Alejandro Palermo

 

III

Tu calor
tus palabras en las horas de la tarde
llegan
cada día casi
a traer un olvido efímero del cáncer
de esto que no llamamos y sin embargo viene.

No habrá calor de vos
después de un verano de incendio.

Si tu presencia fuera el reino prometido
la palabra que devuelve la salud
el olvido de la furia de una pena
que se traga lo que alguna vez fuiste
la dicha que alguna vez fuiste
la eternidad que alguna vez deseaste.

 

 

IV

Debiste hacer una pared
con tu orgullo.
Una torre
para vencer los embates del silencio
que golpea las ventanas
y comer tu pan solo sin
ahogarte en la penumbra.
Una pared alta
invencible.

Este sueño no habría llegado
de horas que pasan rápidas
y formas que se escurren
en tu cama.

Las voces de la gente
en la calle.
Son las dos de la mañana.
Nadie llega.
Nada te responde.

 

 

V

Esa tarde hiciste un fuego
con las palabras desmedidas.
En tu casa brilló
el fuego
como la memoria
de los años.

Mientras te quemabas
ahí
forjaste una idea amable
de la muerte.
Sobraban las horas
para estar
con la muerte.

¿Cuándo fue
la última vez?

El fuego arde.
Los ojos ya no dan
ningún reflejo.

 

 


VII

No habitás la casa.
Hay una explicación ausente
casi un sueño olvidado
donde dos se besan.
Apenas si el recuerdo
se recuesta junto a vos
con la mirada fija.
La casa está sola
sin vos y sin nadie.
Pasa el ruido del mundo
y nada se agita.

 

 


IX

Mientras tanto, ¿qué hacíamos
para no escuchar los ruidos de la muerte?

Jugábamos juegos
cuanto más tontos, mejor.

Nos enamorábamos en esos largos días
demasiado largos para ser posibles.

Era el juego predilecto
el más difícil.

Mientras tanto
tus ojos seguían reflejando
una despedida larga
tu cuerpo se hacía menor
en el derrumbe de la pena
iba y venía tu sueño
te despertaban el sudor y la tos
y yo
te acariciaba en la noche tarde
como alguien muy antiguo
que llega al borde del mar
y ya no sigue.

 

 

XIII

Me concentré en tu corazón centrado.
Me concentré en tu entrecejo de nube
que a veces se disuelve y es una cigüeña
a punto de bajar sobre los techos de Castilla.
Me concentré en la forma de tus dedos
cuando rozan la estepa eléctrica de un gato.
Quise ser vos por amor de vos.

Nunca me ahogo de hundirme
en el naufragio del barco de costillas
que te lleva lejos si el imán se apaga.
El imán es yo, es una piedra enferma
que nació con el mal del alejarse.
Crea un caos silencioso en su contorno.
Junta la pena, rechaza la alegría.

 

 

XIX

Las palabras no están aquí.
En el espacio en blanco una vez dijo
amor.
Ahora queda un espacio en blanco.
En el espacio en blanco digo
ya no.
Las palabras no están aquí.

 


XXI

Anoche
en la calle
¿qué buscabas?
Uno como vos
hace veinte años
en desamparo.

El viento de verano
no era un lenguaje
ni siquiera música.
Para esto vivimos,
te dijiste,
para este desconsuelo
del que añora a sus muertos
y los vivos no ven.

Ninguno es vos sobre la tierra
es otro el lugar
es otra la hora.

 

Alejandro Palermo nació en Buenos Aires, en 1959. Publicó El viaje que jamás termina (Buenos Aires, poemas, 1984). Los poemas que se reproducen pertenecen a Treno (inédito).

 

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