Raúl Rossetti

 

Casi una brisa

Para Roberto Villafañe


"Sólo el silencio es grande y todo el resto es debilidad"

Alfred de Vigny.

 

Muchas veces -generalmente cuando se tiene veinticinco años-, uno se encuentra aventurado en extrañas tareas que resultan ser exactamente lo opuesto a todo aquello pensado como meta, sentido como destino más o menos irrevocable, apreciado como ideal. Y se puede vivir medianamente bien junto a esa contradicción. Y la vida entera puede pasarse en tal despropósito. En realidad, por lo que me toca ver, casi siempre sucede de esa manera: se comienza temporalmente -ingenuamente-, formando parte de un engranaje ni querido ni necesitado, para luego darnos cuenta que es demasiado tarde salirnos de él, porque los años fueron tejiendo una imprevisible solidez a nuestra ligera pirueta juvenil.


La cuestión es que del actor, del escritor o del músico genial que yo debería haber sido, no me encontraba tan mal fregando platos durante meses enteros en un moderno local de Wimpy, por el sueldo más infra-humano de todo Amsterdam. Y a la noche, además, después de las hamburguesas dobles con papas fritas y mayonesa aumentada con agua, sólo por haberte visto una vez en la Estación, debí entregarme a cierta actividad que jamás había ocupado ni una mínima parte de mis modestos y cortos sueños - actividad muy efímera, es cierto, de la duración requerida por tu breve deambular.

 

 


La nave central de la Central Station inundada por la luz blanca fluorescente de las ventanillas de boletos. Los grandes arcos hasta el techo reposan sobre columnas hexagonales, donde los muchachos se apoyan displicentes con sus jeans bien ceñidos, en una alerta actitud torpemente disfrazada de indolencia.
La oficina de informaciones ya está cerrada. Sólo de tanto en tanto algunos japoneses, norteamericanos o alemanes vienen a cambiar dinero a la Caja de Cambio, con mochilas y bolsos empapados.
Nos vemos de nuevo.


Vos estás con tu amigo belga. "Qu'est ce qui ce passe, alors", digo yo. "Ah, mais rien du tout, je t'assure!", me decís, componiéndote con tu orgullo como para ganar altura. "Aujourd'hui c'est pas le pied, je peux voir ça...", digo distraído, simulando el gran chulo que vos admirás.


En el centro, colgando del techo, una gran lámpara resplandece con sus destellos blanco-amarillentos, no fluorecentes.
Pocas personas aún entran apresuradas sacudiéndose el agua, consultan las tablillas de horario, miran el reloj, sacan el boleto y se dirigen a las plataformas.


Afuera llueve siempre. Todo el mundo entra empapado. Vuelvo a pasar cerca tuyo haciendo como que no te veo. Cuando me doy vuelta, vos también te habías dado vuelta haciendo como que no me ves.


En las máquinas automáticas de fotos, algunos árabes se fotografían en colores con bulliciosos y malignos comentarios.


El puesto de consignas ya está cerrado. Fue por ahí que me guiñaste un ojo: Juntos compartiremos las playas calientes del sur. Ya habríamos dormido bien pegados en alguna prisión de Oujda. Iremos a Dakar cruzando el desierto en camiones. Construimos una choza de cañas en una tarde sofocante, cerca del mar.


Abajo del gran anuncio en letras negras de Het Parool, el blanco reloj electrónico marca la 1:00hs. Dos impecables policías dan toda la vuelta, se suben la capucha del impermeable y se dirigen a la calle. Vos también te vas afuera con el viejo que paga 50 florines, sin mirarme, comiéndote las uñas.


Las ventanillas están cerradas y la encargada del toilette cuenta las monedas del día, se pone su tapado verde, sus guantes, su sombrero de lana, y cierra la puerta con llave.


Afuera llueve siempre. Seco el asiento de la bicicleta y voy en contramano hasta el Dam y de allí a Rembrand Plein. Ni la echarpe ni el sobretodo ni la camiseta de algodón de mangas largas, nada logra calmar al viento helado que a todo termina por ganar. Encuentro con el italiano que me invita a fumar un joint.


De nuevo en la bicicleta. Construiremos una choza de cañas en una tarde sofocante, cerca del mar. Un tranvía casi me atropella y ahí, parado en la última puerta estás vos. Los dos nos descubrimos al mismo tiempo. Pudorosas carcajadas. Mañana nos veremos de nuevo. A la misma hora, en el mismo lugar, como hace más de dos semanas, todos los días...


¿Para qué, me pregunto, esta paciente fidelidad?, ¿qué es lo que estamos necesitando probar con este delicado altruismo que no se anima a ser amistad; con esta postergada seducción continua que no quiere animarse a nada?... Como si una inteligencia super-humana estuviese gravitando sobre todos los actos que no podemos ejercer, paralizados por el conocimiento de la infinita vanidad de todo...
La mínima participación hacia el ideal de la participación nula, es lo que me transmite tu especie de sabiduría callejera, a la que me entrego con los ojos vendados...


"Fijate, aquel viejo te está mirando a vos", me decís.


"Ahá".


"¿Cuánto te costó esa chaqueta?"


"No sé. Hace muchísimo que la traigo de New York", le respondo.
"¿Vos hablás inglés?", me pregunta.


"Sí".


"Yo hablo inglés también, y yugoeslavo y árabe. Mi padre era yugoeslavo y mi madre árabe, de Libia", me contás. "Es caliente tu chaqueta", la querés tocar pero no te animás y volvés la mano a su posición original -eso fue bastante ridículo, de ahí, entonces, que sintiéndote molesto, das una vuelta alrededor tuyo, caminás un poco y volvés otra vez-.


"Sí, es caliente", te sonrío con tranquilidad, a pesar de que tu ruborizada torpeza me produce un súbito deseo que transmito en ternura: y que percibís muy bien.


"El tipo aquel te sigue mirando", me decís, "le deben gustar los altos. A lo mejor quiere que le pegues o le des con cadenas; como a mí la otra vez que..."


"Ah, no,... eso me da más risa que otra cosa. Para eso..."


"Sabés que me había llevado a su casa y luego me puso crema por todos lados, ¡si hay cada loco suelto!"- me contás risueño. "Y otra vez, cuando aquel tarado quería que lo haga con su mujer mientras él se... Huy,... bueno, bueno,... te dejo..."


El viejo que me miraba se acerca y me pregunta en francés: "¿Eres francés?"


"No. Sudamericano. Argentino. ¿Y tú?".


"No, yo soy holandés. Te oí hablar francés, por eso pensé..."


"Es que viví un tiempo en Paris, por eso... Tú lo hablas muy bien...", le respondo.


"No, más o menos..."


.......................................


"¿Trabajas?"

"Sí,...algunas veces. Ahora sí,... es que los trabajos para extranjeros, sabes, están muy mal...", le explico.


"Claro, claro,... sabes,... ¿cómo decirte?,... me gustas mucho,... tienes una linda mirada,... no debes ser nada agresivo, me parece..."


"¿Agresivo?" -le digo riéndome- "¡Vaya, vaya!,... mi amigo no se equivocaba... Decía que quizá te gustaran los golpes..."


"¿Los golpes?,... ¿qué dices?,...no, eso no,... pero,...¿cómo decirte?,... que me exijan,... que me hagan hacer cosas,... ¿entiendes?", me cuenta con un olor a cerveza, o ginebra (o ambas cosas) impresionante.


"No, no entiendo muy bien"- le digo- "Pero si lo que te gusta es que te exijan..., y bueno..., no sé..., quizá podamos hacer algo, no sé..."


Vos estabas un poco alejado de nosotros, mirándonos con disimulo, con esa inequívoca y absolutamente incomprensible admiración.
"¿Cuánto es lo que pretendes de mí?", me pregunta.


"¿Pretendo de tí?...Y bueno, nada más que lo normal,... 40 o 50 florines", le digo.


"¡Ah no, eso es demasiado!. No está a mi alcance. No, no..."


"Es una lástima", le digo.


"Sí. Es una lástima. Adiós".


Nos alejamos. Casi de repente, como caído del cielo, se acerca un joven muy blanco y compuesto, con traje y una colocada sonrisa de beatitud, llevando unas cuantas revistas sobre la Biblia o algo así, recitándome su panfleto sobre la vida espiritual con un énfasis que quería sonar inspirado, espontáneo, pero que resultaba escalofriante por lo inepto.


"... No puedo callarme, tan grande y pleno es ese amor al Señor;... y vengo a derramarlo a lugares como éste, donde la gente como tú lo necesita más que nadie... No te puedes dar una idea lo hermoso que es ..."


"Está muy bien lo que me cuentas - le digo, dispuesto a charlar un rato, inspirado al observar unas manos desconsoladamente bellas-. Siempre me hace sentir muy feliz encontrarme con gente como tú..., tan contenta consigo misma..., gente que ha hallado el buen camino, ¿no?... Verás, yo creo que hay muchas maneras de derramar ese amor al que te refieres,... son muchos los modos por los que cualquier tarea puede convertirse en noble y divina si se practica con..."


"No, no, no..." - me interrumpe disgustado y nervioso (metamorfosis que bien perplejo me deja), para alejarse mientras masculla: "Tu vida espiritual es un hueco enorme que te obstinas en no llenar, ¡si los conoceré!, pero algún día verás..."


Bien.


¿Dónde habrá quedado la fe, la fe viva, incuestionable, que pobló a Europa durante tantos siglos, que le había dado su grandeza?, pienso con la conocida tristeza sin nombre que me gana de repente. No la busquemos entre estos fantoches que la prodigan y la nstitucionalizan, porque ellos representan el exacto reverso enemigo. Quizá ésta sea la única tristeza verdadera, la más terrible de todas, la única que nos restituye verdaderamente nuestra condición humana: seguir buscando a Dios en su ausencia...O en su silencio.


Medio congelado, tiritando, te veo llegar con tu insuficiente chaqueta, sonriéndome desde las cabinas telefónicas. "Por suerte lo encontré al tipo ese; ahora me viene a buscar", me dice como si viniese de sacarse la lotería.


De nuevo el viejo borracho que estuvo rondando hasta que el testigo de Jehová se fuera. "Te puedo dar 30 florines", me dice casi en secreto.


"Ah, no,... 40 y basta", le digo.


Te alejás con disimulo, dejándome esa mirada de incomprensible, desplazado orgullo.


Como parece ser que el señor vivía muy lejos, nos fuimos a la oscura playa de estacionamiento, desierta a esa hora.


Comenzaba a nevar. Por suerte, lo que quería que enérgicamente le exigiera, no requería más que apoyarme contra la pared, insistiendo para que él trabajara sus sueños de rodillas. Sólo que el frío y el alcohol demoraban lo que de otra manera hubiese sido más veloz.
De ese modo se irán sucediendo los días, pasarán algunas semanas. La Central Station, con sus tareas subrepticias, fue la vaporosa escenografía para nuestros sigilosos, tácitos, imprescindibles rendez-vous. Llegó a convertirse en una especie de adicción, pero sólo cuando ésta se asemeja a un simple vaso de agua fresca para el mísero sediento.


Hasta que de pronto, un buen día, ya no te volví a ver nunca más. Y así, la nueva palpitación de ese mundo primordial, se convirtió irreparablemente, en un telón de fondo insustancial. Un preciso derrotero quebrado para siempre. Se convirtió en un fantasmagórico desengaño, una muchedumbre de zombis apresurados y perdidos: la paupérrima realidad sin atenuantes,... el ciclo inalterable sin la alquimia de unos ojos destinados a transmutarlo...


Es el chulo belga quien me cuenta que estás en prisión por ilegalidad y drogas. Quiero ir a verte, pero ni siquiera conozco tu apellido.
Ni tu nombre me queda ya. Sólo quedan largas caminatas por corredores blancos, cuando nos exigíamos nada más -cuando nos empeñábamos en encontrar nada más-, esa heroica abdicación salvadora: mientras el resto, no fue otra cosa que mínimos mecanismos accesorios sin solidez alguna.


Al igual que la mayoría de todo lo que se escribe, donde casi siempre lo fundamental se termina callando, así, me quedarán de esos días tus laberínticas, seguras, espléndidas pisadas de silencio.


Claras y precisas huellas sin nombre, buscando la pura aleación sin consecuencias ni resultados.

 

 

 

Maya

 

"Hay un libro de un autor inglés que dice que la homosexualidad es una prueba de la inmortalidad del alma, porque si en un cuerpo de hombre hay un alma de mujer, eso quiere decir que el alma es independiente del cuerpo".

Borges, "Encuentro con V. De Moraes" (1975)


 

Mis amigos lo conocieron en las calles de Pigalle, cuando París aún era una fiesta.


Desde allí, a los escenarios de Amsterdam, donde la trajeron para convertirla en estrella; así aprendió no sólo a usar otro tipo de vestidos y pelucas más sofisticados -y a controlar su imprevisible, estentórea carcajada-, sino que también se cambió de cuerpo, de cara, y veré luego que de alma también. Sí. Se hizo todo de nuevo.


"¿De qué quieres que le dé gracias a Dios", me dijo hace muchos años. "Él me hizo deplorable; fui yo quien me inventé de nuevo, a partir de un modelo nada agraciado..." Sin embargo, extrañamente, por insólito que parezca, Maya reza todas las noches.


"Cuando era muy chico y descubrí que debería acarrear con el odio y los insultos de todo un pueblo, no sólo de mi familia, y bien, quise literalmente tirarme debajo de un tren. En el momento de saltar irrumpe esa voz que me hizo sonreír confiado, tan bondadosa y cristalina la escuché. Se trataba de una niña que me estaba ofreciendo unas tapitas de cerveza para que las ponga en las vías, de tal manera que el tren al pasar las aplastara y así luego poder fabricar coloridas pulseras y collares como los que ella llevaba: maravillosos rubíes y diamantes brillando al sol. Le dije que sí, y en ese momento no dudé que había sido Dios quien me había enviado a la criatura. Luego, cuando pasaron los años, pensé que yo no podía ser tan importante como para que Dios se ocupara de mí..., sin embargo, de alguna manera,... no sé, profundamente..., muchas veces pienso que sí, que hasta una hormiga es importante para Él..., enfín, ¡hace tanto tiempo de eso! De cualquier modo, lo que sí debo agradecer, es la imaginación, el espíritu creativo que me ha sido dado y que permitió transformar el monstruo que esencialmente soy... Si no hubiese poseído ese sentido de la belleza, no sé lo que hubiese sido de mí."
Cuando yo la conocí, ya se llamaba Maya, pero había sido Liliana y sus padres lo habían bautizado Atilio. "Desde pequeño mi mundo fue completamente
femenino: jugaba con muñecas, me vestía de mujer y me encantaba pintarme las uñas e imitar el andar de mi madre."


Sólo después de haberse convertido en una verdadera mujer -por lo menos exteriormente-, pude verlo sin maquillaje ni peluca; dejó de tener vergüenza de mostrarse a sus amigos más íntimos tal como la naturaleza lo había hecho (no como él se había hecho), es decir, con barba, casi calvo, piel y rasgos de pródiga fealdad.


"Si pienso en mi adolescencia, lo primero que recuerdo son las cotidianas artimañas que debía realizar para conseguir y esconder una cantidad de trapos, que me servían de senos y caderas, o el dinero para maquillaje, zapatos, vestidos... Por supuesto que, hasta donde puedo acordarme, fue a través del sexo que conseguía todo. Aprendí desde chica -tendría unos diez años-, a darles placer incluso a gente que me resultaba bastante repulsiva (como un tío mío y un viejo vecino lechoso), enfín; lo que querían generalmente es que usara la boca, nada tan terrible en realidad, ¿no? Fijate que esto sucedía en el sur de Italia, donde yo tenía la impresión de que todo el mundo vivía en estado de continua excitación. Más tarde, cuando andaba por los trece o catorce años y las chicas de mi edad descubrían por primera vez este tipo de placeres, me acostumbré casi sin proponérmelo, como un reflejo condicionado, a fingir cierto asombro; incorporé naturalmente cierta timidez, que intuí, por otra parte, como muy importante para la mecánica de la morbosidad masculina. Lo que me costaba entender, aunque aceptaba por supuesto sin cuestionamiento alguno, era el terrible secreto que debía siempre rodear a este tipo de tráfico; me llamaba mucho la atención y encontraba muy ridículo el cuidado y empeño que se ponía en las apresuradas promesas y apabullantes juramentos de silencio para que nadie se enterara de lo que todos hacían."


A la esplendorosa criatura que admirábamos, le molestaba que pensemos en su más recóndita cotidianidad; como si esa azarosa tarea que realizaba todos los días desde décadas, no pudiese ser comprendida más que por ella, cuando un incauto sexo debía ser comprimido con cinta adhesiva, una tupida barba debía ser afeitada irremisiblemente a pesar de las apresuradas pastillas de hormona, que apenas si cumplían con sus milagrosos efectos, y un cutis desagradable terminaba por lucir resplandeciente, después de haber sido trabajado con paciente vocación.


Hacía más de doce años que no veía a su hermano menor. Cuando éste llegó desde Italia para encontrarse con Atilio, a quien halló es a una hermosa mujer luciendo cortísimas y volubles faldas de seda, sus bellas piernas al aire, largas pestañas postizas, uñas cuidadas al rojo vivo, peluca de abundante cabello afro, enormes ojos negros delineados con atrevida y fulgurante habilidad.

Sus sensuales labios carmesí y la mirada perdida, como una endiablada travesura de mimada femme fatale, a Maya le sedujo la idea de poder vivir este singular incesto, al cual su hermano se entregó completamente fascinado, sin reserva alguna, abriendo su corazón de burbujeantes diecisiete años sicilianos. Por supuesto, no mucho tiempo duró el romance, ya que la igualmente burbujeante posesión mediterránea, maquinó estridentes escenas de celos, arrebatos de patadas, moretones y toda clase de objetos volando por la habitación.


Maya habitualmente me cuenta la evolución de sus numerosas aventuras, mientras estamos posando para los estudiantes de pintura de la Rietvelt Akademie. Los estudiantes están muy contentos y curiosos con nosotros; nos dicen que somos una pareja fascinante. "¡Qué ingenuos que son!...¿Yo fascinante?... ¡Si hoy no me he afeitado y me siento más fea y ordinaria que nunca!", me dice aplicándose un poco más de esa crema-base que usa a raudales.
Será el verano, el tiempo prometido para la codiciada operación genital. Mientras tanto, sigue perfeccionando su intuitiva erudición en el maquillaje, combinación de colores en la ropa, peinados y pelucas; y sigue visitando al psicólogo, condición impuesta por el Seguro Médico holandés para poder realizar gratis la operación.


Se me ocurre que si al nacer se le fue otorgado un sexo masculino, no fue nada más que para hacerle posible una intrínseca comprensión de los hombres.


En realidad, para decirlo de una vez, lo que compartimos es esa extraña vocación en desbaratar los trueques. Quiero decir: hay trueques más interesantes que otros, hay "yo te doy, tú me das" más generosos, más cálidos y altruistas que los tediosos habituales, pero existe una cualidad que muy pocas personas poseen -y que las hay, las hay-, que linda con lo seráfico porque desestructura el mecanismo original a favor de esa tarea de ángeles, para quienes el "dar sin esperar recibir nada a cambio" deja de ser una utopía porque late como objetivo primordial. Y todos los demás objetivos se vuelven paupérrimos al lado de esa encendida motivación, de esa inspirada fortaleza que sin embargo es invisible para la mayoría, porque los justos, los que están salvando al mundo (como decía Borges), son silenciosos, obran de un modo imperceptible: otorgan al mundo la fuerza para que no se desbarranque porque cargan sobre sus hombros el peso de las injusticias y devuelven, a cambio, callados e inspirados, la única justicia posible, lo único que dignifica la lobotomizada realidad del trueque.


Porque la compartida intuición que seguimos con una fidelidad canina, es el valor primordial del sufrimiento voluntario, de renunciamiento, esa suerte de gracia divina que es lo único que transforma y dignifica un mundo que no es más que polvo de vanidades.

El humor que compartimos con Maya, delira en espiral hasta estallar en la coincidencia de una gloriosa identidad; es la agudeza del hombre que se divierte en probarse por los atajos más ridículos y menos habituales, aquellos que lindan con el equívoco, y la de una mujer inventada a partir de su propia fantasía, para poder ensayar su creación con meticulosa y abierta voluptuosidad.


Muchas veces podemos terminar extenuados después del increíble delirio in-crescendo al que Maya nos lleva, cuando a todos sus amigos nos imita genialmente, también a actrices de cine y a ella misma, ya que su vida es una muy consciente burla que empieza con ella para extenderse al mundo entero. No hay nada de homosexual - ¡qué escasa resulta aquí, y en la mayoría de los casos, esa definición!-, en Maya, y sí mucho de maternal. Como todos, yo también pienso que jamás tuvo que aprender nada realmente; que desde siempre supo en el momento justo especular, agredir, ser tierna e impulsiva -pero controlada-, incorregiblemente sentimental, como una mujer madura a quien una arcana intimidad le permitiera seguir guardando su juventud; porque al igual que la salamandra, también le es posible atravesar el fuego sin quemarse.


"¡Pero qué salamandra ni salamandra!", me es muy fácil escucharla exclamar. "Vos estás loco..., mirá..., sabés, a Alain le gusta esta blusa, pero fijate el color..."


Justamente durante los días que precedieron a la inadmisible operación, me entero de una de las cosas más increíbles que me haya tocado conocer; y que a más de un psicólogo le haría cuestionar, dubitativo, toda su sabiduría, hasta hacerle golpear la cabeza contra las paredes.


Hace varios años, yo trabajaba en un grupo de teatro, con quien recorrimos diversas ciudades de Holanda e Italia. El encargado de las luces y el sonido era un señor holandés de lo más común; un gordo bonachón casado y con hijos que sabía bastante del tema electricidad. Jan -así se llamaba-, quien hasta entonces vivía en un pueblito holandés con su familia, decidió separarse e irse a vivir solo, para así poder cumplir con su insólito destino. Un día se vistió de mujer y ya nunca más volvió a los pantalones. Se cambió de nombre. Ahora es Gertha.


Gertha es lo contrario de cualquier idea que se pueda tener sobre un travesti. Es una mujer de su casa a quien la cuestión sexual la tiene sin cuidado. Vive sola y nunca se le conoció ninguna pareja. Cuida de su casa, hace las compras con su prolijo cabello rizado, luce vestidos de lo más discretos y ordinarios, así como lo es su maquillaje. Es una muy buena vecina, siempre dispuesta a los favores, de ahí que sea respetada en todo el barrio. Vive con dos gatos y muchas plantas y algunas veces cocina para sus hijos que de vez en cuando la visitan con sus novias.

La valentía de la gente que realiza sus sueños, empobrece hasta ridiculizar cualquier explicación de móviles psicológicos, inútil entender nada por ese lado; hay una impredecible dosis de trascendencia que se niega a ser explicada, que intrínsecamente anula toda explicación.


Decir que Gertha es un pobre loco, tampoco nos ayuda. Lo que no queremos admitir -lo que no podemos admitir-, es que esta humilde e insignificante ama de casa, es el total fracaso de la razón a favor del escandaloso triunfo de la imaginación.

 

 

 

Le 14 Juillet, célebre día de liberación para los franceses, también lo fue para Maya. Después de treinta años de espera, los prodigiosos adelantos de la ciencia, llegaron con implacable precisión a metamorfosear para siempre el destino de su cuerpo; para alterar la insondable voluntad de la Naturaleza.


Lo acompañé a la clínica donde fue operado sin nada de dolor. Al tercer día, ya fastuosa y atrevidamente maquillada, descubriendo un osado camisón de encaje negro, me muestra con un suspiro de alivio la vagina más normal del mundo.


Al principio pensé que estaba demasiado atrás, y le pregunté lo que pensaba de esa ubicación. "Yo no sé -me contesta-, pero no creo que se hayan equivocado; ¡imagínate que ya han hecho tantas!" "Por supuesto", le digo; pero no nos quedamos muy convencidos.

Felizmente todo se aclara cuando Elsa, Ulrike y otras amigas la van a visitar. No hubo error alguno y la cosa está en su correctísimo lugar, sin ninguna duda.


Amigos que llegan con flores, revistas y bombones para festejar la virginal creación. Además, muy contenta nos muestra los hermosos senos que le hicieron; ya no se usa más la anticuada y rígida silicona, sino que con la grasa de no sé qué animal (ella tampoco lo sabe), le da una flexibilidad mucho más natural (Maya ejemplifica lo que nos cuenta).


Y bien. Ya afuera, Marco fue el primero que con italianísima virtuosidad, parece ser, entró en la dicha añorada. Luego Alain, Julio, Hans, Tacco y tantos más que estaban sentenciados y muchísimos más que siguieron apareciendo, cual inflexible y cabal recherche du temps perdu.

 

 

 

Post-Scriptum (o Pos-Operatorio). No era predecible, pero sí bastante consecuente con las perentorias necesidades del alma. Pasaron siete años del ansiado cambio y Maya vive ahora casi como un asceta, sin tener relaciones sexuales con nadie. "Ahora que soy mujer -me dijo en una de esas tantas charlas nocturnas dilatadas hasta el amanecer-, no tengo necesidad de probarme ni de probar nada..., en realidad, hay algo demasiado previsible en el hombre, ¿cómo decirte?..., ya no encuentro el interés de antes en esa recurrente intensidad...; un egoísmo mejor disfrazado que el de la mujer, sí, pero ¡tan monotemático!, ¡con tan poco misterio!..., enfin..."


Si entiendo lo que le pasa, es porque es lo mismo que a mí me pasa. Sucede que nos interesa muy poco nuestra pequeña felicidad personal. Que podemos terminar destrozados o destrozando ese cuerpo y esa alma que amamos, ya que en realidad, a lo que aspiramos, es a todos los cuerpos y a todas las almas. Uno solo nos asfixia, nos disminuye, nos desintegra.


Como si la esplendorosa diosa de la noche en que se había convertido durante algunos años, hubiese sido una más de sus tantas metamorfosis que ahora, ya agotada, cediera el lugar a la mujer de discreta belleza adaptada a la simpleza de una conmovedora rutina.
Se la ve muy contenta con su nuevo trabajo, en un Jardín de Infantes. Inventa juegos, les enseña a cantar en italiano y los hace más buenos interesándolos en los misterios de la vida.


Los fines de semana cuida a dos niños, hijos de unos amigos suyos, quienes están encantados con ella y la quieren, casi, como a una madre.

 

 

Raúl Rossetti nació Santa Fe en 1945. Cursó estudios de Psicología en la Facultad de Filosofía y Letras de Rosario, teatro en el Conservatorio de Arte Dramático de Buenos Aires y participó del mítico Instituto Di Tella. Asistió a la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires y viajó becado a París, donde siguió un curso de Letras Modernas en la Sorbonne.


Colaboró en diversas revistas francesas y españolas. Publicó su primer libro en Holanda, De Gulle Tijd (El Tiempo Pródigo), en colaboración con Felicitas Casavalle y traducción de Robert Lemm (Beijlevelt, 1988). En Argentina, las novelas Samsara (Editorial Legasa, 1989) y Túnez y Otras Orillas (Editorial Sudamericana, 1993). Seleccionó, tradujo y prologó los cuentos del libro Los Mejores Cuentos Franceses (Editorial Ameghino. 1998). Fue Jefe de Redacción de la revista cultural holandesa Amsterdam Sur, una publicación trimestral bilingüe.
Es colaborador de las revistas Proa (Buenos Aires) y Lote (Santa Fe). Tiene dos libros inéditos: El Estómago de Buda (ensayo) y Los Mandatos Ocultos (cuentos). Las dos historias aquí reproducidas pertenecen a este último.

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