Carlos Moreira

 

a Omar

 

Te quiero porque produces hechos
para el ideal.

Sobre vos,
toda luna amortiza
la onerosa maquinaria.

Y hasta en lo más oscuro
de la más exigua madriguera
se detecta una voz que quiere
rehacer el mundo.

Especulamos sobre la capacidad
del reino. Tenemos a los pájaros
en mente. Damos la ayuda de un mote
a los árboles y a las altas
esferas de granito.

Y de la sagaz
y cruenta adecuación que es el olvido,
desmiénteme.

No estabas eximido de pasar
pero, con qué conocimiento
tu jadeo sopla, y cuánto se agarra
a las anclas de la vida
la efímera observación.

Partes abstraídas de mi cuerpo
bajan a mí, se entreabren en gajos
o se movilizan buscando en vos,
como si una utopía razonable
ofreciera estrecharles la mano
allá.

Pasos de atleta
los que da la sangre en tus hombros.
Con su clásica inquietud por vos
la lengua los toca,

son hechos fehacientes en los labios
a riesgo de no parecer lo que tratan
naturaleza,

pues tocan colores flameantes,
corolas salinas
y tesoros de un hogar,

y al remontarme, la nuez adánica,
y los ojos, coronación.

La intensa privacidad,
no concebida en los planes,
agrega esperanza al Cánon,

de su gran envío de objetos
desatendía el componente
orgánico de la canción.

Y porque produce sueños
de utilidad tu carne,
aun inmóvil
en el curso de la noche,
aun desplomando su peso
sobre mi brazo cautivo.


IV

Hacia abajo
está la quemadura de la tierra
y la preocupación por los astros,

de adentro hacia afuera
la espoleada atención.
Y, al borde de saber algo,
vuelta a casa, a esa
tierra firme del sabor
residual de tu saliva.

Tendrías que observarme
cuando me asombro
y decirme cómo es,
qué cara junto a vos
y sobre ti, en ejercicio,

cuando cada miembro ocupa
su sueño deliberado
y el cuerpo se ata y se completa
como una elipse en el azar.

Más orillas dame. Más lunares
eclipsados por mi sombra,
y aires que tu boca resigne,

confines del cielo
donde se agarre el alma,
el yo o la membrana que sea,
como patas de castor.


VII

No debes soltarme
hasta que me sienta generoso,

conviene a la corrección del mundo.

No en vano, cuando el día cae,
los cuerpos grandes acunan a los pequeños
en las olas prácticas
de los brazos.

También ocurre
cuando un grave profesional se encarga
y, uno a uno, en etapas seguidas, los duerme
mediante un suave operativo
de tipo artesanal. Y susurrante
los coloca en serie.

De permanecer activos
como sonámbulos
esos pequeños cuerpos abrazados
darían todo de si.
Señalarían el porvenir venturoso.
A una boca llevarían
el vaso que salva, y como laureles
un paño a la febril
frente desconocida.

Todos entregarían su parte
dando pie a canciones humanitarias.
y, vos mismo,
el resto de tu amor por mi
que te reservás por si acaso,
la enorme presión que te queda,
como préstamo libre a un nulo interés,

y yo, mi parte entusiasta
a propuestas cívicas,
o a una de esas ilustres
guerras perdidas.

 

Carlos Moreira nació en 1950 y vive entre Buenos Aires y Barcelona. Es poeta y dramaturgo. Publicó en la editorial Bajo la luna nueva los libros de poesía El amor de los amigos (1999) y Madre Noche (2001). Es editor de la publicación La voz del Hermafrodita. Los poemas que aquí reproducimos son inéditos y pertenecen a una serie llamada Obligado amor.

 

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