníbal. Su amapola erizo que puja a tajo abierta aún descontenta. Vaciada por el saque, un espacio estelar la pena por dentro. La pena por el pene que arrugado se retira a guardarse en su forro. Como una avispa que ha succionado miel de esas mucosas y abandona la corola retornando el músculo a su fetidez de vaciadero. Pasado el festín, su cáliz vacío la rehueca post-parto. Iluminado por ausencia, el esfinter marchito es cita pupila ciega que parpadea entre las nalgas. Así fuera un desperdicio, una concha tuerta, una cuenca marisca, un molusco concheperla que perdió su joya en mitad de la fiesta. Y sólo le queda la huella de la perla, como un boquerón que irradia la memoria del nácar sobre la basura. Tal fulgor, contrasta con el haz tenue del farol que recorta en sombra la tula plegada del chico, el péndulo triste en esa lágrima postrera que amarilla el calzoncillo cuando huyendo toma la micro salpicado de sarngre.

Preguntándose por qué lo hizo, por qué le vino ese asco con él mismo, esa hiel amarga en el tira y afloja con el reloj pulsera de la loca que le decía: Es un recuerdo de mi mamá, suplicando. La loca que chillaba corno un barraco cuando vio el filo de la punta, esa insignificante cortaplumas que él usaba para darse los brillos. Que jamás había cortado a nadie pero la loca gritaba tanto, se fue de escándalo y tuvo que ensartarla una y otra vez en el ojo, en la guata, en el costado, donde cayera para que se callara. Pero no caía ni se callaba nunca el maricón porfiado. Seguía gritando, como si las puntadas le dieran nuevos bríos para brincar a su marioneta que se baila la muerte. Que se chupa el puñal como un pene pidiendo más, "otra vez papito", la última que me muero. Como si el estoque fuera una picana eléctrica sus descargas cobraran la carne tensa, estirándola, mostrando nuevos lugares vírgenes para otra cuchillada. Sitios no vistos en la secuencia de poses y estertores de la loca teatrera en su agonía. Tratando de taparse la cara, descuidando la axila elástica que se raja en los tendones. Calada en el riñón la marica en pie hace de aguante, posando Monroe al flashazo de los cortes, quebrándose Marilyn a la navaja Polaroid que abre la gamuza del lomo modelado a tajos por la moda del destripe. La star top en su mejor desfile de vísceras frescas, recibiendo la hoja de plata como un trofeo. Casi humilde su pescuezo flechado se tuerce garbo para el aluminio que lo escabeche. Casi casual ataja el metal como si fuera una coincidencia, un leve rasguño, un punto en la media, una rasgadura del atuendo Cristián Dior que en púrpura la estila. La marica maniquí luciendo el look siempre viva en la pasarela del charco, burlesca en el muac de besos que troca por una destellada, irónica en el gesto cinematográfico ofrece sus labios machucados al puño que los clausura. Otra vez endurecido, el pantalón del chico es un dedo que la apunta y despunta alfileteada en los claveles lacres que le brotan en el pecho. Guiñapo de loca que resiste amanerado llevando al extremo la templanza del macho. Conteniendo el vómito de copihues lo coquetea, lasciva al ruedo lo desafía. La noche del erial es entonces raso de lid, pañoleta de un coliseo que en vuelo flamenco la escarlata. Espumas rojas de maricón que lo andaluzan flameando en el tajo. Torero topacio es el chico poblador que lo parte, lo azucena en la pana hirviendo, trozada Macarena. Atavío de hemorragia la maja cola menstrua el ruedo, herida de muerte muge gorgojos y carmines pidiendo tregua, suplicando un impás, un intermedio para retomar borracha la punzada que la danza. Pero el nene nuevamente erecto, sigue desguazando la charcha gardenia de la carne. Un velo turbio lo encabrita por linchar al maricón hasta el infinito. Por todos lados, por el culo, por los fracasos, por los pacos y sus patadas, por cada escupo devolver un beso sangriento diciendo con los dientes apretados: ¿No queríai otro poquito?


En la mañana las excedencias corporales imprimen la noticia. El suceso no levanta polvo porque un juicio moral avala estas prácticas. Sustenta el ensañamiento en el titular del diario que lo vocea como un castigo merecido: "Murió en su ley", "El que la busca la encuentra", "Lo mataron por atrás" y otros tantos clichés con que la homofobia de la prensa amarilla acentúa las puñaladas.

El tema rezuma muchas lecturas y causas que siguen girando fatídicas en torno al deambular de las locas por ciertos lugares. Sitios baldíos que la urbe va desmantelando para instalar nuevas construcciones en los rescoldos del crimen. Teatros lúgubres donde la violencia contra homosexuales excede la simple riña, la venganza o el robo. Carnicerías del resentimiento social que se cobran en el pellejo más débil, el más expuesto. El corazón gitano de las locas que buscan una gota de placer en las espinas de un rosal prohibido.

 

PEDRO LEMEBEL nació en Santiago de Chile en la década del cincuenta. Es escritor y artista visual. Fue parte del colectivo de arte Las yeguas del apocalipsis. Entre otros libros ha publicado La esquina es mi corazón (1995) y De perlas y cicatrices (1998).

 

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